Entre los siglos XII y XIV, una lengua nacida en el noroeste peninsular se convirtió en el gran idioma de la poesía cortesana ibérica. Reyes castellanos, nobles, clérigos y trovadores la eligieron para cantar al amor, la ausencia, la sátira y lo sagrado. ¿Por qué Alfonso X escribió sus grandes cantigas en galaico-portugués? ¿Cómo llegó aquella lengua a convertirse en el código poético de toda una época?


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El gallego como lengua internacional de la poesía medieval: la lírica galaico-portuguesa y su irradiación ibérica


Entre las paradojas más fascinantes de la historia cultural europea se encuentra un hecho que sorprende a quien lo descubre por primera vez: durante casi dos siglos, el gallego —o más precisamente su variante compartida con el portugués medieval, el galaico-portugués— fue la lengua de prestigio para componer poesía lírica en toda la Península Ibérica, incluso entre nobles y monarcas cuya lengua materna era el castellano. Reyes de Castilla, señores aragoneses y trovadores portugueses coincidían en un mismo código poético que no era el suyo cotidiano, sino un idioma culto, refinado y con reglas propias, reservado casi exclusivamente al arte de la canción. Este fenómeno, hoy relegado a un segundo plano frente a la fama de la lírica provenzal o la poesía cortesana francesa, constituye uno de los episodios más singulares de la historia lingüística europea: el de una lengua que se internacionalizó no por conquista militar ni por expansión política, sino por prestigio estético.


El nacimiento de una koiné poética


Entre finales del siglo XII y mediados del XIV floreció en la Península Ibérica una tradición lírica escrita en galaico-portugués que hoy se conoce como lírica galaico-portuguesa o lírica trovadoresca gallego-portuguesa. Su origen se vincula estrechamente con la tradición provenzal de los trovadores occitanos, cuyas rutas de peregrinación jacobea y cuyos contactos con las cortes ibéricas —especialmente tras la boda de Alfonso VIII de Castilla con Leonor Plantagenet, educada en un ambiente cortesano impregnado de cultura trovadoresca— facilitaron la llegada de las convenciones del fin’amor al noroeste peninsular. Sin embargo, lo que en Occitania se cantaba en occitano, en el ámbito ibérico se trasladó a una lengua distinta: el gallego-portugués, hablado en el territorio que hoy comprende Galicia y el norte de Portugal.

Lo notable es que esta lengua no permaneció circunscrita a su territorio de origen. Se convirtió en la lengua franca de la lírica cortesana en toda la Península, de manera análoga a como el occitano lo fue para gran parte de Europa meridional o como el francés lo sería siglos más tarde para la diplomacia europea. Trovadores nacidos en Castilla, en León o en Aragón —cuya lengua materna era, por tanto, el castellano o el aragonés— optaban por componer sus cantigas en gallego-portugués, no por necesidad comunicativa, sino porque esa lengua se había convertido en el vehículo natural, casi obligatorio, del refinamiento poético.


Alfonso X y la paradoja regia


El ejemplo más elocuente de esta primacía cultural es el de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León entre 1252 y 1284. Impulsor decisivo de la prosa en castellano —lengua en la que promovió traducciones científicas, crónicas históricas y códigos legales que sentaron las bases del castellano como lengua de cultura—, Alfonso X eligió sin embargo el gallego-portugués para su obra poética más ambiciosa: las Cantigas de Santa María, una colección de más de cuatrocientas composiciones dedicadas a los milagros marianos, acompañadas de notación musical y de un aparato iconográfico extraordinario. Que un monarca capaz de imponer su propia lengua vernácula como código administrativo y científico decidiera, al mismo tiempo, componer su obra lírica más personal en una lengua distinta a la suya revela con nitidez la existencia de una jerarquía de registros: el castellano servía para la prosa doctrinal y jurídica, mientras que el gallego-portugués poseía la autoridad estética necesaria para la poesía.

Este reparto de funciones no era exclusivo de Alfonso X. Otros monarcas y nobles castellanos, como Sancho IV o Alfonso XI, y numerosos señores de la nobleza leonesa y castellana, cultivaron igualmente la poesía en gallego-portugués. La lengua se había convertido, en palabras que emplean diversos filólogos especializados en el periodo, en una suerte de “koiné” poética peninsular, comparable a la función que el latín desempeñaba en los ámbitos eclesiástico y jurídico, pero aplicada al terreno específico de la lírica profana y religiosa.


Los géneros y las voces de la lírica galaico-portuguesa


La producción conservada se articula en torno a tres grandes géneros. La cantiga de amor, de raíz provenzal, expresa el sufrimiento amoroso del trovador ante una dama idealizada e inalcanzable, siguiendo convenciones muy próximas a las del fin’amor occitano. La cantiga de amigo, en cambio, constituye una de las aportaciones más originales y menos derivativas de la tradición ibérica: en ella la voz poética es femenina —aunque el autor sea, en la inmensa mayoría de los casos documentados, un hombre—, y expresa el anhelo, la espera o el gozo de una joven ante la ausencia o el regreso de su amado, frecuentemente en un marco rural o marino, con estructuras paralelísticas y estribillos que remiten a formas de canción popular preexistentes. Finalmente, las cantigas de escarnio e maldizer conforman un corpus satírico y burlesco, de gran valor documental para conocer las costumbres, rivalidades y tensiones sociales de la época, con un lenguaje directo, a menudo obsceno, que contrasta con el idealismo de los otros dos géneros.

Entre los autores más destacados de este corpus figura Martín Codax, trovador vinculado a Vigo cuyas siete cantigas de amigo, conservadas en el llamado Pergamino Vindel —descubierto en 1914 y hoy custodiado parcialmente en la Morgan Library de Nueva York—, constituyen uno de los pocos testimonios que conservan también la notación musical original, permitiendo reconstruir la melodía tal como pudo sonar en el siglo XIII. Junto a él, nombres como Airas Nunes, clérigo y trovador de notable versatilidad temática; Pero da Ponte, activo en la corte de Alfonso X; Bernal de Bonaval, uno de los primeros en cultivar la cantiga de amigo con especial delicadeza formal; o Johan Airas de Santiago, autor de una obra extensa y de gran calidad estilística, completan un panorama poético que, en su conjunto, alcanza más de mil seiscientas composiciones conservadas, repartidas fundamentalmente en tres grandes cancioneros: el Cancioneiro da Ajuda, el más antiguo y limitado casi exclusivamente a cantigas de amor; el Cancioneiro da Biblioteca Nacional, también llamado Colocci-Brancuti; y el Cancioneiro da Vaticana, ambos copiados en Italia durante el Renacimiento a partir de originales hoy perdidos, lo que subraya el interés que este corpus despertó incluso fuera de la Península.


El declive: de lengua de prestigio a lengua periférica


La primacía del gallego-portugués como lengua poética no fue eterna. A lo largo del siglo XIV, y de manera acelerada tras la instauración de la dinastía Trastámara en Castilla en 1369, el castellano fue desplazando progresivamente al gallego-portugués como lengua de la lírica cortesana, un proceso que corre paralelo a la consolidación de Castilla como potencia hegemónica en la Península y a la creciente centralización política y cultural en torno a su corte. El propio idioma gallego, separado ya administrativamente del portugués tras la independencia de Portugal, entró en Galicia en un largo periodo de retroceso como lengua de cultura escrita —conocido tradicionalmente como los “Séculos Escuros”— que se prolongaría hasta el resurgimiento literario del siglo XIX, encarnado sobre todo en la obra de Rosalía de Castro.

Este contraste resulta especialmente revelador: la misma lengua que durante dos siglos había sido el vehículo de prestigio elegido por reyes castellanos para su poesía más elevada quedó reducida, a partir del siglo XV, a una posición marginal incluso en su propio territorio, mientras el castellano, antes reservado a la prosa, se convertía en la lengua dominante también para la lírica. La historia del gallego medieval como lengua internacional de la poesía es, así, la historia de un prestigio cultural que no logró traducirse en poder político ni en continuidad institucional, y que quedó posteriormente eclipsado por la propia trayectoria histórica de los reinos peninsulares.


Relevancia actual del fenómeno


El estudio de la lírica galaico-portuguesa ha experimentado una notable revitalización académica en las últimas décadas, tanto en Galicia y Portugal como en centros de filología románica de toda Europa y América. Este interés responde no solo a su valor literario intrínseco, sino a lo que revela sobre la construcción de las identidades lingüísticas ibéricas: el hecho de que una lengua hoy minorizada haya sido, en su momento, el código de prestigio elegido voluntariamente por hablantes de otras lenguas desafía las narrativas lineales sobre el “ascenso natural” del castellano y obliga a pensar la historia lingüística peninsular en términos de jerarquías cambiantes, negociadas y no exentas de contingencia histórica. Para Galicia, además, este pasado constituye un argumento cultural de primer orden en los debates contemporáneos sobre normalización lingüística, al demostrar que su lengua no fue nunca periférica por naturaleza, sino que ocupó, durante un periodo determinante de la historia cultural ibérica, un lugar central e incluso hegemónico en el terreno de la creación poética.


Conclusión


La lírica galaico-portuguesa constituye un capítulo extraordinario y frecuentemente ignorado de la historia cultural europea: el de una lengua que, sin respaldo de un poder político unificado y sin la extensión geográfica de otras linguas francas medievales, se impuso durante casi dos siglos como el código poético de referencia en toda la Península Ibérica, cultivada incluso por quienes gobernaban en otra lengua. El caso de Alfonso X, capaz de separar con toda naturalidad la lengua de su prosa jurídica y científica de la lengua de su poesía religiosa, ilustra mejor que ningún otro ejemplo la complejidad de las jerarquías lingüísticas medievales, donde el prestigio estético y el poder político podían transitar por caminos distintos e incluso, en apariencia, contradictorios.

Recuperar esta historia no es solo un ejercicio de arqueología filológica: es también una manera de comprender que las fronteras lingüísticas actuales son el resultado de procesos históricos concretos, reversibles en su momento y nunca inevitables, y que el gallego, lejos de haber sido siempre una lengua periférica, fue en su día la lengua elegida para cantar el amor, la ausencia y lo sagrado en toda la Península Ibérica.


Referencias

Brea, Mercedes (coord.). Lírica profana galego-portuguesa: corpus completo das cantigas medievais. Centro de Investigacións Lingüísticas e Literarias Ramón Piñeiro, Xunta de Galicia, 1996.

Tavani, Giuseppe. A poesía lírica galego-portuguesa. Editorial Galaxia, 1986.

Cohen, Rip. The Cantigas d’Amigo: An English Verse Translation. The Johns Hopkins University, 2010 (edición digital de acceso académico).

Lapa, Manuel Rodrigues. Cantigas d’escarnho e de mal dizer dos cancioneiros medievais galego-portugueses. Edições João Sá da Costa, 1995 (3.ª ed.).

Machado, Elza Paxeco, y José Pedro Machado (eds.). Cancioneiro da Ajuda. Revista de Portugal, 1949-1964.

Pena, Xosé Ramón. Historia da literatura galega I: Das orixes a 1853. Edicións Xerais de Galicia, 2013.


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