Entre la memoria de la esclavitud, la lucha racial y la tradición artística mexicana surgió Elizabeth Catlett, una creadora que transformó la escultura y el grabado en herramientas de resistencia social. Su obra dio rostro a las mujeres negras, a los trabajadores y a quienes fueron marginados por la historia oficial. ¿Cómo logró unir dos culturas tan distintas en un mismo lenguaje artístico? ¿Por qué su legado continúa siendo fundamental en el arte contemporáneo?


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Elizabeth Catlett: vida y obra de la escultora y grabadora que unió Estados Unidos y México en el arte político del siglo XX


Elizabeth Catlett nació el 15 de abril de 1915 en Washington D. C., en el seno de una familia afroamericana marcada por la memoria de la esclavitud y por una fuerte tradición educativa. Su padre, John H. Catlett, había sido profesor de matemáticas y falleció antes de que ella naciera; su madre, Mary Carson Catlett, trabajó como investigadora de absentismo escolar para sostener a la familia. Los abuelos de Elizabeth habían nacido esclavizados, un origen que la artista reconocería después como raíz profunda de su compromiso social y racial.

La infancia de Catlett transcurrió en un entorno urbano segregado, donde la educación afroamericana se organizaba en instituciones separadas pero de notable rigor intelectual. Desde niña mostró inclinación por el dibujo y la observación minuciosa de las formas, cualidades que su madre alentó pese a las limitaciones económicas del hogar. La adolescencia de Elizabeth coincidió con los años de la Gran Depresión, contexto histórico que sensibilizó tempranamente su mirada hacia las desigualdades sociales y laborales de la población negra estadounidense.

Catlett intentó ingresar en el Carnegie Institute of Technology de Pittsburgh, pero fue rechazada por su raza, episodio que marcó su conciencia política y su determinación artística. Se formó entonces en la Universidad Howard, donde estudió bajo la orientación del pintor Lois Mailou Jones y del profesor James Herring, egresando en 1937 con honores en pintura. Esta primera formación universitaria en Washington la puso en contacto con un ambiente afroamericano culto, comprometido con el arte como herramienta de dignidad racial.

Posteriormente ingresó en la Universidad de Iowa, donde en 1940 se convirtió en la primera persona en obtener un Master of Fine Arts otorgado por dicha institución. Allí fue alumna del pintor regionalista Grant Wood, quien la animó a representar aquello que conocía íntimamente: la experiencia de las mujeres negras. Ese consejo resultaría decisivo para toda su trayectoria posterior, orientándola hacia una figuración comprometida, alejada de la abstracción entonces dominante en ciertos círculos artísticos.

Su tesis de posgrado, la escultura en piedra caliza titulada “Mother and Child”, ya anticipaba dos ejes que vertebrarían toda su obra: la maternidad como experiencia universal y particularmente afroamericana, y la escultura directa sobre materiales nobles. Catlett trabajó también con el escultor mexicano Francisco Zúñiga y estudió cerámica con Grace Greenwood Turnbull, ampliando su dominio técnico entre el volumen escultórico y el grabado.

Durante los años cuarenta, Catlett enseñó en universidades históricamente afroamericanas, entre ellas Dillard University y Prairie View, y dirigió brevemente el departamento de arte de la Universidad Hampton. En 1946 obtuvo una beca Rosenwald que le permitió viajar a México, país que transformaría radicalmente su vida personal y artística. Se instaló en la Ciudad de México y se vinculó al Taller de Gráfica Popular, colectivo de artistas comprometidos con la izquierda mexicana y con el grabado como arte de masas.

En el Taller de Gráfica Popular, Catlett conoció al pintor Francisco Mora, con quien se casó y formó una familia de tres hijos: Francisco, Juan y David Mora Catlett. Este matrimonio y su instalación definitiva en México consolidaron una identidad artística binacional, nutrida por el muralismo mexicano de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, así como por la tradición gráfica de José Guadalupe Posada.

El contexto político de la posguerra fue decisivo en su biografía. Durante el macartismo, Catlett fue señalada como “extranjera indeseable” por el gobierno estadounidense debido a su militancia izquierdista y a su residencia en México, lo que le impidió regresar libremente a su país natal durante años. En 1962 adoptó la nacionalidad mexicana, decisión que consolidó su exilio y que, paradójicamente, amplió su libertad creativa al margen de la censura racial y política que había enfrentado en Washington.

La obra escultórica de Catlett se caracteriza por volúmenes rotundos, superficies pulidas y una síntesis formal que dialoga con la escultura africana, el cubismo y el arte precolombino mexicano. Entre sus piezas más reconocidas destacan “Singing Head” (1980), “Homage to My Young Black Sisters” (1968) y “Mother and Child” en sus múltiples versiones, obras que condensan su interés constante por la figura femenina negra como símbolo de resistencia, fortaleza y ternura maternal.

Como grabadora, Catlett produjo series memorables como “The Negro Woman” (1946-1947), un conjunto de linograbados que narra visualmente la historia de las mujeres afroamericanas, desde Harriet Tubman hasta las trabajadoras anónimas del siglo XX. Esta serie articula su doble compromiso: la reivindicación racial heredada de su formación en Washington y la técnica gráfica popular aprendida en México, fusión que la historiografía especializada considera su aportación más original al arte del siglo XX.

La madurez artística de Catlett coincidió con los movimientos por los derechos civiles y el Black Power en Estados Unidos durante los años sesenta y setenta, periodo en el que su obra fue reivindicada por una nueva generación de artistas afroamericanos pese a la distancia geográfica que la separaba de su país natal. Su iconografía de puños alzados, madres protectoras y mujeres trabajadoras dialogó directamente con la estética panafricanista de esos años, aunque Catlett insistió siempre en que su arte debía ser accesible y comprensible para el pueblo, no un ejercicio elitista.

En México, Catlett obtuvo la titularidad de escultura en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional Autónoma de México, cargo que ejerció durante casi dos décadas y desde el cual formó a generaciones de escultores mexicanos. Su enseñanza combinaba el rigor técnico aprendido de Zúñiga con una ética artística heredada de su experiencia como mujer negra en un país que la había marginado profesionalmente.

Las dificultades de Catlett no fueron solo políticas: enfrentó también el doble prejuicio de género y raza dentro del propio mundo artístico, tanto en Estados Unidos como, en menor medida, en México. La crítica especializada ha señalado que, durante décadas, su obra recibió menor atención institucional que la de sus contemporáneos varones del muralismo mexicano, pese a la solidez formal y la profundidad temática de su producción.

Hacia el final de su vida, Catlett recuperó el reconocimiento estadounidense: en 2002 recibió la ciudadanía honoraria simbólica y sus obras ingresaron en colecciones permanentes de museos como el Smithsonian American Art Museum y el Metropolitan Museum of Art. Continuó trabajando activamente hasta edad avanzada desde su estudio en Cuernavaca, Morelos, donde residió las últimas décadas de su vida junto a Francisco Mora hasta el fallecimiento de este en 2002.

Elizabeth Catlett murió el 2 de abril de 2012 en Cuernavaca, a los noventa y seis años, poco antes de cumplir noventa y siete. Su muerte fue recibida con homenajes en ambos países que había habitado, reconociéndola como puente artístico entre el movimiento afroamericano estadounidense y el arte social mexicano, dos tradiciones que ella logró fusionar sin diluir ninguna de las dos.

El legado historiográfico de Catlett ha crecido notablemente desde su fallecimiento, con retrospectivas en el Brooklyn Museum y el Whitney Museum que la sitúan como figura central del arte político del siglo XX. Especialistas contemporáneos destacan su influencia sobre artistas como Kerry James Marshall y Betye Saar, subrayando que su obra anticipó debates actuales sobre interseccionalidad racial, de género y de clase antes de que dicho vocabulario académico existiera formalmente.

La valoración actual de Elizabeth Catlett la reconoce como una de las escultoras y grabadoras más importantes del arte moderno americano en sentido continental, una artista cuya biografía binacional desafía las categorizaciones nacionales convencionales del arte del siglo XX. Su insistencia en representar la maternidad, la dignidad laboral y la resistencia racial desde un lenguaje formal accesible constituye hoy un referente obligado para el estudio del arte comprometido y del feminismo negro en las artes visuales.


Referencias bibliográficas:

Herzog, M. J. (2000). Elizabeth Catlett: An American Artist in Mexico. University of Washington Press.

Lewis, S. (1984). Elizabeth Catlett: Sculpture, A Fifty-Year Retrospective. Studio Museum in Harlem.

Farrington, L. E. (2005). Creating Their Own Image: The History of African-American Women Artists. Oxford University Press.

Smithsonian American Art Museum. (2012). Elizabeth Catlett Biography and Collection Notes. Smithsonian Institution.

Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México. (2003). Taller de Gráfica Popular: Grabado y compromiso social en México. Instituto Nacional de Bellas Artes.


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