Entre Aristóteles y la filosofía analítica se extiende uno de los debates más persistentes de la historia intelectual: si la razón puede conducir desde el mundo sensible hasta la existencia de Dios. Las cinco vías de Santo Tomás han sobrevivido a Hume, Kant, Nietzsche y a las revoluciones científicas, aunque profundamente reformuladas. ¿Conservan hoy su fuerza metafísica? ¿O sus premisas pertenecen definitivamente a otra concepción de la realidad?
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES

Imagen generada por GPT-5 para El Candelabro © Derechos reservados.
La existencia de Dios: las cinco vías de Santo Tomás frente a la filosofía moderna
Pocas construcciones argumentativas en la historia del pensamiento occidental han generado un debate tan prolongado y tan resistente al desgaste como las quinque viae que Tomás de Aquino expuso en la Summa Theologiae (I, q. 2, a. 3). Formuladas hacia 1265-1274, estas cinco vías no pretendían ser una prueba matemática de la existencia divina, sino una demostración a posteriori, apoyada en la observación del mundo sensible, que partía de Aristóteles para llegar a conclusiones que el Filósofo nunca había extraído del todo. Casi ocho siglos después, la pregunta persiste: ¿siguen siendo racionalmente defendibles estos argumentos a la luz de la física moderna, la lógica formal y la crítica filosófica que va de Hume a la filosofía analítica contemporánea? Responder exige recorrer cada vía por separado, situarla en su linaje aristotélico y confrontarla con sus objeciones más serias.
El argumento del movimiento y su raíz aristotélica
La primera vía, la del movimiento, es la más directamente heredada de Aristóteles. Este había sostenido en la Física (Libro VIII) y en la Metafísica (Libro XII) que todo lo que se mueve es movido por otro, y que una cadena infinita de motores movidos resulta inconcebible sin un primer motor inmóvil que explique el movimiento sin ser él mismo movido. Tomás traduce esta intuición al vocabulario de acto y potencia: nada puede pasar de la potencia al acto sino por algo que ya esté en acto respecto de aquello. De ahí concluye la necesidad de un primer motor no movido, al que todos llaman Dios.
La objeción moderna más devastadora proviene de la física newtoniana y, después, de la relatividad: el principio de inercia muestra que un cuerpo en movimiento no requiere una causa continuada para seguir moviéndose, sino solo para cambiar su estado. Esto parece socavar la premisa aristotélica de que “todo lo que se mueve es movido por otro” en el sentido de una causación simultánea y sostenida. Sin embargo, los defensores contemporáneos de la vía —como los que se inscriben en la tradición tomista analítica— replican que Tomás no hablaba de movimiento local en sentido newtoniano, sino de actualización metafísica en cualquier orden del ser, de modo que la física clásica no refuta directamente el argumento, aunque sí obliga a reformularlo en términos menos ligados a la cosmología aristotélica del cosmos geocéntrico y las esferas celestes.
La causalidad eficiente y el problema del regreso infinito
La segunda vía traslada el mismo esquema al orden de las causas eficientes: nada puede ser causa eficiente de sí mismo, pues ello supondría ser anterior a sí mismo, lo cual es absurdo. Por tanto, debe existir una causa eficiente primera, no causada, que es lo que todos entienden por Dios. Aquí el punto de fricción filosófico central es la posibilidad de una serie causal infinita. Aquino no niega que pueda haber series infinitas per accidens (como generaciones humanas sucesivas), pero sí rechaza una serie infinita per se, es decir, una cadena de causas simultáneamente subordinadas y actualmente dependientes unas de otras, sin la cual ninguna causaría nada.
David Hume, en el Tratado de la naturaleza humana y en los Diálogos sobre la religión natural (publicados póstumamente en 1779), introduce aquí su crítica más influyente: la relación causal misma no se percibe, sino que se infiere por costumbre a partir de la conjunción constante de eventos; no hay ninguna necesidad lógica que impida concebir un efecto sin su causa habitual, ni un universo sin causa primera. Para Hume, exigir una causa de la totalidad del universo comete además una falacia de composición: que cada parte tenga causa no implica que el todo la necesite. Esta objeción, refinada más tarde por J. L. Mackie en The Miracle of Theism (1982), sigue siendo el obstáculo lógico más citado contra la segunda vía, y los filósofos tomistas contemporáneos —como Edward Feser— le responden distinguiendo entre series causales esencialmente ordenadas, donde el argumento conserva su fuerza, y series meramente temporales, donde la crítica humeana resulta pertinente pero no aplicable al argumento tal como Tomás lo concibió.
Contingencia y necesidad: el argumento cosmológico leibniziano
La tercera vía, la de la contingencia, es la que mejor dialoga con la filosofía moderna posterior a Tomás, en particular con Gottfried Wilhelm Leibniz. Aquino observa que las cosas del mundo son posibles, es decir, pueden existir o no existir, y que si todo fuera meramente contingente, hubo un tiempo en que nada existía, de lo cual —razona— nada podría haber comenzado a existir, puesto que lo que no existe solo puede comenzar a ser por algo que ya existe. De ahí se sigue la necesidad de un ser necesario que no reciba su necesidad de otro, sino que la tenga por sí mismo.
Leibniz, en Sobre el origen radical de las cosas (1697) y en la Monadología (1714), reformula esta intuición bajo el principio de razón suficiente: todo hecho verdadero o existente debe tener una razón suficiente de por qué es así y no de otro modo, y esta razón, aplicada a la totalidad contingente del universo, exige un ser necesario cuya razón de ser esté en sí mismo. Esta es la versión que la filosofía analítica contemporánea discute bajo la etiqueta de “argumento cosmológico leibniziano”, distinguiéndolo del argumento kalam de origen temporal defendido por William Lane Craig. Kant, sin embargo, asestó un golpe crucial a este tipo de argumento en la Crítica de la razón pura (1781), en la sección dedicada a la Dialéctica trascendental: sostuvo que el argumento cosmológico, en su intento de escapar del mundo sensible hacia un ser necesario, termina apoyándose subrepticiamente en el argumento ontológico, pues solo mediante la noción de un ser cuya esencia implica existencia se puede identificar a ese “ser necesario” con Dios. Si el argumento ontológico fracasa —y Kant cree haberlo refutado al negar que la existencia sea un predicado real—, el argumento cosmológico se derrumba con él. Esta objeción sigue siendo objeto de intenso debate: filósofos como Robert Koons y Alexander Pruss han intentado reconstruir el principio de razón suficiente de modo que resista la crítica kantiana sin recurrir a la identificación ontológica que Kant denunciaba.
Los grados de perfección: el argumento menos discutido
La cuarta vía, la de los grados de perfección, resulta la menos citada en los debates contemporáneos, quizá por su dependencia explícita de un marco platónico-aristotélico de participación. Tomás observa que en las cosas hay grados de bondad, verdad y nobleza, y que lo “más” y lo “menos” se predican por aproximación a un máximo; luego debe existir algo que sea lo máximamente verdadero, bueno y noble, y que sea causa de estas perfecciones en las demás cosas, a la manera en que el fuego, lo máximamente caliente, es causa del calor. Esta vía combina la doctrina aristotélica de la causa ejemplar con la teoría platónica de la participación, mediada por el neoplatonismo de Pseudo-Dionisio, cuya influencia en Tomás es decisiva en este punto concreto.
La crítica moderna más contundente es de orden lógico: que existan grados de una cualidad no implica necesariamente que exista un máximo real de esa cualidad, sino que podría tratarse de una escala sin límite superior, o de una comparación puramente convencional sin referente ontológico único. La filosofía analítica del siglo XX, heredera del positivismo lógico, ha tendido a descartar esta vía por considerarla una aplicación indebida del lenguaje comparativo a la metafísica, un caso de lo que Gilbert Ryle habría llamado un “error de categoría”. Los tomistas replican que la objeción supone ya un marco nominalista que niega de entrada la teoría de la participación, de modo que el desacuerdo es, en última instancia, sobre los fundamentos metafísicos mismos y no solo sobre la validez formal del argumento.
La finalidad del mundo y el argumento teleológico
La quinta vía, la del gobierno del mundo o argumento teleológico, sostiene que los cuerpos naturales carentes de conocimiento, como las cosas inertes, actúan por un fin, lo cual se manifiesta en que obran siempre o casi siempre del mismo modo, de forma que consiguen lo mejor; y como lo que carece de conocimiento no puede tender a un fin sino dirigido por algo que conoce e inteligente —como la flecha dirigida por el arquero—, debe existir un ser inteligente que ordene todas las cosas naturales a su fin.
Esta es, con diferencia, la vía más golpeada por la ciencia moderna. La objeción decisiva llegó con Charles Darwin y la teoría de la selección natural, que ofreció un mecanismo no teleológico —variación aleatoria y selección diferencial— capaz de explicar la apariencia de diseño en los organismos vivos sin recurrir a una inteligencia ordenadora. Antes incluso de Darwin, David Hume había anticipado en los Diálogos varias alternativas a la inferencia de diseño: el universo podría ser el resultado de un proceso de ensayo y error cósmico, o de una necesidad interna análoga al crecimiento orgánico, sin que ninguna de estas hipótesis requiriera un diseñador inteligente. Immanuel Kant, por su parte, en la Crítica del juicio (1790), reconoció el atractivo psicológico del argumento teleológico —lo llamó el más antiguo, el más claro y el más conforme a la razón humana común— pero negó que pudiera alcanzar una prueba apodíctica de un Dios creador, reduciéndolo a un principio regulativo del juicio reflexionante, útil para investigar la naturaleza pero no demostrativo en sentido estricto. La filosofía analítica contemporánea ha revivido parcialmente el argumento bajo la forma del “ajuste fino” (fine-tuning) de las constantes cosmológicas, defendido por Richard Swinburne y Robin Collins, aunque enfrenta la réplica antrópica y las hipótesis multiverso, que reintroducen justamente el tipo de alternativa no teleológica que Hume había imaginado dos siglos antes con notable anticipación conceptual.
Nietzsche y la disolución del problema mismo
Frente a este edificio de argumentos que asumen la legitimidad de preguntar racionalmente por Dios, Friedrich Nietzsche representa una ruptura de otro orden: no discute la validez lógica de las cinco vías, sino que denuncia la pregunta misma como síntoma de una cultura agotada. En La gaya ciencia (1882) y en Así habló Zaratustra (1883-1885), la célebre proclama de la “muerte de Dios” no es un argumento ateológico en el sentido analítico, sino un diagnóstico histórico-cultural: la civilización europea ha dejado de necesitar, y de poder sostener honestamente, la hipótesis divina como fundamento de sentido y de moral, aunque las instituciones y los hábitos mentales tarden generaciones en asimilar esa pérdida. Desde esta perspectiva, el proyecto tomista de demostrar racionalmente a Dios pertenece a una época en que la razón y la fe compartían un horizonte común de inteligibilidad que la modernidad tardía ha disuelto, de modo que la pregunta por la validez lógica de las vías, aun resuelta a favor de Tomás, dejaría intacto el problema nietzscheano de si tal Dios puede seguir cumpliendo alguna función existencial para el hombre moderno.
El estado de la cuestión en la filosofía analítica contemporánea
La filosofía analítica de la religión, lejos de haber cerrado el debate, lo ha tecnificado. Alvin Plantinga reformuló el argumento ontológico con lógica modal en The Nature of Necessity (1974), mientras que Richard Swinburne, en The Existence of God (1979, revisado en 2004), reconstruyó el conjunto de las vías tomistas —cosmológica, teleológica y de los grados— bajo un marco probabilístico bayesiano, sosteniendo que, aunque ninguna sea concluyente por separado, su acumulación eleva razonablemente la probabilidad de la hipótesis teísta. En el extremo opuesto, J. L. Mackie y, más recientemente, Graham Oppy en Arguing about Gods (2006), han sometido cada vía a un análisis formal riguroso concluyendo que ninguna logra excluir alternativas naturalistas igualmente coherentes. El resultado, ocho siglos después de Tomás, no es un veredicto unánime sino una controversia depurada: las cinco vías ya no se sostienen ni se refutan con la física o la cosmología de su época, sino que han sido trasladadas casi por completo al terreno de la lógica modal, la teoría de la probabilidad y la metafísica de la causalidad, donde siguen generando literatura especializada activa.
Conclusión
Las cinco vías de Santo Tomás no son reliquias supersticiosas incompatibles con la razón moderna, pero tampoco constituyen la demostración apodíctica que su autor creyó ofrecer. Cada una depende de premisas metafísicas —la imposibilidad de un regreso causal infinito per se, la teoría de la participación, la interpretación no meramente regulativa de la finalidad natural— que la modernidad, desde Hume hasta la filosofía analítica actual, ha sometido a escrutinio sin lograr un consenso definitivo en ninguna dirección. Lo que sí puede afirmarse es que estos argumentos, lejos de haber sido superados como una curiosidad histórica, continúan estructurando el debate contemporáneo sobre teísmo y naturalismo, demostrando que la pregunta por el fundamento último de lo real —ya sea respondida con un motor inmóvil, con el silencio nietzscheano o con el cálculo bayesiano— sigue siendo una de las cuestiones más resistentes de toda la historia de la filosofía.
Referencias
Aquino, T. de (1265-1274). Summa Theologiae, I, q. 2, a. 3.
Aristóteles. Física, Libro VIII; Metafísica, Libro XII.
Hume, D. (1779). Diálogos sobre la religión natural.
Kant, I. (1781/1790). Crítica de la razón pura (Dialéctica trascendental) y Crítica del juicio.
Swinburne, R. (2004). The Existence of God (2.ª ed.). Oxford University Press.
Oppy, G. (2006). Arguing about Gods. Cambridge University Press.
El CANDELABRO.ILUMINANDO MENTES
#SantoTomasDeAquino #CincoVias #ExistenciaDeDios #FilosofiaMedieval #FilosofiaModerna #Aristoteles #DavidHume #ImmanuelKant #FriedrichNietzsche #ArgumentoCosmologico #FilosofiaDeLaReligion #Teismo /.
Descubre más desde REVISTA LITERARIA EL CANDELABRO
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

