Entre archivos reales, bibliotecas, conventos y fondos de la Monarquía española se escondía una historia científica mucho más compleja de lo que durante generaciones se había supuesto. A finales del siglo XVIII, Martín Fernández de Navarrete emprendió una búsqueda documental destinada a recuperar testimonios sobre navegación, astronomía, cartografía y exploración. ¿Qué encontró realmente? ¿Y cuánto cambió su investigación nuestra visión de la ciencia española?


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Martín Fernández de Navarrete y la búsqueda de una ciencia española olvidada: archivos, memoria e historia del conocimiento


La construcción documental de una tradición científica

La historia de la ciencia española contiene un episodio particularmente revelador porque obliga a reconsiderar una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué ocurre cuando una sociedad descubre que buena parte de su pasado científico permanece disperso en archivos que nadie ha integrado todavía en una interpretación coherente? A finales del siglo XVIII, Martín Fernández de Navarrete emprendió precisamente una operación de búsqueda documental de extraordinarias dimensiones. Su objetivo inicial estaba relacionado con la recuperación de la memoria científica y marítima de la Monarquía española, pero el resultado terminó teniendo consecuencias mucho más amplias para la historiografía de la ciencia.

La tesis central de este ensayo sostiene que la importancia histórica de Fernández de Navarrete no reside únicamente en haber localizado documentos antiguos, sino en haber demostrado indirectamente que los archivos no son depósitos neutrales de información. Son construcciones históricas determinadas por instituciones, intereses, criterios de selección y finalidades concretas. La colección que Navarrete reunió permitió recuperar una parte sustancial de la actividad científica y náutica española de la Edad Moderna, pero al mismo tiempo seleccionó determinados tipos de conocimiento y dejó otros en segundo plano. Comprender esta doble dimensión resulta indispensable para interpretar correctamente la ciencia española.

El problema adquiere especial relevancia porque durante el siglo XVIII circulaban en Europa interpretaciones que presentaban a España como una potencia atrasada en materia científica. La historiografía ilustrada europea había desarrollado explicaciones generales sobre el supuesto retraso intelectual español, y algunos autores franceses e ingleses contribuyeron a consolidar esa representación. En ese contexto, recuperar documentos que demostraran la participación española en la navegación astronómica, la cartografía, la exploración y las ciencias náuticas tenía también una dimensión cultural: significaba disputar una determinada interpretación del pasado.


La España ilustrada y el problema de la ciencia


La segunda mitad del siglo XVIII fue un periodo de profundas transformaciones en las instituciones científicas y militares españolas. La Armada necesitaba oficiales capaces de dominar matemáticas, astronomía, cartografía, navegación y técnicas de construcción naval. Instituciones como la Academia de Guardias Marinas, el Observatorio de Cádiz y el Arsenal de La Carraca formaban parte de un programa más amplio de renovación científica y técnica. Los llamados marinos ilustrados entendían que la modernización militar dependía también de la circulación organizada del conocimiento.

En ese contexto apareció la necesidad de reunir libros, manuscritos, cartas náuticas, instrumentos y testimonios históricos. El proyecto no consistía simplemente en conservar antigüedades. Pretendía construir una infraestructura intelectual que permitiera formar oficiales, proporcionar materiales a los estudiosos y elaborar una historia marítima española sustentada en fuentes primarias. Fernández de Navarrete perteneció precisamente a esa generación de oficiales que combinaban formación militar, interés científico y preocupación por la historia. La empresa documental surgió, por tanto, de una necesidad institucional concreta.

En 1789, Fernández de Navarrete recibió el encargo de buscar documentación en los principales archivos relacionados con la historia naval y científica de España. La iniciativa estaba vinculada al proyecto de una biblioteca y museo de ciencia naval que debía establecerse en San Carlos, en Cádiz. Las instrucciones que recibió muestran con claridad que las autoridades esperaban encontrar testimonios capaces de reconstruir una genealogía de instituciones científicas, autores, expediciones y prácticas de navegación. No se trataba todavía de una historia académica de la ciencia en sentido moderno, sino de una investigación documental orientada por necesidades educativas, militares y políticas.


Un recorrido por los archivos de la Monarquía


La magnitud de la búsqueda resulta especialmente significativa. Fernández de Navarrete tuvo acceso a archivos y bibliotecas de enorme importancia, entre ellos los del Palacio Real de Madrid y el Monasterio de El Escorial. También consultó bibliotecas conventuales y archivos privados pertenecientes a importantes familias aristocráticas. Posteriormente dirigió su atención hacia Sevilla y el Archivo General de Indias, institución fundamental para reconstruir la documentación de la expansión ultramarina española. La operación reveló que la información necesaria para reconstruir la historia científica española estaba distribuida en numerosos depósitos.

Este aspecto permite corregir una imagen demasiado simplificada del episodio. No existía una única ciudad que hubiera conservado durante siglos, de manera casi secreta, una colección homogénea de documentos científicos capaces de transformar por sí solos la historia de España. Lo que existía era una geografía documental fragmentada. Los testimonios se encontraban separados por instituciones, familias, organismos administrativos, archivos reales y repositorios especializados. La labor de Navarrete consistió precisamente en establecer conexiones entre piezas documentales que originalmente pertenecían a contextos diferentes.

La investigación produjo resultados extraordinarios. Entre los materiales localizados aparecieron testimonios relacionados con viajes de exploración, navegación, expediciones y actividades marítimas. Fernández de Navarrete también encontró documentación vinculada con los viajes de Cristóbal Colón y con otras expediciones que habían quedado relativamente relegadas de las narraciones históricas más conocidas. Con la ayuda de copistas, miles de documentos fueron transcritos. La colección resultante llegó a constituir un enorme archivo de segundo orden: una recopilación organizada a partir de materiales procedentes de numerosos archivos anteriores.


El nacimiento de una colección y el problema del archivo


Aquí aparece una cuestión fundamental para la historia de la ciencia. Cuando Navarrete seleccionaba un documento, no se limitaba a descubrirlo: lo incorporaba a una determinada interpretación del pasado. Su colección poseía una finalidad. María M. Portuondo ha denominado telos del archivo al propósito que condiciona la formación, organización y utilización de una colección documental. Esta perspectiva permite comprender que el archivo no es simplemente un recipiente donde la historia espera ser encontrada, sino una estructura que contribuye a determinar qué aspectos del pasado resultan visibles.

Las instrucciones recibidas por Fernández de Navarrete muestran esa orientación con bastante claridad. Debía buscar información sobre expediciones, instituciones, escuelas científicas, autores, arsenales, construcción naval, navegación y actividades relacionadas con el conocimiento marítimo. La selección respondía a una idea previa: demostrar que existía una tradición científica española vinculada con la navegación y la actividad naval. En consecuencia, determinados documentos tenían más posibilidades de ser copiados que otros. La búsqueda estaba guiada por una concepción histórica anterior al descubrimiento de los documentos.

Esto no invalida la documentación recuperada. Al contrario, la convierte en una fuente doblemente valiosa. Por una parte, contiene testimonios históricos sobre la navegación, la exploración y las ciencias marítimas. Por otra, permite estudiar cómo una sociedad ilustrada del siglo XVIII intentó reconstruir su propio pasado científico. El historiador contemporáneo debe atender a ambas dimensiones. No basta con preguntar qué dice un documento; también es necesario preguntar por qué fue seleccionado, quién lo seleccionó, con qué finalidad y qué documentos semejantes quedaron fuera de la colección.


La selección de lo que debía entenderse por ciencia


La investigación de Navarrete presenta así una paradoja. Su trabajo contribuyó a recuperar una tradición científica española, pero su propio criterio de selección no representaba necesariamente la totalidad de la ciencia practicada en la España moderna. La colección privilegió especialmente los testimonios relacionados con la navegación astronómica, las expediciones, los descubrimientos territoriales y las capacidades técnicas de pilotos y marinos. Otros ámbitos del conocimiento aparecen con mucha menor intensidad.

Esta diferencia resulta esencial. La ciencia de la Edad Moderna no puede reducirse a aquello que hoy reconocemos como disciplinas científicas consolidadas. Incluía formas de conocimiento matemático, cosmográfico, médico, naturalista, geográfico, artesanal, técnico y filosófico. Sin embargo, el proyecto documental de Navarrete tenía objetivos específicos y tendía a considerar especialmente valiosas aquellas prácticas que podían demostrar la competencia científica de la navegación española. La selección, por tanto, produjo una imagen determinada de la ciencia española.

El caso de las Relaciones geográficas resulta especialmente ilustrativo. Portuondo señala que una parte importante de este corpus documental del Archivo General de Indias no recibió la misma atención dentro de la colección de Navarrete. Ello demuestra que incluso cuando un archivo contenía una enorme cantidad de información sobre territorios, sociedades y naturaleza, determinados documentos podían quedar fuera porque no respondían directamente al concepto de conocimiento científico que guiaba la búsqueda. El silencio documental también constituye un objeto de investigación.


Del proyecto naval a la historia de la ciencia


La historia del proyecto sufrió además una transformación profunda. La biblioteca y museo previstos en San Carlos no llegaron a consolidarse tal como habían sido imaginados. Las guerras y las convulsiones políticas de las décadas siguientes modificaron las prioridades de la Monarquía. Fernández de Navarrete continuó trabajando con los materiales reunidos y acabó convirtiendo aquella empresa institucional en una obra historiográfica de enorme importancia.

Entre 1825 y 1837 publicó los cinco volúmenes de la Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. La obra reunió relatos, diarios, itinerarios y documentos relacionados con las expediciones marítimas españolas. Su importancia no fue exclusivamente bibliográfica. Al publicar fuentes primarias, Navarrete proporcionó materiales que podían ser utilizados para estudiar la navegación, la geografía, la cartografía, la exploración y la historia de los conocimientos marítimos.

En este punto se produjo un desplazamiento fundamental. La documentación inicialmente concebida como instrumento para una institución naval comenzó a funcionar como fundamento de una historia científica y marítima de España. El archivo había cambiado de finalidad. Lo que originalmente debía servir para formar oficiales y respaldar la renovación de la Armada terminó convirtiéndose en una infraestructura historiográfica. El tránsito entre ambos objetivos demuestra que los documentos pueden adquirir nuevos significados cuando cambian las instituciones, los investigadores y las preguntas formuladas al pasado.


La disputa por la memoria científica española


El trabajo de Fernández de Navarrete también debe comprenderse dentro de una disputa intelectual sobre la reputación científica de las naciones. Durante la Ilustración, la historia del conocimiento se convirtió parcialmente en un espacio donde los Estados y las comunidades intelectuales competían por establecer genealogías de descubrimientos, innovaciones y precedencias. Demostrar que determinados procedimientos de navegación, observaciones geográficas o expediciones habían sido desarrollados por españoles permitía cuestionar relatos que atribuían exclusivamente esos avances a otras potencias europeas.

Sin embargo, sería metodológicamente incorrecto sustituir una narrativa nacionalista por otra. El hecho de que existieran importantes contribuciones españolas no demuestra que España hubiera sido la principal potencia científica europea, ni permite convertir cada descubrimiento en una prueba de superioridad nacional. La historia de la ciencia contemporánea procura precisamente superar este tipo de competición retrospectiva. Los conocimientos circulaban entre países, lenguas, instituciones, navegantes, impresores y comunidades académicas. Las innovaciones rara vez pueden explicarse exclusivamente mediante fronteras nacionales.

Por ello, el valor actual de la colección de Fernández de Navarrete no consiste en proporcionar argumentos para una reivindicación patriótica simplificada. Su verdadero interés reside en permitir estudiar cómo se producía conocimiento en la España de los siglos XV al XVIII y cómo ese conocimiento se integraba en redes internacionales. La navegación española dependió de matemáticas, astronomía, cartografía, instrumentos, traducciones y experiencias procedentes de múltiples tradiciones. El archivo permite reconstruir esas interacciones siempre que el investigador no confunda la finalidad original de la colección con la totalidad del fenómeno histórico.


La historiografía frente al archivo


El caso de Navarrete anticipa una de las preocupaciones centrales de la historiografía contemporánea: la necesidad de estudiar no solamente las fuentes, sino también las condiciones que hicieron posible su conservación. Un documento que ha sobrevivido no constituye necesariamente una muestra estadísticamente representativa del pasado. Puede haber sobrevivido porque una institución consideró que era importante, porque una familia lo conservó, porque un investigador lo copió o porque determinadas circunstancias materiales evitaron su destrucción.

La historia de la ciencia española debe afrontar, por tanto, un doble problema. Primero, identificar las evidencias disponibles sobre prácticas científicas, técnicas y eruditas. Segundo, investigar las pérdidas, exclusiones y criterios de selección que determinaron el archivo que ha llegado hasta nosotros. Esta segunda dimensión resulta especialmente importante porque la ausencia de documentos puede crear una falsa impresión de ausencia histórica. Allí donde no encontramos testimonios suficientes, no siempre podemos concluir que no existió una determinada actividad intelectual.

La colección de Fernández de Navarrete ofrece un ejemplo perfecto de este principio. Su extraordinario volumen puede producir la impresión de que la investigación documental sobre la ciencia marítima española quedó resuelta durante el siglo XIX. Sin embargo, la propia composición de la colección indica lo contrario. La selección de documentos refleja las prioridades de un proyecto concreto. Para reconstruir una historia más amplia es necesario regresar a los archivos originales, comparar fondos y localizar materiales que Navarrete no consideró prioritarios.


Una nueva lectura de la ciencia española


La cuestión conduce a una revisión conceptual más profunda. Hablar de ciencia española exige evitar dos extremos igualmente problemáticos. El primero consiste en aceptar sin crítica la antigua tesis de una España científicamente estéril. El segundo consiste en responder mediante una narrativa apologética que convierta cualquier actividad técnica o intelectual española en una prueba de excepcionalidad. Ambos enfoques simplifican una realidad histórica mucho más compleja.

Una interpretación más sólida debe estudiar las instituciones, las prácticas, los instrumentos, los intercambios intelectuales y las condiciones sociales de producción del conocimiento. En este sentido, los pilotos que empleaban métodos astronómicos, los cosmógrafos que elaboraban cartas, los médicos que estudiaban enfermedades, los naturalistas que clasificaban especies y los ingenieros que resolvían problemas técnicos forman parte de un universo de conocimiento mucho más amplio que el de una simple historia de grandes descubrimientos.

Fernández de Navarrete contribuyó decisivamente a hacer visible una parte de ese universo. Su colección permitió recuperar voces y documentos que podían haber permanecido dispersos o resultar inaccesibles para investigadores posteriores. Pero precisamente porque su intervención fue tan influyente, también debe ser estudiada críticamente. Su archivo no es una ventana transparente hacia el pasado. Es una construcción historiográfica que organiza, jerarquiza y relaciona documentos conforme a unas preguntas concretas.


La importancia de una ciudad que no debe convertirse en mito


Esta consideración permite volver a la idea inicial de la ciudad española que habría conservado durante siglos documentos capaces de transformar nuestra percepción de la ciencia española. La formulación resulta atractiva, pero puede conducir a una imagen falsa. No fue una ciudad aislada la protagonista de la historia. Fue una red de archivos de la Monarquía, bibliotecas, colecciones privadas e instituciones navales. Y tampoco se trató de un descubrimiento repentino de documentos secretos, sino de un proceso prolongado de localización, copia, clasificación y reinterpretación.

La verdadera historia resulta, en cierto sentido, más interesante. Un joven oficial de la Armada recorrió repositorios documentales en una época en que España intentaba reorganizar sus instituciones científicas y navales. Buscó testimonios capaces de demostrar la existencia de una tradición científica y técnica. Encontró miles de documentos y construyó con ellos una colección que posteriormente sería utilizada para escribir la historia de los viajes, la navegación y la ciencia española.

La paradoja es que la operación destinada a recuperar una memoria olvidada también creó una nueva forma de olvidar. Al privilegiar determinados documentos, produjo una imagen específica de la ciencia española. Las prácticas matemáticas y astronómicas relacionadas con la navegación adquirieron una visibilidad excepcional, mientras otras formas de conocimiento quedaron menos representadas. El resultado no debe considerarse un fracaso; debe entenderse como una fuente histórica que exige interpretación crítica.


Conclusión: cuando descubrir un archivo significa descubrir cómo se construye la historia


El episodio de Martín Fernández de Navarrete posee una importancia que supera ampliamente la biografía de un marino ilustrado. Su verdadera trascendencia se encuentra en la relación entre documento, institución y memoria histórica. A finales del siglo XVIII, la Monarquía española intentó localizar pruebas de una tradición científica que consideraba insuficientemente reconocida. Para ello movilizó recursos, investigadores y copistas y abrió el acceso a numerosos archivos. La operación produjo una de las colecciones documentales más importantes para el estudio de la navegación y las expediciones españolas.

Sin embargo, la mayor lección historiográfica no consiste simplemente en afirmar que España poseía ciencia antes de que Navarrete la encontrara. Esa formulación todavía dependería de una concepción demasiado lineal del progreso histórico. La cuestión más profunda es comprender cómo una sociedad selecciona determinados fragmentos de su pasado para construir una narrativa sobre sí misma. El archivo de Navarrete demuestra que la memoria científica no se conserva de manera automática: se organiza, se clasifica, se copia y se interpreta.

Su obra también obliga a reconsiderar qué significa hablar de ciencia en la España moderna. La navegación astronómica, la cartografía, la cosmografía y las expediciones de exploración constituyeron importantes espacios de producción de conocimiento, pero no agotaron la actividad científica española. La investigación posterior debe situar esos ámbitos junto a la medicina, la historia natural, la filosofía natural, las matemáticas, la ingeniería y otras prácticas de conocimiento. Solo así puede evitarse tanto la descalificación histórica como la exaltación nacionalista.

El legado de Fernández de Navarrete es, por tanto, doble. Por un lado, preservó y puso en circulación una enorme cantidad de documentación cuya pérdida habría dificultado considerablemente el estudio de la historia marítima española. Por otro, creó una colección cuya propia estructura condicionó durante generaciones la manera de investigar el pasado. Esta segunda dimensión es particularmente relevante para la historiografía contemporánea porque demuestra que incluso una fuente extraordinariamente valiosa debe ser sometida a crítica contextual.

La gran enseñanza del episodio puede formularse de manera sencilla: los archivos no solamente conservan la historia; también participan en su construcción. Lo que se conserva, lo que se copia, lo que se clasifica y lo que se publica determina parcialmente aquello que generaciones posteriores podrán conocer. La investigación de Fernández de Navarrete permitió iluminar una parte considerable de la ciencia y la tecnología marítima españolas, pero también dejó visible el problema de todo archivo: detrás de lo que aparece existe siempre una historia de selección.

Por ello, la búsqueda de una ciencia española olvidada no debería terminar con la celebración de los documentos encontrados. Debe continuar con una investigación crítica sobre los documentos que quedaron fuera, los archivos que no fueron consultados, las prácticas científicas que no encajaban en el proyecto y las formas de conocimiento que no fueron consideradas suficientemente relevantes. Solo mediante esa segunda búsqueda puede reconstruirse una historia menos dependiente de los criterios de quienes organizaron los primeros grandes repertorios documentales.

Fernández de Navarrete no descubrió una ciencia española que hubiera permanecido completamente invisible hasta el siglo XVIII. Hizo algo históricamente más concreto y, al mismo tiempo, más trascendente: reunió pruebas dispersas, las organizó según un programa intelectual determinado y las convirtió en materia prima para una nueva historiografía. Su legado demuestra que la ciencia también posee una historia documental y que esa historia puede ser tan compleja como la de los propios descubrimientos.

En última instancia, la importancia de esta empresa reside en haber transformado fragmentos dispersos del pasado en un corpus susceptible de investigación sistemática. Pero el verdadero aporte interpretativo aparece cuando comprendemos que aquel corpus no constituye la totalidad de la ciencia española, sino una representación históricamente construida de ella. Estudiarlo hoy exige conservar simultáneamente dos ideas: que los documentos recuperados poseen un extraordinario valor histórico y que su selección nunca fue neutral.

La historia de la ciencia española se vuelve así mucho más interesante cuando deja de plantearse como una competición entre naciones y comienza a entenderse como una investigación sobre instituciones, prácticas, circulación del conocimiento, archivos y memoria. Fernández de Navarrete ocupa un lugar central en esa transición. Su inmensa labor documental no solo rescató testimonios del pasado marítimo español; también dejó a los historiadores una advertencia metodológica de enorme actualidad: antes de preguntar qué nos dice un archivo, conviene preguntar por qué ese archivo llegó a ser exactamente lo que es.


Referencias

Cáseda Teresa, J. F. (2000). Martín Fernández de Navarrete y la literatura de su tiempo. Instituto de Estudios Riojanos.

Higueras Rodríguez, M. D. (1995). La colección Fernández de Navarrete del Museo Naval. Cuadernos Monográficos del Instituto de Historia y Cultura Naval, 24, 35–60.

Instituto de Historia y Cultura Naval. (1995). Martín Fernández de Navarrete. El marino historiador (1765–1844). Instituto de Historia y Cultura Naval.

Portuondo, M. M. (2016). Finding “Science” in the Archives of the Spanish Monarchy. Isis, 107(1), 95–105. https://doi.org/10.1086/686257

Seco Serrano, C. (Ed.). (1954). Obras de D. Martín Fernández de Navarrete (Vol. 75). Atlas.


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