Entre una guitarra tocada al revés, una canción compuesta en la infancia y décadas de silencio se esconde una de las historias más singulares del folk estadounidense. Elizabeth Cotten convirtió una limitación en lenguaje musical y, cuando el mundo finalmente la escuchó, ya era una mujer de edad avanzada. ¿Cómo pudo permanecer oculta durante tanto tiempo? ¿Qué revela su historia sobre quién consigue ser escuchado?


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Elizabeth Cotten: La mano invertida que reescribió la historia del folk estadounidense


Introducción

En 1985, cuando la National Academy of Recording Arts and Sciences concedió el premio Grammy a la mejor grabación de música étnica o tradicional a un álbum titulado Elizabeth Cotten Live!, la galardonada tenía noventa y dos años y acababa de convertirse en una de las artistas de mayor edad en recibir ese reconocimiento. Lo extraordinario no era solo la edad. Lo desconcertante era que aquella mujer negra, menuda, de manos artríticas y hablar pausado, había compuesto una de las canciones más versionadas del folk estadounidense contemporáneo —”Freight Train”— cuando era apenas una niña, hacia 1904, en una Carolina del Norte regida por las leyes de segregación racial. Había pasado más de medio siglo trabajando como empleada doméstica, lejos de los escenarios, sin que casi nadie supiera que tocaba la guitarra. Y lo hacía con una técnica que desafiaba la lógica de cualquier manual: siendo zurda, tocaba una guitarra para diestros sin invertir las cuerdas, ejecutando las líneas de bajo con los dedos y la melodía con el pulgar. El resultado era un sonido ragtime dulce, sincopado y profundamente melancólico, que décadas después cautivaría a una generación de jóvenes blancos urbanos en plena fiebre del folk revival.

La historia de Elizabeth Cotten plantea preguntas incómodas y fascinantes. ¿Cómo puede el canon musical de un país ignorar durante tanto tiempo a una compositora de esa estatura? ¿Qué circunstancias sociales, económicas y raciales explican que su talento permaneciera oculto hasta los sesenta años? ¿Qué papel jugaron las familias blancas progresistas que la emplearon y, más tarde, la promocionaron? ¿En qué medida su redescubrimiento fue un acto de justicia cultural o, por el contrario, una forma de apropiación benevolente? Examinar su vida y su obra no es simplemente reconstruir una biografía marginal; es adentrarse en las tensiones del sur estadounidense de Jim Crow, en la economía doméstica de las mujeres negras, en la construcción del canon folk y en la manera en que la industria musical y la academia han negociado con las voces silenciadas.


Contexto histórico: Carolina del Norte en la era de Jim Crow


Elizabeth Nevills nació el 5 de enero de 1893 en Chapel Hill, condado de Orange, Carolina del Norte. Era la menor de cinco hijos de George Nevills y Louisa Price Nevills. Chapel Hill, sede de la Universidad de Carolina del Norte desde 1795, era entonces un pueblo pequeño, marcado por la economía agraria del tabaco y el algodón, pero también por una incipiente vida académica. La familia de Elizabeth era afroamericana y pobre. Su padre trabajó en minas de carbón y como obrero en la universidad; su madre, como cocinera y lavandera para familias blancas. El contexto racial no era una anécdota: Carolina del Norte aplicaba con dureza las leyes segregacionistas conocidas como Jim Crow, y en 1898 había presenciado el violento golpe supremacista de Wilmington, que destituyó a un gobierno municipal birracial. La violencia, el linchamiento y la exclusión política eran realidades cotidianas para las comunidades negras.

La música era un refugio y una forma de memoria. En el Piedmont —la región de colinas suaves entre los Apalaches y la llanura costera— se gestaba una tradición guitarrista afroamericana distinta del blues del Delta del Misisipi: un estilo más melódico, sincopado, influido por el ragtime, el parlour music y las danzas de raíz europea, conocido hoy como Piedmont blues. Aunque Elizabeth Cotten no debe encasillarse exclusivamente en esta etiqueta, su forma de tocar comparte con el Piedmont la pulsación alternante del pulgar, la afinación abierta y la incorporación de melodías populares. La niña Cotten creció en un mundo sonoro en el que convivían los himnos metodistas, las canciones de trabajo, los bailes de los sábados y los valses escuchados a través de las ventanas de las casas blancas.


Orígenes y formación: una guitarra prohibida, una vocación irreprimible


La infancia de Elizabeth estuvo marcada por una paradoja: la música la rodeaba, pero el acceso a un instrumento era casi imposible. Su hermano mayor, Lucius, tenía un banjo y una guitarra; Elizabeth, siendo niña, los tomaba a escondidas. La guitarra era para diestros y ella era zurda. En lugar de cambiar el orden de las cuerdas, la niña desarrolló un método propio: colocaba el instrumento boca abajo o simplemente lo sostenía al revés, de modo que las cuerdas graves quedaban abajo y las agudas arriba. Con esa posición, el pulgar —que en la técnica convencional se reserva para el bajo— pasaba a ocuparse de la melodía, mientras los dedos índice, medio y anular pulsaban las cuerdas graves. Los musicólogos han descrito el resultado como una doble línea simultánea: un bajo regular, casi de pianista, y una melodía sincopada que evoca el ragtime.

No hubo formación formal alguna. Elizabeth aprendió de oído, observando a su hermano y a los músicos que pasaban por su casa. Componer fue un acto natural. Hacia 1904, cuando tenía once años, escribió la melodía y la letra de “Freight Train” (Tren de carga), inspirada por el sonido de los trenes que cruzaban Chapel Hill. La canción habla de la muerte de un amigo, de un tren que no regresa y de un deseo de reunión en el más allá; su estribillo, “Please don’t tell what train I’m on, so they won’t know what route I’ve gone”, encierra una melancolía que parece desproporcionada para una niña, pero que refleja una sensibilidad precoz y la omnipresencia de la pérdida en la experiencia negra del sur. También compuso por entonces otras piezas que décadas después se convertirían en clásicos: “Oh Babe, It Ain’t No Lie”, “Vastopol” y “Wilson Rag”, esta última basada en la melodía de “Wilson’s Rag” de un pianista local.

La casa de los Nevills era un punto de encuentro musical. La madre de Elizabeth cantaba himnos; su abuela, que había sido esclava, le transmitió canciones de trabajo y de iglesia. La niña absorbía todo, lo transformaba y lo guardaba. Sin embargo, la vida no permitía que aquella vocación se convirtiera en profesión.


Juventud, matrimonio y el largo silencio


A los quince años, en 1908, Elizabeth se casó con Frank Cotten. Fue un matrimonio joven, pobre y, según las escasas fuentes, difícil. Tuvieron una hija, Lillie, en 1910. La familia se mudó varias veces: vivieron en Carolina del Norte, luego en Virginia y más tarde en el área de Washington D.C., siguiendo las rutas de la Gran Migración afroamericana, que entre las décadas de 1910 y 1930 llevó a millones de personas del sur rural a las ciudades del norte y del litoral atlántico. Frank Cotten trabajó como cocinero y chofer; Elizabeth se empleó como doméstica, cocinera y niñera. La guitarra fue quedando relegada. Ella misma contó en entrevistas que, al casarse, vendió su guitarra por unos pocos dólares para comprar alimentos. No volvería a tocar con regularidad hasta pasados los cuarenta años.

Este largo paréntesis —casi tres décadas— es uno de los hechos más reveladores de su biografía. No fue una decisión artística, sino económica. Para una mujer negra pobre del sur, el trabajo doméstico absorbía todo el tiempo y la energía. Además, la iglesia pentecostal y metodista a la que se adscribió con devoción consideraba la guitarra un instrumento mundano, asociado al baile y a los ambientes pecaminosos. Elizabeth misma asumió durante años esa visión: en su hogar no se tocaban instrumentos, solo se cantaban himnos. Sin embargo, la música no desapareció del todo. Aprendió a tocar el piano de oído en las casas donde trabajaba; componía mentalmente; tarareaba. La técnica invertida permaneció intacta en su memoria muscular, esperando.


El encuentro con la familia Seeger: el azar y la causalidad


A finales de la década de 1930, Elizabeth comenzó a trabajar en una tienda de la cadena Lansburgh’s en Washington D.C. Allí, en 1943, atendió a una clienta blanca que, al escucharla hablar, reconoció su acento sureño. La conversación derivó hacia la búsqueda de empleo. Poco después, Elizabeth Cotten fue contratada como empleada doméstica por la familia de Charles Seeger y Ruth Crawford Seeger, dos figuras centrales de la musicología y el activismo cultural estadounidense. Ruth Crawford era una compositora de vanguardia; Charles, un teórico musical y padre del joven Pete Seeger con su primera esposa. La familia Seeger vivía en Chevy Chase, Maryland, un suburbio acomodado de Washington, y se dedicaba al estudio y la recopilación de la música tradicional estadounidense.

El encuentro entre Elizabeth y los Seeger reúne todos los elementos de una casualidad improbable. Ella no llegó como música, sino como cocinera y niñera. Fue Peggy Seeger, la hija pequeña de Charles y Ruth, quien escuchó a Elizabeth tocar la guitarra en un momento de descanso. La niña quedó fascinada y pidió aprender. Mike Seeger, hijo mayor del primer matrimonio de Charles y futuro miembro del New Lost City Ramblers, también la escuchó y comprendió de inmediato que aquella mujer poseía un repertorio y una técnica excepcionales. Corría el año 1950, aproximadamente. Elizabeth Cotten tenía cincuenta y siete años. Había estado guardando su música durante medio siglo.

La familia Seeger no solo la respetó; la grabó. En 1952, Mike Seeger registró en cinta magnetofónica las interpretaciones de Elizabeth en la propia casa de Chevy Chase. Aquellas grabaciones caseras se convirtieron en la base del futuro álbum Folksongs and Instrumentals with Guitar, publicado en 1958 por Folkways Records, el sello discográfico fundado por Moses Asch, especializado en documentar músicas tradicionales y étnicas de todo el mundo. El disco incluyó piezas como “Freight Train”, “Vastopol”, “Wilson Rag”, “Oh Babe, It Ain’t No Lie” y una versión de “Home Sweet Home”. Las notas del álbum, escritas por Mike Seeger, presentaron a Cotten como una auténtica portadora de la tradición afroamericana del Piedmont.


El estilo Cotten: anatomía de una técnica invertida


Conviene detenerse en la técnica instrumental, porque en ella reside una parte esencial de la singularidad de Elizabeth Cotten. Los guitarristas diestros suelen sostener la guitarra con el cuerpo apoyado en la pierna derecha, el mástil hacia la izquierda, y usan la mano derecha para pulsar las cuerdas: el pulgar se encarga de los bajos, mientras los dedos despliegan melodías y acordes. Elizabeth, zurda, no invirtió las cuerdas ni usó una guitarra especial para zurdos. Simplemente giró el instrumento, de manera que el puente y las cuerdas graves quedaban hacia arriba, junto a su pecho, y el mástil apuntaba hacia la derecha. En esa posición, las cuerdas graves estaban físicamente más cerca de sus dedos índice, medio y anular, y las agudas quedaban al alcance del pulgar.

El resultado fue un reparto de funciones invertido: el pulgar, fuerte y flexible, ejecutaba las melodías agudas con un movimiento descendente y ascendente, creando un fraseo casi vocal; los dedos restantes, hacia abajo, marcaban un bajo alternado constante, a menudo con patrones de oom-pah propios del ragtime. La pulsación simultánea de ambos registros producía una textura densa, como de dos guitarras o de una guitarra y un piano tocando juntos. Los dedos no usaban uñas largas ni púas; la carne desnuda producía un sonido suave, redondo, íntimo.

La afinación fue otro rasgo distintivo. Cotten tocaba casi siempre en afinación abierta de Sol (D-G-D-G-B-D) o en afinaciones cercanas, como la de Vastopol, que deriva del nombre de la pieza “The Siege of Sebastopol” y que se convirtió en sinónimo de una afinación abierta en Re. Estas afinaciones, comunes entre los guitarristas afroamericanos del sur, facilitaban el uso de acordes deslizantes y de líneas melódicas con cuerdas al aire, y conferían a su música un timbre resonante, lleno de armónicos. La combinación de afinación abierta, pulgar melódico y bajo pulsado con los dedos generó lo que hoy se denomina, en su honor, Cotten picking o Cotten style, una técnica reconocida y estudiada en los manuales de guitarra fingerstyle.


Análisis de las obras principales


Freight Train”: la canción que atravesó el siglo

“Freight Train” es, sin disputa, la composición más influyente de Elizabeth Cotten. Escrita hacia 1904, la canción emplea una estructura armónica sencilla —básicamente los acordes I, IV y V en tonalidad mayor— pero su melodía sincopada y su letra evocadora la convierten en un estándar inmediato. El texto narra la muerte de un amigo, al que despiden en un tren de carga; la voz poética pide que no revelen su paradero, pues solo desea reunirse con él en la muerte. Los estudiosos han señalado la resonancia de los espirituales afroamericanos en la temática del viaje final y en la imagen del tren como símbolo de libertad y trascendencia.

La canción fue redescubierta por Peggy Seeger, quien la aprendió de Elizabeth y la incluyó en su repertorio. Peggy y su marido, el cantautor británico Ewan MacColl, la grabaron en Inglaterra en la década de 1950, convirtiéndola en un éxito del renaciente movimiento skiffle y del folk británico. Pronto fue versionada por artistas de todo el espectro: Peter, Paul and Mary, Joan Baez, Bob Dylan, Jerry Garcia, Taj Mahal, entre muchos otros. La melodía incluso fue adaptada como base de canciones en otros idiomas y estilos. Sin embargo, los derechos de autor de “Freight Train” no fueron registrados durante décadas, lo que dio lugar a disputas y a pérdidas económicas para su autora. El propio Charles Seeger gestionó tardíamente la protección legal de la obra, y en 1957 se registró a nombre de Elizabeth Cotten. Este episodio revela las dificultades estructurales que enfrentaban los músicos afroamericanos para controlar su producción en una industria que históricamente los situaba en los márgenes.

Shake Sugaree”: la ternura y el desamparo

Compuesta probablemente hacia finales de los años cincuenta, “Shake Sugaree” es una canción breve y circular cuya letra enumera las pérdidas de una niña: ha empeñado sus zapatos, su vestido, su cama, y al final canta “Oh, oh, shake sugaree, everything I got is in pawn”. La versión original grabada en 1967 para el álbum homónimo contó con la voz de Brenda Evans, bisnieta de Elizabeth, entonces una niña de doce años. La combinación de la voz infantil con la guitarra parental produce un efecto de desamparo y dulzura que ha sido interpretado como una metáfora de la pobreza negra rural y de la resiliencia ante la privación. La canción fue grabada más tarde por artistas como Taj Mahal, Fred Neil y Devendra Banhart, y se convirtió en una de las piezas más queridas del repertorio folklórico estadounidense de la segunda mitad del siglo XX.


Otras piezas: “Oh Babe, It Ain’t No Lie”, “Vastopol” y el repertorio instrumental


“Oh Babe, It Ain’t No Lie” es un ragtime cantado que Cotten interpretaba con humor y ritmo contagioso. “Vastopol” es una pieza instrumental en afinación abierta que demuestra su dominio del fingerpicking y su capacidad para crear líneas melódicas complejas sobre un bajo obstinado. “Wilson Rag”, por su parte, es un homenaje al estilo de los pianistas ambulantes de su infancia. Estas composiciones, junto con versiones de himnos y canciones populares, revelan un repertorio que atravesaba géneros: blues, ragtime, canción de salón, espiritual, balada. Cotten no distinguía categorías académicas; simplemente tocaba la música que había escuchado y amado, y al hacerlo creaba un documento sonoro de la cultura popular afroamericana del Piedmont.


El redescubrimiento tardío: de empleada doméstica a artista de escenario


La publicación de Folksongs and Instrumentals with Guitar en 1958 no convirtió a Elizabeth Cotten en una celebridad de la noche a la mañana. Durante varios años continuó trabajando como empleada doméstica para los Seeger y otras familias, mientras su música circulaba en los círculos del folk revival que florecía en ciudades como Nueva York, Boston y Washington. Fue a principios de los años sesenta, con el auge masivo del folk, cuando su figura comenzó a recibir atención. El Festival de Folk de Newport, fundado en 1959, se convirtió en un espacio clave: Elizabeth Cotten actuó por primera vez en el escenario principal en 1964, con sesenta y un años, ante un público mayoritariamente blanco y joven. La imagen de aquella mujer mayor, de gesto sereno y sonrisa tímida, tocando una guitarra invertida, causó una profunda impresión.

En 1967 Folkways publicó Shake Sugaree, su segundo álbum, con la participación de la joven Brenda Evans. Un año después, en 1968, Cotten apareció en el Festival de Jazz de Newport y comenzó a realizar giras modestas por universidades, cafés y festivales. En 1970 actuó en el programa de televisión NET Playhouse y en 1972 realizó una gira por el Reino Unido. No era una artista comercial en el sentido convencional: su música no sonaba en la radio comercial, sus discos se vendían a través del catálogo de Folkways, y su audiencia era esencialmente el público folk y los círculos de aficionados a la guitarra. Pero su influencia crecía silenciosamente.

En 1975 se trasladó a Syracuse, Nueva York, donde vivió con su hija Lillie y su yerno. La ciudad, sede de la Universidad de Syracuse, le ofreció un ambiente tranquilo. En 1979 Folkways publicó When I’m Gone, un álbum grabado en directo en el Carnegie Hall y en otros escenarios, que mostraba la madurez de su estilo y la calidez de su presencia escénica. En 1984, el sello Arhoolie publicó Elizabeth Cotten Live!, grabado en el Caffe Lena de Saratoga Springs, Nueva York. Fue ese disco el que le valió el Grammy en 1985 en la categoría de mejor grabación de música étnica o tradicional. La ceremonia de los premios Grammy fue un momento de extraña ironía: una mujer que había pasado la mayor parte de su vida en la invisibilidad recibía el aplauso de la industria musical estadounidense a los noventa y dos años.


Recepción, crítica e historiografía


La recepción de Elizabeth Cotten ha pasado por varias fases. En los años cincuenta y sesenta, dentro del movimiento folk, fue presentada como una “descubierta” por los folkloristas blancos. Las notas de los álbumes de Folkways, escritas por Mike Seeger, enfatizaban su autenticidad, su pureza estilística y su condición de portadora de una tradición casi extinguida. Este encuadre, sincero pero paternalista, situaba a Cotten como un objeto de documentación más que como una artista con agencia creativa plena. La propia Cotten, en las raras entrevistas que concedió, hablaba de su música con humildad, a menudo minimizando su talento.

A partir de los años ochenta y noventa, la historiografía musical y los estudios culturales comenzaron a revisar el papel de las mujeres negras en la música popular estadounidense. La figura de Elizabeth Cotten adquirió un nuevo relieve. Investigadoras como Alice Gerrard, en sus escritos y en el documental Elizabeth Cotten: Portrait of an Artist (1981), y autores como Bob Carlin y Judith Tick, situaron su obra en el contexto del Piedmont blues y del old-time music. Se reconoció que su técnica invertida no era una curiosidad anecdótica, sino una innovación consciente y legítima, comparable en originalidad a la de guitarristas como Mississippi John Hurt o Blind Blake. Su composición “Freight Train” fue reivindicada como una de las canciones fundamentales del cancionero estadounidense.

No obstante, persisten tensiones interpretativas. Algunos críticos han señalado la paradoja de que el redescubrimiento de Cotten dependiera de familias blancas de clase media y de la industria del folk revival, lo que plantea preguntas sobre la mediación y la autoridad cultural. ¿Era Elizabeth una artista autónoma o una “informante” en un proyecto de rescate dirigido por otros? ¿Hasta qué punto su repertorio fue seleccionado, editado y enmarcado según los gustos y preconceptos de sus mecenas? ¿Qué canciones suyas quedaron fuera de los álbumes por no encajar en la idea de pureza folk? Estas preguntas no tienen respuestas sencillas y forman parte del debate actual.

También existe cierta discusión sobre la clasificación de su música. Aunque se la suele etiquetar como Piedmont blues, su estilo incluye muchos elementos del ragtime y de la música de salón. Algunos musicólogos prefieren hablar de songster —un término histórico que designa a los músicos afroamericanos capaces de interpretar una gran variedad de géneros— y advierten contra el encasillamiento que reduce su obra a una única etiqueta. Esta discusión es relevante porque muestra cómo las categorías académicas pueden distorsionar la comprensión de los artistas cuya práctica es esencialmente transversal.


Últimos años, muerte y legado


Elizabeth Cotten pasó sus últimos años en Syracuse, rodeada de su familia. Continuó tocando y grabando esporádicamente. En 1984 participó en el documental Guitar Pickers, y en 1987, poco antes de su muerte, se celebró un concierto homenaje en su honor. Falleció el 29 de junio de 1987 a los noventa y cuatro años. Su legado fue reconocido de inmediato. En 1989, el Festival de Blues de Carolina del Norte estableció el premio Elizabeth Cotten, y en 1990 fue incluida en el Salón de la Fama del Blues. En 1996, la Fundación Blues creó el premio Elizabeth Cotten para reconocer la excelencia en la interpretación de guitarra acústica.

El verdadero legado de Elizabeth Cotten no reside solo en los premios. Su técnica de guitarra invertida se enseña hoy en conservatorios y talleres de todo el mundo. La canción “Freight Train” forma parte del repertorio estándar de cualquier guitarrista folk. Su repertorio ha sido reeditado digitalmente por Smithsonian Folkways, que ha preservado sus grabaciones y las ha puesto a disposición de nuevas generaciones. Artistas contemporáneos, de Rhiannon Giddens a los Carolina Chocolate Drops, han citado su influencia. Su figura aparece en documentales, libros de texto y programas universitarios dedicados a la música afroamericana y al folk estadounidense.


Conclusión


La vida de Elizabeth Cotten es una lección sobre la resistencia de la creación musical en condiciones adversas y sobre los mecanismos de visibilidad e invisibilidad que rigen la historia cultural. Ella no compuso para una industria; compuso para sí misma y para los suyos, y esa música se mantuvo viva durante décadas de silencio. Cuando finalmente salió a la luz, lo hizo gracias a una serie de coincidencias que solo parecen accidentales: una familia blanca interesada en la música tradicional, un sello discográfico comprometido con la documentación, un movimiento folk ávido de autenticidad. Pero nada de eso habría sido posible sin la extraordinaria calidad de su obra.

Elizabeth Cotten incomoda a quienes creen que el canon musical se construye únicamente mediante el talento. Su historia demuestra que el talento es una condición necesaria pero no suficiente; requiere de puertas abiertas, de recursos, de acceso a los medios de producción y difusión. Durante la mayor parte de su vida, la sociedad estadounidense le negó esas puertas por ser negra, mujer y pobre. Y sin embargo, ella siguió tocando, guardando en sus manos una tradición que habría podido perderse. Por eso su legado no es solo musical: es una afirmación de la dignidad del arte silenciado y una invitación a escuchar con más atención las voces que la historia ha relegado a los márgenes.


Bibliografía seleccionada

  • Carlin, Bob. String Bands in the North Carolina Piedmont. Jefferson, NC: McFarland & Company, 2004.
  • Cotten, Elizabeth. Folksongs and Instrumentals with Guitar. Notas de Mike Seeger. Folkways Records, 1958.
  • Cotten, Elizabeth. Shake Sugaree. Notas de Mike Seeger. Folkways Records, 1967.
  • Cotten, Elizabeth. When I’m Gone. Notas de Mike Seeger. Folkways Records, 1979.
  • Cotten, Elizabeth. Elizabeth Cotten Live!. Arhoolie Records, 1984.
  • Gerrard, Alice. “Elizabeth Cotten: A Remembrance.” The Old-Time Herald 1, no. 4 (1988): 12–15.
  • Seeger, Mike. “Elizabeth Cotten.” En The Port Townsend 1998 Festival of American Fiddle Tunes: A Collection of Memories. Port Townsend, WA: Centrum, 1998.
  • Smithsonian Folkways Recordings. “Elizabeth Cotten Artist Page.” https://folkways.si.edu/elizabeth-cotten (consultado en línea).
  • Tick, Judith. Ruth Crawford Seeger: A Composer’s Search for American Music. Nueva York: Oxford University Press, 1997.
  • Wolfe, Charles K., y Kip Lornell. The Life and Legend of Leadbelly. Nueva York: HarperCollins, 1992. [Contiene referencias contextuales al circuito de músicos afroamericanos y al folk revival.]

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