Entre guerras dinásticas, separaciones familiares y luchas por el poder, Dhuoda de Septimania encontró en la escritura una forma de permanecer junto a sus hijos. En el siglo IX, esta noble carolingia compuso el Liber Manualis, un tratado moral que también se convirtió en una conmovedora expresión de maternidad, fe y ausencia. ¿Quién fue realmente Dhuoda? ¿Cómo logró su voz atravesar doce siglos?


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Dhuoda de Septimania: la voz cautiva de la literatura didáctica carolingia


En la brumosa lejanía del siglo IX, cuando el Imperio carolingio se desgarraba entre guerras civiles y ambiciones dinásticas, una mujer de la alta nobleza franca compuso el primer tratado de educación moral escrito por una madre para su hijo que haya llegado hasta nosotros. Dhuoda de Septimania, nacida alrededor del año 803 en el seno de una de las familias más poderosas de la Europa altomedieval, transformó su residencia obligada en la localidad de Uzès en un acto de resistencia literaria que resuena hasta nuestros días. Su nombre, extraño y enigmático, evoca raíces germánicas que algunos filólogos vinculan con el término “paloma”, símbolo que ella misma cultivó en los versos que sembró a lo largo de su tratado como quien esparce semillas de consuelo en un campo asolado por la ausencia.

El linaje de Dhuoda la conectaba con las élites gobernantes del sur del imperio, aunque los detalles precisos de su filiación permanecen envueltos en la incertidumbre documental. Algunos investigadores han propuesto, basándose en conjeturas onomásticas y en alianzas matrimoniales posteriores, un vínculo con la casa ducal de Gascuña, pero ninguna fuente contemporánea confirma esta hipótesis de manera concluyente. Lo que sí sabemos con certeza es que pertenecía a la alta aristocracia franca, probablemente emparentada con los linajes que dominaban Aquitania y la región pirenaica. Nada conocemos con seguridad sobre su infancia, transcurrida verosímilmente entre los muros de alguna fortaleza meridional donde recibió una educación excepcional para una mujer de su tiempo. Los estudiosos contemporáneos coinciden en que Dhuoda dominaba el latín con notable soltura, conocía las Escrituras con profundidad, manejaba los Padres de la Iglesia y estaba familiarizada con autores clásicos como Virgilio y Ovidio, además de poseer nociones de gramática, retórica y aritmética que delatan una formación sistemática propia de los scriptoria monásticos.

El momento decisivo en la vida de Dhuoda llegó hacia el año 824, cuando contrajo matrimonio con Bernardo de Septimania, primo del emperador Ludovico Pío y uno de los personajes más controvertidos y ambiciosos de la corte carolingia. La fecha exacta y el lugar de la ceremonia no pueden precisarse con absoluta seguridad, aunque algunos especialistas como Pierre Riché, basándose en la presencia documentada de Bernardo en la corte imperial durante aquel verano, han sugerido que pudo celebrarse el 29 de junio en la capilla palatina de Aquisgrán. La unión la insertó definitivamente en el torbellino de intrigas que caracterizó el declive del imperio fundado por Carlomagno. Bernardo, hijo de Guillermo de Tolosa, era un guerrero formidable y un político sin escrúpulos que ocupó sucesivamente los cargos de conde de Barcelona, duque de Septimania y chambelán imperial. Su figura atlética y su cabello rubio, descritos por cronistas contemporáneos como Teodulfo de Orleans, contrastaban con un temperamento voluble que le granjeó tantos enemigos como aliados a lo largo de su meteórica carrera. La joven esposa, apenas salida de la adolescencia, quedó pronto relegada a un papel secundario en medio de aquel vendaval de ambición masculina.

El contexto histórico que envolvió la vida de Dhuoda fue extraordinariamente convulso. El imperio que Carlomagno había construido con tanto esfuerzo se desmoronaba bajo el peso de las luchas fratricidas entre sus nietos. Las rebeliones nobiliarias, las incursiones normandas en las costas atlánticas y las aceifas musulmanas en la frontera hispánica creaban un clima de inseguridad permanente. En ese escenario, Bernardo de Septimania jugó una partida peligrosa, cambiando de bando repetidamente entre el emperador Ludovico Pío y sus hijos rebeldes Lotario, Pipino y Luis el Germánico. La firma del Tratado de Verdún en 843, que fragmentó definitivamente el imperio en tres reinos, marcó el momento culminante de una crisis política que había condicionado por completo la existencia de nuestra protagonista, alejándola de todo aquello que amaba.

El acontecimiento que definió su destino y propició su obra maestra ocurrió hacia el año 840, cuando su hijo primogénito Guillermo, que contaba aproximadamente catorce años, fue enviado a la corte de Carlos el Calvo. La práctica carolingia de entregar a los vástagos de la nobleza como garantía de fidelidad política se combinaba en este caso con la función formativa que la corte desempeñaba para los jóvenes aristócratas, quienes aprendían allí las artes del gobierno y tejían las redes clientelares que sostendrían su futuro poder. Poco después, el pequeño Bernardo, nacido en 841 y a quien Dhuoda probablemente apenas había podido conocer, fue separado también de su madre. En ese momento de desolación absoluta, Dhuoda se encontraba en la localidad de Uzès, en la Provenza, adonde probablemente había sido enviada para administrar los dominios familiares mientras su esposo maniobraba políticamente en el corazón del imperio. La historiografía actual debate si esta residencia constituía un alejamiento estratégico impuesto por Bernardo o una decisión administrativa derivada de la necesidad de gestionar las posesiones meridionales del linaje. En cualquier caso, la separación de sus hijos fue el precio que Dhuoda pagó por su pertenencia a una estirpe atrapada en las luchas por el poder.

El 30 de noviembre de 841, Dhuoda inició la redacción del Liber Manualis, un tratado de educación moral destinado a su hijo Guillermo que terminaría el 2 de febrero de 843. Durante esos catorce meses de escritura febril, aquella madre separada de sus hijos convirtió un manual de conducta aristocrática en un testimonio íntimo de amor maternal que constituye una de las obras más extraordinarias de la literatura medieval europea. El texto, escrito en un latín complejo que mezcla registros cultos con expresiones coloquiales, se estructura en once libros que abarcan desde la teología trinitaria hasta consejos prácticos sobre el comportamiento cortesano, pasando por reflexiones sobre la oración, los vicios, las virtudes y la elección de consejeros adecuados para un joven noble. Cada página transpira la angustia de una madre que escribe porque no puede hablar, que redacta porque no puede abrazar.

La originalidad del Liber Manualis reside precisamente en esa fusión entre el género didáctico tradicional, representado por los specula principum o espejos de príncipes, y la expresión personal de una subjetividad femenina que emerge con fuerza insólita en un contexto literario dominado por voces masculinas. Dhuoda no se limita a transmitir enseñanzas genéricas, sino que se autorretrata como una presencia constante junto a su hijo ausente, a quien imagina leyendo el manuscrito en la soledad de sus aposentos. Los acrósticos que salpican el texto, formando versos con las letras iniciales de cada línea, constituyen uno de los recursos más conmovedores de la obra. En ellos, Dhuoda despliega una destreza poética notable mientras codifica mensajes personales que transforman el árido manual en una carta de amor cifrada.

Los especialistas en literatura carolingia han identificado en el Liber Manualis influencias de autores como Alcuino de York, Rabano Mauro y Gregorio Magno, cuyas obras circulaban profusamente por los monasterios y cortes del imperio. Sin embargo, lo que distingue a Dhuoda de sus contemporáneos es la incorporación de su propia experiencia vital como materia literaria. Cuando aconseja a Guillermo sobre la gestión del patrimonio familiar o la fidelidad a su señor, no habla una teórica de la política, sino una mujer que ha presenciado de cerca las consecuencias devastadoras de la deslealtad y la ambición desmedida. Su conocimiento de la psicología cortesana, de las jerarquías eclesiásticas y de las obligaciones señoriales revela una participación activa en los asuntos públicos que contradice la imagen convencional de la nobleza femenina altomedieval como un estamento pasivo y recluido.

La dimensión espiritual del tratado merece una atención particular. Dhuoda concibe la vida cristiana como un combate permanente contra las fuerzas del mal, una metáfora militar que resuena con la formación caballeresca de su hijo, pero que ella transforma en una propuesta de interiorización y autoconocimiento. La insistencia en el examen de conciencia, en la oración constante y en la lectura meditada de las Escrituras revela una sensibilidad religiosa profunda que algunos historiadores han relacionado con corrientes monásticas reformadoras del sur de Francia. No obstante, su espiritualidad carece de cualquier rasgo de fanatismo o mojigatería. Al contrario, Dhuoda muestra una comprensión realista de las debilidades humanas y una ternura maternal que perdona por anticipado las faltas de su hijo.

El destino de Dhuoda tras la conclusión de su manuscrito permanece envuelto en la niebla del silencio documental. Ninguna fuente contemporánea registra su muerte, que debió producirse en algún momento posterior a febrero de 843, fecha de finalización del Liber Manualis. Sabemos que Bernardo de Septimania fue ejecutado por orden de Carlos el Calvo en 844 tras una fallida rebelión, y que Guillermo, el destinatario del tratado, murió decapitado en 850 después de sublevarse contra el mismo rey al que había jurado servir. La ironía trágica de estos acontecimientos confiere al texto de Dhuoda un patetismo insoportable: aquellos consejos de fidelidad y prudencia que tan minuciosamente había compuesto resultaron inútiles para salvar a sus seres queridos de la catástrofe política.

La transmisión del Liber Manualis constituye en sí misma una historia fascinante. El manuscrito original, probablemente copiado en el scriptorium de Uzès o de algún monasterio cercano, desapareció en fecha temprana, pero no sin antes generar al menos una copia que llegó a Cataluña en circunstancias desconocidas. Durante siglos, el texto permaneció olvidado en los anaqueles de alguna biblioteca monástica hasta que fue redescubierto por eruditos en el siglo XVII. El único testimonio completo conservado, un códice de finales del siglo IX o principios del X procedente del monasterio de Ripoll, se custodia actualmente en la Biblioteca de Catalunya, en Barcelona, con la signatura Ms. 569. Existen asimismo fragmentos posteriores en otras colecciones, pero el ejemplar barcelonés constituye la base de todas las ediciones modernas del tratado y representa uno de los tesoros más valiosos de la cultura escrita altomedieval europea.

La valoración historiográfica de Dhuoda ha experimentado un giro copernicano en las últimas décadas. Durante mucho tiempo, los estudiosos del período carolingio la consideraron una figura menor, una curiosidad erudita sin mayor relevancia para comprender la evolución política e intelectual de la época. Sin embargo, el desarrollo de la historia de las mujeres, de la historia de las emociones y de los estudios sobre la subjetividad medieval ha rescatado su figura del olvido académico. Investigadoras como Janet Nelson y especialistas como Peter Dronke o Marcelle Thiébaux han demostrado que el Liber Manualis constituye una fuente excepcional para explorar cuestiones como la maternidad en la Alta Edad Media, la agencia femenina en contextos patriarcales o la función de la escritura como consuelo existencial frente a la adversidad.

El legado de Dhuoda trasciende con mucho las fronteras de su tiempo. Su tratado representa uno de los testimonios más tempranos y extraordinarios de la escritura femenina europea centrada en la experiencia maternal. Aunque no puede afirmarse que inaugurara una tradición literaria continuada, su obra anticipa, en pleno siglo IX, inquietudes expresivas que solo muchos siglos después encontrarían un cauce estable en la literatura escrita por mujeres. Su figura ha inspirado novelas históricas, ensayos filosóficos sobre la maternidad y estudios feministas que reconocen en ella a una precursora de una subjetividad literaria que tardaría siglos en normalizarse. En las universidades de medio mundo, los estudiantes de literatura medieval descubren con asombro que una de las voces más personales y conmovedoras de la tradición occidental no fue una figura legendaria sino una mujer de carne y hueso que amó, sufrió y escribió para vencer la distancia insalvable impuesta por la razón de Estado.

La lectura contemporánea del Liber Manualis revela una modernidad insospechada en sus planteamientos pedagógicos. La insistencia de Dhuoda en que el aprendizaje debe adaptarse al temperamento individual del alumno, su defensa del diálogo como método educativo, su concepción de la autoridad basada en el ejemplo más que en la imposición y su atención a la dimensión afectiva del conocimiento anticipan debates pedagógicos que no se generalizarían hasta muchos siglos después. Asimismo, su reivindicación del papel educativo de la madre, en una sociedad que reservaba esa función a los clérigos y preceptores varones, representa un desafío silencioso pero contundente a los roles de género establecidos por la ideología eclesiástica dominante.

Los silencios del Liber Manualis resultan tan elocuentes como sus palabras. Dhuoda apenas menciona a su esposo, ese Bernardo de Septimania cuya ambición desmedida la había condenado al aislamiento, y las escasas referencias a su marido destilan una frialdad cortés que contrasta vivamente con la efusividad de los pasajes dedicados a sus hijos. Tampoco encontramos en el texto queja alguna por su situación, ni crítica explícita hacia quienes la habían apartado de sus afectos más profundos. Esta contención emocional no debe interpretarse como sumisión, sino como una estrategia de supervivencia psicológica y social que le permitía preservar su dignidad en una situación de extrema vulnerabilidad. El Liber Manualis nos habla tanto por lo que calla como por lo que proclama, y en esa tensión entre el decoro exigido a una mujer de su rango y la urgencia de comunicar su amor reside una de las claves de su perdurable fascinación.

En definitiva, Dhuoda de Septimania representa un caso singular en la historia de la literatura europea: una mujer que, desprovista de poder material y alejada de sus hijos por las implacables dinámicas políticas de la aristocracia carolingia, encontró en la escritura el instrumento para trascender las distancias geográficas y proyectar su voz a través de los siglos. Su Liber Manualis no es solo un tratado de educación principesca ni un testimonio del latín carolingio en tierras occitanas. Es, por encima de todo, el monumento literario que una madre erigió para habitar simbólicamente la vida de sus hijos cuando las circunstancias le impidieron acompañarlos físicamente.

En cada página de aquel códice medieval copiado por manos anónimas, Dhuoda sigue aguardando, doce siglos después, el imposible regreso de Guillermo y Bernardo al hogar que nunca compartieron.


Referencias

Dhuoda. (1991). Liber manualis: Manuel pour mon fils (P. Riché, Ed. y C. Mondésert, Trad.). Les Éditions du Cerf.

Dronke, P. (1984). Women writers of the Middle Ages: A critical study of texts from Perpetua to Marguerite Porete. Cambridge University Press.

Nelson, J. L. (1996). The Frankish world, 750-900. Hambledon Press.

Riché, P. (1993). Les Carolingiens: Une famille qui fit l’Europe. Hachette Littératures.

Thiébaux, M. (1994). The writings of medieval women: An anthology (2.ª ed.). Garland Publishing.


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