Entre los canales de una ciudad colonial construida como espejo de Ámsterdam, Batavia ocultaba las tensiones de un imperio comercial sostenido por desigualdades profundas. En 1740, el miedo, la crisis económica y los rumores desencadenaron una masacre contra miles de habitantes chinos bajo el dominio de la VOC. ¿Cómo una comunidad esencial para la economía colonial terminó convertida en objetivo de exterminio? ¿Qué revela este episodio sobre la violencia estructural del colonialismo?
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📷 Imagen generada por Dola Al para El Candelabro. © DR
La masacre de Batavia de 1740
Entre el mar de Java y los canales trazados a imagen de Ámsterdam, la ciudad de Batavia —hoy Yakarta— fue durante el siglo XVIII el corazón administrativo y comercial de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC). Allí, en octubre de 1740, se desató uno de los episodios más sangrientos de la historia colonial del sudeste asiático: la matanza sistemática de la población china de la ciudad, conocida en neerlandés como Chinezenmoord y en indonesio como Geger Pacinan. En apenas dos semanas, entre 5.000 y más de 10.000 personas fueron asesinadas, y la comunidad china de Batavia quedó reducida a una fracción de lo que había sido.
Para comprender el estallido de 1740 es necesario retroceder a los orígenes mismos de Batavia. Fundada por la VOC en 1619 sobre las ruinas de la ciudad de Jayakarta, la nueva urbe neerlandesa dependió desde sus primeros años de la mano de obra y la iniciativa comercial de inmigrantes chinos, procedentes sobre todo de la provincia de Fujian. Estos colonos trabajaron como artesanos en la construcción de la ciudad, como comerciantes intermediarios entre Asia y Europa, y como operarios en los ingenios azucareros que rodeaban Batavia. El auge comercial que generó el comercio triangular entre China, el archipiélago y Europa multiplicó con rapidez el número de residentes chinos, hasta convertirlos en un componente demográfico esencial —y también incómodo— del orden colonial.
Durante las primeras décadas del siglo XVIII, la relación entre la administración neerlandesa y la comunidad china, aunque desigual, se sostuvo sobre una lógica de beneficio mutuo: los chinos aportaban capital, mano de obra especializada y redes comerciales, mientras la VOC obtenía impuestos y dinamismo económico. Sin embargo, ese equilibrio comenzó a resquebrajarse hacia la década de 1730. Una epidemia de malaria devastó Batavia y se llevó consigo a miles de habitantes, incluido el propio gobernador general Dirck van Cloon, generando un clima de temor sanitario que se tradujo, de forma perversa, en sospecha hacia la población extranjera. Paralelamente, el precio del azúcar en los mercados internacionales se desplomó, golpeando de lleno a los ingenios en los que trabajaban miles de chinos, muchos de los cuales quedaron sin empleo ni medios de subsistencia.
El deterioro económico coincidió con un endurecimiento de la política migratoria neerlandesa. El 25 de julio de 1740, bajo órdenes del gobernador general Adriaan Valckenier, el comisario de Asuntos Nativos decretó que todo chino considerado “sospechoso” —en la práctica, cualquier desempleado sin residencia fija— sería deportado a Ceilán (la actual Sri Lanka) para trabajar en la cosecha de canela. La medida, lejos de aliviar las tensiones, sembró pánico: circularon rumores, nunca confirmados pero ampliamente creídos, de que los deportados no llegaban a su destino sino que eran arrojados al mar durante la travesía. Funcionarios corruptos aprovecharon el clima de miedo para extorsionar a comerciantes chinos acaudalados, amenazándolos con la deportación si no pagaban sobornos, lo que profundizó aún más el resentimiento colectivo.
Frente a los rumores de una posible sublevación, Valckenier adoptó una postura de extrema dureza y declaró públicamente que cualquier intento de revuelta china sería aplastado con fuerza letal. La chispa que encendió el conflicto llegó el 7 de octubre de 1740, cuando varios centenares de trabajadores chinos, muchos de ellos empleados de los ingenios azucareros ya arruinados, atacaron y dieron muerte a unos cincuenta soldados neerlandeses en las afueras de la ciudad. La respuesta de las autoridades fue inmediata y desproporcionada: se desplegaron más de 1.800 soldados, se desarmó por completo a la población china residente dentro de las murallas y se impuso un toque de queda estricto sobre todos los habitantes de origen chino, independientemente de su participación en los hechos.
El 9 de octubre, mientras el Consejo colonial deliberaba nuevas medidas, rumores de supuestas atrocidades cometidas por los chinos —jamás verificados— provocaron que otros grupos étnicos de la ciudad, junto con soldados y esclavos al servicio de la Compañía, comenzaran a incendiar viviendas chinas a lo largo del canal Kali Besar. Lo que había comenzado como una operación de contención militar degeneró en cuestión de horas en un pogromo generalizado. Marineros, soldados, colonos neerlandeses, otros europeos y esclavos indonesios recorrieron las calles cazando a cualquier persona de origen chino, sin distinción de edad ni sexo. El testigo alemán Georg Bernhardt Schwarz, cuyo relato Reise in Ost-Indien se convertiría en una de las fuentes más citadas del episodio, describió escenas de casas incendiadas con sus habitantes dentro y de cuerpos arrojados a los canales de la ciudad.
Aunque Valckenier proclamó una amnistía el 11 de octubre, la orden llegó demasiado tarde para detener la violencia y, en la práctica, fue ignorada por buena parte de la población armada que continuaba con las cacerías. La matanza dentro de las murallas no cesó definitivamente hasta el 22 de octubre, cuando el gobernador general reiteró con mayor firmeza el llamado al cese de hostilidades. Fuera de la ciudad, sin embargo, los enfrentamientos entre tropas neerlandesas y trabajadores chinos refugiados en los ingenios azucareros se prolongaron durante semanas, hasta que las fuerzas coloniales asaltaron sistemáticamente esos reductos. El resultado final fue devastador: los cálculos históricos más aceptados sitúan el número de muertos entre 5.000 y más de 10.000 personas, dejando apenas entre 600 y 3.000 sobrevivientes de una comunidad que antes de la masacre contaba varias decenas de miles de habitantes.
Las consecuencias del Geger Pacinan trascendieron con creces los límites de Batavia. Al año siguiente, la violencia contra la población china se extendió por buena parte de la isla de Java, dando origen a la llamada Guerra de Java de 1741 a 1743, un conflicto prolongado en el que fuerzas chinas y javanesas se aliaron contra las tropas de la Compañía. Este levantamiento puso en jaque la autoridad colonial neerlandesa en un momento de fragilidad económica y estuvo a punto de desestabilizar de manera definitiva el dominio de la VOC sobre el interior de Java. En el plano político, Adriaan Valckenier fue destituido de su cargo, enviado de regreso a los Países Bajos y procesado formalmente por su responsabilidad en la matanza, aunque murió antes de que se dictara sentencia; su sucesor, Gustaaf Willem van Imhoff, heredó una colonia marcada por la desconfianza mutua entre neerlandeses, chinos y javaneses.
Paradójicamente, la masacre no puso fin a la presencia china en Batavia ni al papel económico que esta comunidad desempeñaba en el archipiélago. El historiador neerlandés Leonard Blussé ha señalado que, pese al horror de 1740, chinos y neerlandeses volvieron a tejer, con el paso de los años, una relación de colaboración pragmática que él describe como una “extraña alianza”, sostenida por el interés compartido en el comercio. En apenas una década, decenas de embarcaciones chinas volvían a atracar anualmente en el puerto de Batavia procedentes de Ningbo, Cantón y Xiamen, aunque la ciudad quedó marcada por una segregación urbana más estricta, con la creación de barrios chinos delimitados —como el actual Glodok— que institucionalizaron la separación étnica hasta bien entrado el siglo XX.
La masacre de Batavia de 1740 constituye un episodio fundamental para comprender la naturaleza del colonialismo neerlandés en el sudeste asiático y las dinámicas de violencia racial que subyacían bajo su fachada mercantil. Lejos de ser un estallido espontáneo e irracional, el pogromo fue el resultado acumulado de políticas económicas discriminatorias, rumores no verificados que actuaron como detonante social, y una estructura de poder colonial dispuesta a sacrificar a una minoría económicamente indispensable en nombre de un supuesto orden público. Su estudio, más de dos siglos y medio después, sigue siendo indispensable para entender tanto la historia de la diáspora china en el sudeste asiático como los mecanismos por los cuales el miedo colectivo, alimentado por la desinformación y la desigualdad estructural, puede desembocar en la violencia de masas.
Referencias
Blussé, L. (1986). Strange Company: Chinese Settlers, Mestizo Women and the Dutch in VOC Batavia. Dordrecht: Foris Publications.
Setiono, B. G. (2008). Tionghoa dalam Pusaran Politik. Yakarta: TransMedia Pustaka.
Raffles, T. S. (1830). The History of Java (2ª ed.). Londres: John Murray.
Ricklefs, M. C. (2008). A History of Modern Indonesia Since c. 1200 (4ª ed.). Basingstoke: Palgrave Macmillan.
Schwarz, G. B. (1751). Reise in Ost-Indien. Sammlung neuer und merkwürdiger Reisen zu Wasser und Lande.
Duara, P. (1995). Rescuing History from the Nation: Questioning Narratives of Modern China. Chicago: University of Chicago Press.
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