Entre fuego, azufre y ruinas, el relato de Sodoma y Gomorra plantea una de las preguntas morales más incómodas de la Biblia: ¿puede una comunidad entera ser juzgada sin que el inocente termine pagando junto al culpable? Abraham se atreve a cuestionar al propio Juez de toda la tierra, mientras la destrucción convierte la justicia divina en un problema que atraviesa la teología, la filosofía y la ética. ¿Puede existir justicia cuando los inocentes perecen? ¿Dónde termina el juicio divino y comienza el problema del mal?


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La Justicia del Fuego: Sodoma, Gomorra y el Dilema de la Destrucción Colectiva


En el corazón del Pentateuco, entre genealogías y promesas, se alza uno de los relatos más inquietantes de toda la literatura sagrada: la destrucción de Sodoma y Gomorra. Dos ciudades enteras —hombres, mujeres, niños, ancianos, animales, vegetación, arquitectura, memoria— son reducidas a cenizas por “fuego y azufre del cielo” (Génesis 19:24). Antes de la catástrofe, Abraham intercede audazmente ante Yahvé: “¿De veras destruirás al justo con el malvado?” (Génesis 18:23). Es quizás el momento más filosóficamente intenso del Antiguo Testamento: un mortal cuestionando la aritmética moral del Creador. Sin embargo, la negociación fracasa. A pesar de que Dios acepta no destruir las ciudades si se hallan diez justos, el umbral no se alcanza, y el fuego cae indiscriminadamente.

Este ensayo no pretende ofrecer una apologética simplista ni una condena anacrónica. Se propone, más bien, adentrarse en el laberinto teológico, ético y hermenéutico que abre el relato. El dilema central es ineludible: ¿puede un Dios justo destruir colectivamente a una sociedad por su conducta? ¿Qué sentido tiene la justicia si el inocente perece junto al culpable? ¿Es la destrucción de Sodoma un acto de juicio divino, un mito fundacional sobre la moralidad social, o una narrativa que revela las tensiones irresueltas entre la justicia individual y la responsabilidad colectiva? Para responder, es necesario recorrer el texto bíblico con precisión filológica, examinar las interpretaciones históricas y arqueológicas sin caer en afirmaciones prematuras, confrontar el relato con la tradición filosófica que problematiza la relación entre individuo y comunidad, y finalmente, interrogarse sobre qué tipo de justicia —si es que existe alguna— puede legitimar el castigo de una comunidad en bloque.


El Relato y su Arquitectura Narrativa


El episodio de Sodoma y Gomorra ocupa los capítulos 18 y 19 del Génesis, inmerso en un contexto narrativo de extraordinaria densidad teológica. Inmediatamente antes, en el capítulo 17, Dios ha establecido el pacto de la circuncisión con Abraham, reafirmando la promesa de una descendencia numerosa y una tierra. El capítulo 18 comienza con una aparición misteriosa: Yahvé se manifiesta a Abraham junto a dos seres que, aunque inicialmente descritos como “tres hombres” (Génesis 18:2), son identificados posteriormente como ángeles (Génesis 19:1). Esta teofanía, que mezcla lo humano y lo divino, establece el tono del relato: lo sagrado irrumpe en lo cotidiano, y las decisiones cósmicas se tocan a la sombra de un encino de Mambré.

El giro narrativo ocurre cuando Yahvé revela a Abraham su propósito: “El clamor de Sodoma y Gomorra se ha aumentado, y su pecado es grave en extremo. Descenderé, pues, a ver si han hecho conforme al clamor que ha venido a mí” (Génesis 18:20-21). Es crucial notar que Dios no actúa por decreto arbitrario; se describe a sí mismo como investigando, como respondiendo a un “clamor” que ha ascendido. Esta antropomorfización no es ingenua: sugiere que el juicio divino no es un capricho, sino una respuesta a una realidad social que ha alcanzado un límite intolerable. Sin embargo, el texto no especifica inmediatamente la naturaleza del pecado. Más adelante, en el capítulo 19, la escena de la multitud rodeando la casa de Lot para exigir que entregue a los visitantes “para que los conozcamos” (Génesis 19:5) ha sido históricamente interpretada como violencia sexual y falta de hospitalidad, aunque la ambigüedad del hebreo yada (“conocer”) ha generado siglos de debate exegético.

La estructura del relato es simétrica y trágica. En el capítulo 18, Abraham intercede; en el 19, Lot intenta proteger. Abraham negocia con Dios desde la posición del forastero justo; Lot negocia con la multitud desde la posición del residente comprometido. Ambos fracasan en sus respectivas misiones. Abraham logra que Dios baje el umbral de justos necesarios para salvar las ciudades de cincuenta a diez, pero diez justos no se encuentran. Lot logra que la multitud acepte a sus hijas en lugar de los ángeles, pero la violencia se contiene solo por la intervención milagrosa. La simetría es deliberada: la justicia humana, ya sea la intercesión paternal de Abraham o la oferta desesperada de Lot, es insuficiente para detener la catástrofe. El relato no presenta una solución fácil; presenta una colisión entre la compasión individual y la corrupción sistémica.


La Negociación de Abraham: Justicia como Argumento


El diálogo entre Abraham y Dios en Génesis 18:23-33 constituye uno de los textos fundacionales de la teología moral occidental. Abraham no acepta pasivamente el decreto divino; lo cuestiona utilizando la lógica de la justicia retributiva: “¿Es posible que el Juez de toda la tierra no haga justicia?” (Génesis 18:25). La pregunta es retórica solo en apariencia. En realidad, es una apelación a un principio que Abraham asume compartido entre el mortal y lo Divino: la justicia no puede ser arbitraria. Si Dios es el Juez de toda la tierra, su juicio debe distinguir entre el justo y el injusto. De lo contrario, el título de “Juez” se vacía de sentido.

La gradación de la negociación —de cincuenta a cuarenta y cinco, a cuarenta, a treinta, a veinte, a diez— ha sido interpretada de múltiples maneras. Algunos exégetas, como Gerhard von Rad, ven aquí una prueba de la audacia de la fe, un antecedente de la intercesión profética. Otros, como Jon Levenson, señalan que la reducción numérica revela la conciencia creciente de Abraham sobre la profundidad de la corrupción de las ciudades: cada vez que baja el número, está más cerca de admitir que quizás no haya justos. Sin embargo, el texto es ambiguo. No se nos dice si Abraham deja de negociar en diez porque sabe que no hay diez justos, o porque considera que diez es el mínimo absoluto para que una comunidad merezca la preservación. En cualquier caso, el silencio de Abraham después de diez no es resignación; es el reconocimiento de que la justicia divina opera con una lógica que trasciende la mera aritmética moral.

Desde una perspectiva filosófica, este diálogo anticipa el problema del castigo colectivo que la tradición occidental ha problematizado desde la antigüedad. La reflexión sobre la relación entre justicia individual y destino de la polis aparece en textos clásicos que examinan si una comunidad entera puede ser considerada moralmente responsable por sus estructuras. En el relato bíblico, esta tensión no se resuelve: la destrucción ocurre de todos modos. Esto genera una hermenéutica profunda: ¿está el texto criticando implícitamente a Dios, o está revelando una concepción de la justicia donde la responsabilidad colectiva trasciende la individual? La tradición rabínica ha oscilado entre ambas lecturas. El Talmud (Sanhedrin 109a) sugiere que Sodoma fue destruida no por un pecado individual, sino por una cultura de crueldad institucionalizada: la ley de Sodoma castigaba la hospitalidad. En esta lectura, la destrucción no es la suma de pecados individuales, sino la consecuencia de un sistema social injusto. La ciudad, como cuerpo político, había alcanzado un punto de no retorno.


Arqueología, Historia y la Materialidad del Juicio


Durante décadas, la destrucción de Sodoma y Gomorra fue considerada exclusivamente como relato teológico alegórico o como memoria cultural transmitida oralmente. Sin embargo, en las últimas décadas ha surgido una hipótesis arqueológica controvertida que reaviva el debate sobre posibles correlatos históricos. El arqueólogo Steven Collins ha dirigido excavaciones en Tall el-Hammam, en la llanura del Jordán, identificando evidencias de una destrucción catastrófica ocurrida aproximadamente en el final de la Edad del Bronce Medio. Los hallazgos incluyen cerámica desglasada por calor extremo, restos óseos con signos de trauma térmico, y una capa de destrucción que cubre una extensión considerable.

No obstante, es imperativo señalar que esta correlación entre Tall el-Hammam y las ciudades bíblicas del Kikkar —el término hebreo para la “llanura” donde se ubicaban Sodoma y Gomorra— es objeto de debate académico activo. La identificación del sitio, la datación exacta del evento destructor y la interpretación de los datos materiales —que algunos han vinculado a una explosión atmosférica de alta energía, mientras otros proponen explicaciones alternativas— no gozan de consenso en la comunidad arqueológica. Por tanto, cualquier lectura que vincule el relato bíblico con una catástrofe histórica debe presentarse como una interpretación sugerente pero disputada, no como una verificación empírica.

Si, con las debidas cautelas, consideramos la posibilidad de un evento histórico detrás del relato, la pregunta ética se desplaza. No sería tanto “¿por qué Dios destruyó Sodoma?”, sino “¿por qué la tradición bíblica interpretó un desastre natural como castigo moral?”. La respuesta nos lleva a la teología de la historia del antiguo Israel: para los hebreos, los eventos históricos no eran neutrales; eran portadores de significado teológico. Una catástrofe no era mera mala suerte, sino una manifestación de la relación entre lo Divino y la comunidad humana. Pero incluso si aceptamos la posibilidad de un correlato histórico, el dilema persiste. La interpretación teológica del desastre como juicio moral implica que toda la población —incluyendo niños, posibles justos ignorados por el texto, y seres no humanos— fue considerada moralmente culpable. La arqueología, al materializar el relato, no resuelve el problema ético; lo intensifica. Nos obliga a confrontar la realidad física del sufrimiento colectivo: huesos calcinados, hogares destruidos, una civilización borrada del mapa. El fuego del cielo, ya sea metafórico o literal, deja un rastro material que la reflexión ética no puede ignorar.


El Problema del Castigo Colectivo: Filosofía y Teología Moral


El dilema central —¿puede un Dios justo destruir colectivamente a una sociedad?— ha recorrido toda la historia del pensamiento occidental. En la tradición filosófica moderna, la justicia distributiva exige la individualización del mérito y la culpa. La tradición kantiana, con su énfasis en la autonomía del sujeto moral, hace particularmente problemática la noción de culpa colectiva, pues la imputación ética parece exigir un agente racional individual capaz de legislarse a sí mismo. Emmanuel Levinas, por su parte, critica cualquier totalización que subsuma al individuo bajo la categoría del grupo; la ética, para Levinas, comienza en el rostro del Otro, en la responsabilidad irreductible hacia el singular. Desde esta perspectiva, la destrucción de Sodoma sería la antítesis de la justicia: un acto de violencia totalizadora que aniquila la alteridad misma.

Sin embargo, la tradición bíblica opera con una lógica diferente, una lógica de corporación que resulta incómoda para la sensibilidad moderna. En el mundo antiguo, la identidad individual estaba inmersa en la identidad tribal, clanica o cívica. La bendición y la maldición eran familiares, no individuales. La destrucción de Sodoma no es un anacronismo bárbaro; es coherente con una antropología donde el cuerpo social es una unidad moral. El profeta Ezequiel, siglos después, intentará corregir esta lógica con su famoso aforismo: “El alma que peca, esa morirá” (Ezequiel 18:4). Pero incluso Ezequiel no resuelve completamente la tensión, pues la historia de Israel como nación sigue siendo interpretada en términos colectivos: el exilio es castigo por la idolatría de los reyes y del pueblo.

La teología cristiana ha abordado el problema desde la cristología. Para muchos padres de la Iglesia, como Orígenes y Agustín, Sodoma es una figura —un tipo— del juicio final. La destrucción no es solo un evento histórico, sino una theophanie de la justicia escatológica. En esta lectura, la pregunta de Abraham (“¿destruirás al justo con el malvado?”) encuentra su respuesta en la Cruz: Dios no destruye al justo, sino que el Justo por excelencia es destruido por los malvados. La justicia divina, lejos de ser arbitraria, se revela en la entrega de Cristo, quien asume el castigo colectivo de la humanidad para redimirla. Esta interpretación tipológica no niega la dureza del relato de Sodoma, pero la transfigura: el fuego que cayó sobre las ciudades se convierte en anticipación del fuego del juicio, y la intercesión de Abraham en anticipación de la intercesión de Cristo.

No obstante, esta lectura cristológica, aunque teológicamente sofisticada, puede parecer una evasión ética. Si la destrucción de Sodoma es solo un “tipo” del juicio final, ¿qué decimos de las víctimas reales, de los niños que perecieron en las llamas? Aquí, la teología del analogia entis de Tomás de Aquino ofrece una vía media. Tomás distingue entre la justicia absoluta de Dios —que solo Él puede comprender plenamente— y la justicia que los humanos pueden conocer a través de la razón natural. Desde la perspectiva humana, la destrucción colectiva parece injusta. Pero desde la perspectiva divina, que abarca todas las circunstancias, intenciones y consecuencias, puede haber una justicia que nosotros no alcanzamos a ver. Esta posición, conocida como skeptical theism en la filosofía contemporánea, sostiene que nuestra incapacidad para comprender los designios divinos no implica que no existan. Sin embargo, críticos como William Rowe han argumentado que ciertos tipos de sufrimiento —como la muerte de inocentes en catástrofes— constituyen evidencia prima facie contra la existencia de un Dios omnibenevolente, a menos que se proporcione una justificación independiente.


Responsabilidad Social, Estructura del Pecado y Justicia Preventiva


Una lectura que evita tanto el literalismo ingenuo como la evasión alegórica es la que interpreta la destrucción de Sodoma como un juicio sobre la estructura social del pecado. Esta perspectiva, desarrollada por teólogos de la liberación y por filósofos sociales cristianos, sostiene que hay sistemas de opresión tan totalizadores que la noción misma de “inocente” se vuelve problemática. Si una sociedad está organizada alrededor de la explotación, la violencia sexual como instrumento de dominación, y la exclusión del extranjero —como sugiere el relato de Lot y los ángeles—, entonces todos sus miembros, en mayor o menor medida, participan de esa estructura. Los niños, aunque moralmente inocentes, son producto y futuro de esa cultura. La destrucción no sería un castigo de individuos, sino el fin inevitable de un modo de organización social que ha llegado a su autoaniquilación lógica.

Esta interpretación tiene resonancias inquietantes con la historia moderna. Las sociedades totalitarias del siglo XX —la Alemania nazi, el régimen de Pol Pot, el Rwanda de 1994— demostraron que el mal puede ser sistémico, no meramente individual. En estos contextos, la pregunta “¿hay justos en la ciudad?” se vuelve casi retórica. No porque no haya individuos moralmente íntegros, sino porque la maquinaria del mal es tan opresiva que la preservación de la estructura social implica la perpetuación del sufrimiento. Desde esta perspectiva, la destrucción de Sodoma puede leerse no como un modelo a imitar, sino como una advertencia profética: las sociedades que institucionalizan la crueldad llevan en sí mismas la semilla de su propia destrucción. El “fuego del cielo” sería entonces una metáfora de la autoimplosión moral, no necesariamente de una intervención sobrenatural punitiva.

Sin embargo, esta lectura estructural no resuelve completamente el dilema. Incluso si aceptamos que Sodoma representaba una forma de vida social irredimible, la aniquilación total sigue siendo moralmente problemática. La justicia, en su sentido más elevado, no se confunde con la utilidad preventiva. No destruimos a los niños para prevenir futuros crímenes. La ética deontológica, desde Kant hasta Rawls, insiste en que los individuos son fines en sí mismos, nunca meros medios. La destrucción de Sodoma, vista desde esta óptica, viola el principio fundamental de la dignidad humana. La respuesta teológica a esta objeción suele apelar a la omnisciencia divina: Dios conoce los corazones, sabe que no hay redención posible, y actúa con una sabiduría que trasciende la ética humana. Pero esta apelación al misterio, aunque teológicamente coherente, es éticamente insatisfactoria para muchos. Genera una moralidad que queda fuera del alcance del juicio humano, haciendo imposible cualquier diálogo genuino entre la fe y la razón ética.


Lot, la Sal y la Contradicción no Dicha


Si el relato de Sodoma es un tratado sobre la justicia, también es un tratado sobre la gracia, aunque una gracia ambigua y perturbadora. La figura de Lot funciona como contrapunto necesario. En el texto del Génesis, Lot es un personaje de extraordinaria ambigüedad: ofrece a sus hijas a la multitud, se instala en una ciudad que sabía corrompida, y tras la destrucción se emborracha con ellas en una cueva. No es descrito explícitamente como “justo” en el relato original; esa caracterización proviene de una reinterpretación posterior en 2 Pedro 2:7, donde la tradición cristiana lo reclama como “justo Lot”, atormentado por la conducta de los malvados. Esta distinción es crucial: la justicia de Lot no es un dato del relato primitivo, sino una lectura teológica que intenta salvar al único personaje que Dios rescató de la catástrofe.

Pero aquí emerge el punto más inquietante, aquel que el relato deja entrever sin resolver: si Dios tenía la capacidad de distinguir a Lot, de salvarlo selectivamente de entre toda la población, ¿por qué no pudo —o no quiso— distinguir a otros posibles inocentes dentro de Sodoma? La capacidad divina de discriminación, demostrada al arrancar a Lot de las llamas, hace que la no-discriminación hacia los demás sea moralmente más difícil de justificar, no menos. No se trata de un juicio indiscriminado donde todos perecen por igual; es un juicio selectivo donde se salva a uno y se condena a todos los demás. Esta paradoja es devastadora para cualquier apologética que pretenda que la destrucción fue una necesidad ciega. Dios no actúa como una fuerza natural impersonal; actúa como un agente moral que elige. Y en esa elección, la pregunta de Abraham resuena con mayor intensidad: si podías salvar a Lot, ¿no podías haber salvado a los niños, a los extranjeros, a aquellos cuyos corazones no conocías?

La conversión de la esposa de Lot en estatua de sal (Génesis 19:26) ha sido interpretada de múltiples maneras. En la lectura tradicional, es castigo por desobediencia: no debía mirar hacia atrás. En lecturas más contemporáneas, representa la parálisis de quien no puede dejar atrás una forma de vida corrompida, incluso cuando es salvada. La sal, en el mundo antiguo, era preservativa pero también destructora de la tierra. La esposa de Lot se convierte en monumento ambiguo: una advertencia petrificada sobre el costo de la nostalgia por lo que debería ser abandonado. En el contexto del dilema ético, esta figura sugiere que la justicia divina no es pura destrucción, sino transformación. Lo que no puede ser redimido se convierte en memoria, en advertencia, en sal que preserva la historia para que no se repita.


Conclusión


La destrucción de Sodoma y Gomorra no admite una resolución ética simple. El relato bíblico, lejos de ser una apologética del castigo arbitrario, presenta una tensión dramática entre la justicia individual —representada por la audaz intercesión de Abraham— y la realidad del pecado colectivo —encarnado en la corrupción sistémica de las ciudades de la llanura. El dilema que plantea es auténtico y permanente: ¿puede una comunidad, como cuerpo moral, alcanzar un punto donde su preservación implique una injusticia mayor que su destrucción? La historia moderna, con sus genocidios y sus regímenes totalitarios, sugiere que esta pregunta no es arcaica, sino urgentemente contemporánea.

Sin embargo, el texto bíblico no ofrece una respuesta que satisfaga plenamente a la filosofía moral moderna. Lo que ofrece es una narrativa compleja donde la justicia divina es simultáneamente inescrutable —”mis pensamientos no son vuestros pensamientos” (Isaías 55:8)— y dialogante. Dios no destruye a Sodoma sin consultar, por así decirlo, con Abraham. La negociación, aunque fallida, establece un precedente teológico fundamental: la justicia divina no es ajena a la justicia humana, sino que entra en conversación con ella. El hecho de que Dios acepte el principio de Abraham —que el justo no debe perecer con el malvado— es quizás la revelación más profunda del episodio. La destrucción ocurre no porque Dios rechace la justicia, sino porque, en el cálculo divino, el umbral de redención para esa sociedad particular había sido traspasado.

Finalmente, el relato de Sodoma y Gomorra nos confronta con los límites de nuestras categorías éticas. La justicia moderna, individualista y distributiva, tiene dificultades para procesar la noción de culpa estructural. La justicia bíblica, corporativa y histórica, tiene dificultades para proteger al inocente del fuego colectivo. El diálogo entre ambas tradiciones —el “¿destruirás al justo con el malvado?” de Abraham y el “el alma que peca, esa morirá” de Ezequiel— sigue abierto. Quizás la sabiduría del relato no esté en resolver el dilema, sino en mantenerlo vivo, como una herida que no cierra, recordándonos que toda justicia —humana o divina— debe rendir cuentas ante el rostro del inocente, y que el verdadero juicio comienza cuando cuestionamos al Juez.


Referencias

  1. Collins, S. (2013). Discovering the City of Sodom: The Fascinating, True Account of the Discovery of the Old Testament’s Most Infamous City. New York: Simon & Schuster. (Obra que presenta una hipótesis arqueológica controvertida sobre la identificación de Tall el-Hammam con Sodoma; debe leerse como una propuesta sugerente pero no consolidada en el consenso académico).
  2. Levenson, J. D. (2012). Inheriting Abraham: The Legacy of the Patriarch in Judaism, Christianity, and Islam. Princeton: Princeton University Press. (Estudio comparativo de la figura de Abraham que analiza con rigor la intercesión en Génesis 18 como momento fundacional de la teología moral en las tres tradiciones abrahámicas).
  3. von Rad, G. (1972). Genesis: A Commentary. Philadelphia: Westminster John Knox Press. (Clásico de la exégesis del siglo XX que ofrece una lectura teológica profunda del relato de Sodoma, destacando la estructura narrativa y el significado de la negociación entre Abraham y Dios).
  4. Rowe, W. L. (1979). “The Problem of Evil and Some Varieties of Atheism”. American Philosophical Quarterly, 16(4), 335-341. (Artículo seminal en filosofía de la religión que examina el problema del mal como evidencia contra la existencia de Dios, con implicaciones directas para la evaluación ética de relatos bíblicos de destrucción divina).
  5. Gutierrez, G. (1971). A Theology of Liberation: History, Politics, and Salvation. Maryknoll: Orbis Books. (Texto fundacional de la teología de la liberación que desarrolla el concepto de pecado estructural y responsabilidad social colectiva, ofreciendo un marco para interpretar la destrucción de Sodoma como juicio sobre sistemas de opresión institucionalizados).
  6. Barton, J. (2019). Ethics in Ancient Israel. Oxford: Oxford University Press. (Estudio académico reconocido sobre los fundamentos éticos del Antiguo Testamento, que examina la tensión entre responsabilidad individual y colectiva en la reflexión moral de Israel).

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