Entre las montañas del Zagros sobrevive una tradición espiritual que ha protegido sus creencias durante siglos mediante himnos, música y transmisión oral. El yarsanismo, también conocido como Ahl-e Haqq, ha convertido la voz y el sonido del tanbur en el corazón de una fe tan reservada como fascinante. ¿Cómo logró mantenerse vivo frente a la persecución? ¿Qué revelan sus cantos sobre una de las religiones más enigmáticas de Oriente Próximo?
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📷 Imagen generada por Dola Al para El Candelabro. © DR
El yarsanismo: himnos sagrados y comunidades del Zagros
Entre las cadenas montañosas del Zagros occidental, donde Irán e Irak comparten fronteras trazadas más por la geografía que por la historia, sobrevive una de las tradiciones religiosas menos conocidas y más fascinantes de Oriente Próximo: el yarsanismo, también llamado Ahl-e Haqq o “Pueblo de la Verdad”. Se trata de una fe esotérica kurda que ha resistido siglos de marginación, prohibiciones y sospechas por parte de los poderes dominantes, sosteniendo su identidad a través de un vehículo singular: el canto ritual de himnos sagrados transmitidos oralmente de generación en generación. Comprender el yarsanismo exige adentrarse no solo en su doctrina, sino en la manera en que esa doctrina vive y respira a través de la música, la voz y la comunidad congregada.
El yarsanismo emergió en la región de Guran, en el actual Kermanshah iraní, hacia el siglo XIV, cristalizando como sistema religioso formal en torno a la figura de Sultan Sahak, considerado la manifestación divina fundamental que codificó la fe hacia el siglo XV. La tradición yarsani se entrelaza con corrientes del islam esotérico, remanentes del zoroastrismo persa antiguo y sustratos de creencias kurdas preislámicas, configurando un sincretismo que desafía las categorías religiosas convencionales. A diferencia de las religiones abrahámicas exotéricas, el yarsanismo nunca desarrolló mezquitas, iglesias o templos públicos; sus fieles se reúnen en espacios domésticos o comunales denominados jamkhana, donde celebran el rito central de su vida devocional: el jam.
El jam constituye el corazón palpitante de la práctica yarsani. Se trata de una asamblea comunitaria en la que los creyentes se congregan en círculo para orar, cantar y compartir un alimento consagrado llamado niyaz, entendido como una forma de gracia divina hecha materia. La palabra jam es, además, uno de los epítetos de Dios en la tradición, de modo que la reunión misma de la comunidad se concibe como expresión directa de la unidad divina. En este contexto, la música no cumple una función decorativa ni meramente estética, sino que se aproxima a una categoría teológica: el sonido correctamente ejecutado se entiende como una vía de teofanía, una manifestación de lo divino en el mundo material.
El instrumento indispensable de esta liturgia sonora es el tanbur, un laúd de mástil largo con dos cuerdas metálicas y una de tripa, cuya música es la única considerada haqqani, es decir, “de la verdad divina”. Ningún otro instrumento se admite en el jam; las composiciones de carácter semirreligioso, denominadas majāni, se acompañan con instrumentos distintos, reservándose el tanbur exclusivamente para lo sagrado. Cada tanbur se afina de manera particular, sin un estándar fijo, y esa afinación se transmite de maestro a discípulo como un saber vivo, no como una técnica codificada en manuales. Esta transmisión oral, personal y jerárquica es constitutiva de la espiritualidad yarsani: el conocimiento religioso no reside tanto en el texto fijado como en la voz que lo actualiza en cada ejecución.
Los himnos que se cantan durante el jam reciben el nombre de kalams, y constituyen el núcleo de la herencia textual yarsani. Son recitados por un especialista llamado kalam-khwān, entrenado específicamente en la poesía sagrada y en su correcta interpretación musical, mientras la comunidad responde en estribillos colectivos que alternan con los solos del recitador. Esta estructura de llamada y respuesta refuerza el carácter comunal de la experiencia religiosa: no existe una separación tajante entre oficiante y fieles, sino una participación coral que actualiza colectivamente el vínculo con lo sagrado. El cuerpo también interviene: fuentes diversas describen movimientos rituales que oscilan entre la danza y una respuesta corporal estructurada a la música, subrayando que la espiritualidad yarsani no es puramente contemplativa, sino profundamente encarnada.
El conjunto de estos himnos se agrupa bajo la denominación de Kalâm-e Saranjâm, o simplemente Saranjâm (“Discurso de Conclusión”), compuesto originalmente en lengua gorani y kurda. Durante siglos, la existencia de un libro sagrado unificado fue más una creencia difusa que una realidad tangible: se pensaba que tal libro había existido y luego se había perdido de vista. En la región de Guran era posible, hasta tiempos recientes, encargar copias manuscritas de textos sagrados específicos a una familia autorizada para producirlas, aunque su elevado costo limitaba su circulación y estos manuscritos se valoraban más como objetos venerables que como fuentes de consulta informativa. Solo en las últimas décadas del siglo XX comenzaron a publicarse colecciones sistemáticas de kalams, ampliando el acceso a estos textos tanto entre los propios yarsanis como entre investigadores externos, lo cual ha permitido que emerja, paulatinamente, algo semejante a un canon, allí donde antes prevalecía una constelación fluida de composiciones atribuidas a distintos poetas y épocas.
La doctrina contenida en estos himnos gira en torno a conceptos como la pureza, la verdad y la humildad como condiciones éticas para alcanzar el Haqq, la Realidad Última. Se enumeran tradicionalmente setenta y dos preceptos espirituales y morales que el creyente debe observar, entre ellos la honestidad, la generosidad y la renuncia al orgullo. A este marco ético se suma una cosmología compleja centrada en la reencarnación: el alma, según la creencia yarsani, atraviesa un largo proceso de purificación progresiva a través de sucesivas encarnaciones humanas, un ciclo que en algunas formulaciones tradicionales se extiende a lo largo de milenios. Sultan Sahak aparece rodeado de un círculo de figuras divinas conocidas como Haftan o Haft Tan, “los Siete”, cuyo número remite al simbolismo de la perfección espiritual, recurrente en numerosas tradiciones esotéricas de la región.
Uno de los rasgos más distintivos del yarsanismo es su insistencia en el secreto. Un verso recurrente en los kalams, sirr mago, “no reveles el secreto”, condensa el imperativo de ocultamiento que ha protegido a la comunidad frente a siglos de hostilidad externa. El jam permanece estrictamente cerrado a quienes no pertenecen a la fe, no como expresión de poder institucional, sino porque se considera que la calidad del encuentro con lo divino se vería alterada por la presencia de observadores ajenos a la experiencia compartida. Esta reticencia explica, en parte, por qué el yarsanismo ha permanecido durante tanto tiempo al margen de los estudios académicos occidentales, y por qué buena parte de su corpus textual y musical permanece inaccesible al público general.
Las comunidades yarsanis se concentran mayoritariamente en la provincia de Kermanshah y en zonas colindantes de Lorestán e Ilam, en el oeste de Irán, así como en sectores del Kurdistán iraquí, constituyendo la población religiosa predominante en distritos rurales como Mahidasht y Zohab. Comparten con otras tradiciones kurdas heterodoxas —el yazidismo y el alevismo, entre otras— ciertos rasgos estructurales: el sincretismo doctrinal, la transmisión oral privilegiada sobre el texto escrito, la organización comunitaria basada en linajes espirituales y una historia común de persecución bajo regímenes que las han considerado heterodoxas o directamente heréticas. En Irán, los yarsanis han enfrentado discriminación sistemática, negación de reconocimiento constitucional como minoría religiosa y presiones para asimilarse a categorías islámicas oficiales, lo que ha reforzado, paradójicamente, la cohesión interna de sus comunidades y la importancia simbólica de sus rituales como actos de resistencia cultural.
En el presente, el yarsanismo enfrenta el desafío característico de las tradiciones orales minoritarias en la era de la globalización: la tensión entre preservar el conocimiento a través de la transmisión viva, personal y secreta, y la necesidad de documentar un patrimonio amenazado por la migración, la urbanización y la pérdida generacional de hablantes de gorani. La publicación creciente de colecciones de kalams y el interés académico reciente, incluyendo estudios especializados en la poesía sagrada yarsani, han contribuido a que esta tradición comience a ganar visibilidad fuera de sus círculos originarios, sin que ello implique una renuncia a su carácter reservado. El yarsanismo demuestra así que la memoria religiosa no siempre reside en libros canónicos ni en instituciones visibles, sino, en ocasiones, en la voz de un cantor y las cuerdas de un tanbur, transmitidas de generación en generación en las montañas del Zagros.
El estudio del yarsanismo revela, en definitiva, la persistencia de formas religiosas que se resisten a la codificación rígida y que encuentran en el sonido, más que en la escritura, su medio primordial de continuidad. Su supervivencia a través de siglos de adversidad constituye un testimonio elocuente de la capacidad de las tradiciones orales para preservar sentido, identidad y trascendencia allí donde las estructuras institucionales han fallado o han sido hostiles. Comprender el yarsanismo es, en última instancia, comprender que lo sagrado puede habitar plenamente en la voz compartida de una comunidad congregada en círculo, cantando lo que no puede —ni debe— decirse de otro modo.
Referencias
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Mir-Hosseini, Z. (1994). “Redefining the Truth: Ahl-i Haqq and the Islamic Republic of Iran.” British Journal of Middle Eastern Studies, 21(2), 211-228.
Safizadeh, S. (1996). Kalam-e Saranjam (edición crítica en gorani y persa). Enteshārāt-e Saranjām.
Amighi, J. K. (1990). The Kurds of Iran: The Case of Religious and Ethnic Nationalism. AMS Press.
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