Entre las montañas del Cockpit Country y las plantaciones esclavistas de Jamaica se libró una de las luchas más extraordinarias del mundo atlántico. El Tratado de Cudjoe de 1739 simbolizó una libertad conquistada por las armas, pero también un acuerdo lleno de profundas contradicciones que marcaría el destino de los cimarrones durante generaciones. ¿Cómo lograron doblegar al Imperio británico? ¿Cuál fue el verdadero precio de aquella victoria?


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📷 Imagen generada por Dola Al para El Candelabro. © DR

El Tratado de Cudjoe y la resistencia cimarrona en Jamaica


Introducción

En marzo de 1739, en las estribaciones boscosas del Cockpit Country jamaicano, un anciano guerrero de origen akan llamado Cudjoe se sentó frente a representantes de la Corona británica para firmar un documento que el propio Imperio se veía obligado a negociar en términos de igualdad con hombres y mujeres que había esclavizado. El Tratado de Cudjoe no fue un acto de generosidad colonial ni una simple tregua militar: fue el reconocimiento forzado de que un puñado de comunidades cimarronas, apenas un millar de personas frente a los recursos de todo un imperio, había logrado algo extraordinario en la historia atlántica de la esclavitud. Había derrotado, en la práctica, a la maquinaria bélica británica en su propio territorio insular. Comprender este tratado exige entender no solo sus cláusulas, sino el largo proceso de guerra, adaptación cultural y estrategia que lo hizo posible, así como sus consecuencias ambiguas y su legado que llega hasta el presente.


Los orígenes del cimarronaje jamaicano


El fenómeno cimarrón en Jamaica antecede a la ocupación británica de la isla en 1655. Bajo dominio español, ya existían núcleos de africanos esclavizados que habían huido a las montañas, y cuando los ingleses expulsaron a los españoles, muchos de estos africanos —liberados de facto por el caos de la conquista— se internaron en las zonas más inaccesibles del interior en lugar de someterse a los nuevos amos coloniales. A este núcleo fundacional se sumaron, durante las décadas siguientes, sucesivas oleadas de personas fugadas de las plantaciones azucareras que se expandían rápidamente por las tierras bajas.

Estas comunidades no eran homogéneas. Se dividieron geográfica y culturalmente en dos grandes bloques: los cimarrones de Barlovento (Windward Maroons), asentados en las Montañas Azules del este, bajo liderazgos como los de Nanny y Quao; y los cimarrones de Sotavento (Leeward Maroons), instalados en el Cockpit Country del oeste, una región de topografía cárstica —depresiones, cuevas y vegetación densa— que resultaba prácticamente infranqueable para tropas regulares. Fue en este último grupo donde emergió la figura de Cudjoe (también escrito Kojo), cuyo padre, según la tradición oral maroon, había liderado ya rebeliones tempranas. Cudjoe heredó tanto el liderazgo militar como una identidad cultural fuertemente marcada por raíces akan-coromantee, que se tradujo en estructuras de mando, prácticas espirituales y un idioma ritual que sobreviven parcialmente hasta hoy en comunidades como Accompong.


La Primera Guerra Cimarrona


Entre 1728 y 1739 se libró lo que la historiografía denomina la Primera Guerra Cimarrona, un conflicto prolongado en el que las autoridades coloniales jamaicanas lanzaron sucesivas expediciones militares contra los asentamientos del interior. El resultado fue, casi sistemáticamente, la frustración británica. Los cimarrones dominaban el terreno, practicaban una guerra de guerrillas basada en emboscadas, señales acústicas mediante el cuerno abeng y un conocimiento del territorio que neutralizaba la superioridad numérica y logística del enemigo. El historiador Carey Robinson documentó que, en un periodo de cuarenta años, la Asamblea jamaicana llegó a aprobar 44 leyes y a gastar sumas enormes en su intento de sofocar la insurgencia, sin lograrlo. El propio Bryan Edwards, plantador e historiador contemporáneo, reconoció que los cimarrones habían saqueado plantaciones, obligado al abandono de tierras cultivables y perjudicado gravemente los ingresos de la Corona y el comercio de manufacturas británicas.

Este desgaste económico y militar resultó decisivo. Jamaica era, para el Imperio británico, una posesión de altísimo valor por su producción azucarera, y la existencia de comunidades libres armadas en su interior representaba tanto una amenaza militar constante como un poderoso símbolo de que la esclavitud no era un sistema invulnerable. Cada cimarrón victorioso era, además, un imán para nuevas fugas desde las plantaciones costeras, lo que amenazaba con erosionar la base misma de la economía esclavista.


Las negociaciones y el contenido del tratado


Fue el gobernador Edward Trelawny quien, al asumir que la victoria militar completa era inalcanzable, optó por una vía negociada. En marzo de 1739, el coronel de milicias John Guthrie firmó en nombre de la Corona el tratado con Cudjoe. El texto, compuesto por quince artículos, establecía disposiciones de notable complejidad para su época. Reconocía la libertad perpetua de Cudjoe, sus capitanes y todos los cimarrones bajo su mando; concedía una extensión de tierra —alrededor de mil quinientas acres— situada entre Trelawny Town y el Cockpit Country, para cultivo y cría de ganado; y permitía el comercio de productos como café, jengibre, tabaco y algodón con los habitantes de la isla, aunque sujeto a la supervisión de magistrados coloniales.

A cambio, el tratado imponía obligaciones que revelan la naturaleza profundamente contradictoria del acuerdo: los cimarrones debían devolver a los esclavizados que huyeran hacia sus territorios después de la firma —con la única excepción de quienes hubiesen llegado en los dos años previos—, debían ayudar a las autoridades a reprimir futuras rebeliones o invasiones extranjeras, y aceptaban la presencia de un superintendente blanco designado por el gobernador para residir en su comunidad. En otras palabras, la libertad concedida a los cimarrones existentes se pagaba, en parte, con el compromiso de convertirse en guardianes del sistema esclavista que ellos mismos habían desafiado durante más de una década.

Cuatro meses después, tras varios intentos fallidos, el liderazgo de Barlovento —encabezado por Quao— firmó un tratado similar el 23 de diciembre de 1739, aunque en condiciones menos favorables, probablemente porque negociaba desde una posición de menor fuerza relativa frente a la Corona. Un año más tarde, Nanny, la líder más venerada de los Windward Maroons, obtuvo su propio reconocimiento territorial en lo que hoy es Moore Town.


Ambigüedades, consecuencias y legado


El Tratado de Cudjoe es, ante todo, un documento profundamente ambivalente. Por un lado, constituyó un logro sin precedentes: un imperio esclavista reconociendo legalmente la soberanía territorial y la libertad de una comunidad de origen africano dentro de su propia colonia, algo excepcional en el contexto atlántico del siglo XVIII. Por otro, institucionalizó una fractura entre los cimarrones y la población esclavizada de las plantaciones, al convertir a los primeros en aliados obligados de la represión colonial. Esta cláusula tendría consecuencias históricas dolorosas: entre 1760 y 1766, cimarrones de Trelawny Town colaboraron activamente con las autoridades para sofocar las rebeliones de Tacky y Apongo, recibiendo compensación económica por ello.

La relación entre la Corona y los cimarrones de Sotavento se deterioraría décadas después, culminando en la Segunda Guerra Cimarrona de 1795-1796, que terminó con la deportación forzosa de gran parte de la población de Trelawny Town a Nueva Escocia y, posteriormente, a Sierra Leona, en un episodio que contradice cualquier lectura idealizada del tratado original como garantía permanente de autonomía. Sin embargo, comunidades como Accompong —vinculada directamente al linaje de Cudjoe— sobreviven hasta hoy, y cada año celebran el Cudjoe Day el primer lunes de enero, reafirmando una identidad cultural que combina herencia akan, prácticas espirituales propias y una memoria histórica de resistencia que sigue siendo objeto de reivindicación política y territorial en la Jamaica contemporánea.


Conclusión


El Tratado de Cudjoe de 1739 condensa las tensiones estructurales de los imperios esclavistas atlánticos: la coexistencia de una violencia sistémica extrema con espacios de negociación arrancados mediante la resistencia armada sostenida. No fue un acto de justicia, sino el resultado pragmático de un cálculo de costos que el Imperio británico ya no podía sostener. Su estudio revela que la libertad de los cimarrones jamaicanos no fue un regalo, sino una conquista, aunque una conquista parcial, condicionada y, en última instancia, instrumentalizada contra otros africanos esclavizados. Comprender esta complejidad —lejos de simplificaciones heroicas o condenatorias— es indispensable para dimensionar tanto la capacidad de agencia de las comunidades cimarronas como los límites que el propio sistema colonial impuso incluso a sus victorias más notables.


Referencias

  • Robinson, Carey. The Fighting Maroons of Jamaica. Kingston: William Collins and Sangster, 1974.
  • Campbell, Mavis C. The Maroons of Jamaica, 1655-1796: A History of Resistance, Collaboration and Betrayal. Trenton: Africa World Press, 1990.
  • Carey, Bev. The Maroon Story: The Authentic and Original History of the Maroons in the History of Jamaica, 1490-1880. Kingston: Agouti Press, 1997.
  • Price, Richard (ed.). Maroon Societies: Rebel Slave Communities in the Americas. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1979.
  • Bilby, Kenneth M. True-Born Maroons. Gainesville: University Press of Florida, 2005.
  • Edwards, Bryan. The History, Civil and Commercial, of the British Colonies in the West Indies. Londres, 1793.

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