Entre el cuerpo que habitamos y la conciencia que nos permite pensar, existe un misterio que atraviesa toda la filosofía: ¿quién es ese «yo» que habla, decide y reconoce sus propios pensamientos? Béatrice Longuenesse retoma esta pregunta a través de Kant, Sartre y Freud, y explora la relación entre identidad, autoconciencia y responsabilidad. ¿Somos únicamente organismos que se reconocen en el mundo o agentes capaces de comprenderse a sí mismos? ¿Qué revela nuestra conciencia sobre quiénes somos?


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¿Quién habla cuando decimos «yo»? Béatrice Longuenesse entre Kant, Sartre y Freud


Pocas palabras parecen tan transparentes como el pronombre «yo». Lo usamos millones de veces al día sin dificultad, y nadie se detiene a preguntarse a qué se refiere exactamente cuando lo pronunciamos. Sin embargo, la filosofía de la mente y del lenguaje del último siglo ha mostrado que esa transparencia es engañosa. Béatrice Longuenesse, una de las figuras más destacadas entre los kantianos vivos, ha dedicado buena parte de su obra más reciente a esta cuestión. Su pregunta, en el fondo, es quién habla realmente cuando un sujeto dice «yo»: un organismo corporal situado en el espacio, un agente que se reconoce como responsable de sus pensamientos, o una instancia que no se deja reducir a ninguno de los dos.


Un pronombre que parece transparente


La cuestión tiene raíces antiguas, pero su formulación contemporánea se debe en gran medida a la filosofía analítica. Durante buena parte del siglo XX se impuso la idea de que «yo» funciona como un indexical: su referencia depende de quién lo pronuncia y en qué circunstancia. Esa explicación es útil, pero deja sin resolver una cuestión más incómoda, la de por qué el hablante tiene una forma de acceso privilegiado a sí mismo que no parece reducible a la identificación de un objeto entre otros.

Longuenesse parte de esta tensión y la lleva hacia atrás en el tiempo. Su libro I, Me, Mine: Back to Kant, and Back Again, publicado por Oxford University Press en 2017, comienza con los análisis contemporáneos del uso de «yo» en el lenguaje y el pensamiento, y los compara con la teoría kantiana de la autoconciencia, especialmente con la proposición «yo pienso». La tesis de trasfondo es que nuestra autoconciencia y nuestros usos de «yo» descansan sobre dos tipos bastante diferentes de autoconciencia: la conciencia de uno mismo como entidad corporal y la conciencia de uno mismo como agente que da unidad a la propia vida mental. Esta distinción organiza todo el libro, y es la clave para entender su planteamiento.


Dos clases de autoconciencia


La hipótesis de trabajo de Longuenesse tiene un alcance considerable. Según muchos filósofos contemporáneos, todo uso de «yo» está necesariamente respaldado por la conciencia que tenemos de nuestro propio cuerpo. Para Kant, en cambio, el «yo pienso» expresa algo distinto: la conciencia de estar empeñados en introducir unidad racional en los contenidos de nuestros estados mentales. La oposición no es meramente terminológica. Pone en juego qué entendemos por sujeto, y si la primera persona puede pensarse sin referencia a un cuerpo.

Conviene ser prudentes con la forma en que se presenta esta tesis. Se trata de una interpretación con consecuencias filosóficas amplias, y no de un consenso establecido. Los propios comentaristas de Kant han discutido durante décadas si la unidad del «yo pienso» debe entenderse como una condición lógica del juicio, como una condición trascendental de la experiencia o como algo que solo se hace accesible en la práctica del razonamiento. Longuenesse toma posición en esa discusión, pero su apuesta es más ambiciosa: quiere mostrar que la teoría kantiana de la autoconciencia puede dialogar con la filosofía de la mente actual sin reducirse a una curiosidad histórica.


Kant y el «yo pienso»


El punto de partida kantiano está en la Crítica de la razón pura, donde se afirma que el «yo pienso» debe poder acompañar a todas mis representaciones. Esta condición no describe un objeto que yo pudiera observar en mi interior; es la forma de unidad que hace posible que mis representaciones pertenezcan a una misma conciencia. Kant insiste en que el «yo» de esta proposición no nos da ningún conocimiento de un alma sustancial. Su crítica a la psicología racional, que pretendía derivar de la conciencia de sí la existencia de una sustancia simple e inmortal, es precisamente lo que él llama los paralogismos.

Longuenesse presta atención a esta crítica, pero también a lo que Kant considera su aportación positiva. La parte II de su libro se ocupa del papel del «yo» en el «yo pienso», de la crítica al concepto racionalista de alma y de la identidad de las personas. La lectura de Longuenesse insiste en que la autoconciencia kantiana no es una percepción de nuestra interioridad, sino una conciencia de nuestra actividad intelectual y de la responsabilidad que tenemos sobre la unidad de lo que pensamos. Esta lectura tiene una consecuencia decisiva: el «yo» de Kant no coincide con el cuerpo, ni tampoco con un yo empírico que se observa a sí mismo.


Sartre: la conciencia no tética


El segundo interlocutor de este diálogo es Jean-Paul Sartre, que parece muy alejado de Kant. Sartre, en L’Être et le néant (1943) y en el ensayo previo La transcendance de l’Ego (1936-1937), distingue entre la conciencia posicional, que se dirige a objetos, y una conciencia no posicional o no tética que acompaña todo acto consciente sin convertirse en objeto de sí misma. Cuando pienso algo, no necesito observarme pensándolo para saber que lo pienso; esa autoconciencia es inmediata y no mediada por la observación.

La Howison Lecture que Longuenesse pronunció en noviembre de 2023 se apoya precisamente en este paralelo. Allí examina el análisis que Elizabeth Anscombe hizo del uso de la primera persona y su relación con la autoconciencia, y sostiene que la posición de Anscombe recibe un apoyo inesperado de la descripción fenomenológica de Sartre. Según Anscombe, el conocimiento que tenemos de nuestras acciones y estados no es observacional ni inferencial, sino una concepción no mediada de lo que hacemos. Longuenesse muestra que esa idea se parece mucho a lo que Sartre llama autoconciencia no tética. El resultado es una convergencia entre dos tradiciones que suelen mantenerse separadas: la filosofía analítica del lenguaje, de la que procede Anscombe, y la fenomenología francesa.

Esta convergencia tiene interés histórico, porque Anscombe y Sartre rara vez se leen juntos. Su confrontación obliga a repensar la oposición entre «yo como cuerpo» y «yo como agente» que estructura todo el libro. Si la autoconciencia no tética de Sartre y la autoconciencia no mediada de Anscombe son correctas, entonces el «yo» no se reduce a la percepción de un cuerpo, sino que incluye una forma de presencia a sí mismo que acompaña a la acción.


Freud: ego y superyó como vía de naturalización


La parte más audaz y más discutible de la propuesta de Longuenesse es la tercera. Su tesis es que la metapsicología freudiana ofrece un camino para naturalizar la visión trascendental que Kant tenía de la mente. El problema que Kant se planteaba era cómo dar cuenta de las capacidades normativas que fundamentan nuestro uso del «yo» sin recurrir a un mundo de inteligencias puras, distintas del mundo natural de los cuerpos físicos. Freud, en Das Ich und das Es (1923), describió la organización del aparato psíquico en términos de ello, yo y superyó, y en esa descripción Longuenesse encuentra un modelo evolutivo de las capacidades normativas que sostienen el «yo» kantiano.

El argumento tiene una estructura interesante. Kant pensaba que el «yo pienso» y el «yo debo» de la moral requieren una fuente que no puede explicarse por la mera experiencia. Freud, por su parte, muestra cómo el yo y el superyó se forman a partir de procesos de identificación y de internalización de normas, y no como una facultad innata. Longuenesse sostiene que esta génesis puede leerse como una explicación de las capacidades que Kant consideraba trascendentales, sin reducirlas a simples hechos biológicos. En este sentido, Freud funcionaría como un puente entre la intuición kantiana y una psicología que se presenta como naturalista.

Aquí conviene señalar un punto de discusión. Que Freud pueda cumplir ese papel es una hipótesis, no una conclusión establecida. Muchos lectores se preguntarán si la metapsicología freudiana, con su estatus epistemológico controvertido, puede sostener la carga filosófica que Longuenesse le atribuye. La objeción no es menor: la teoría freudiana del yo y el superyó ha sido criticada tanto por su falta de contrastación empírica como por su carácter especulativo. La respuesta de Longuenesse consiste en leer a Freud menos como una teoría científica cerrada que como una descripción de estructuras de la vida mental. Esa lectura es coherente, pero no elimina la tensión.


Recepción y debates


El libro se ha leído sobre todo en el ámbito de la filosofía de la mente y de los estudios kantianos, y ha generado discusión, aunque su recepción no ha sido homogénea. Algunos lectores lo consideran una de las contribuciones más serias a la relación entre Kant y la filosofía contemporánea del yo. Otros piensan que la distinción entre autoconciencia corporal y autoconciencia como agente es demasiado nítida, y que la experiencia del cuerpo ya incluye elementos de agencia que hacen difícil separar ambas dimensiones.

El contexto de la obra de Longuenesse ayuda a entender su posición. Su trayectoria comenzó con estudios sobre la teoría kantiana del juicio. Su tesis doctoral, publicada en París en 1993 como Kant et le pouvoir de juger, examinaba la relación entre sensibilidad y discursividad en la Analítica trascendental de la Crítica de la razón pura. Esa obra, traducida después al inglés como Kant and the Capacity to Judge, la situó como una de las voces más influyentes en la interpretación de la teoría kantiana del juicio. Su libro de 2005, Kant on the Human Standpoint, recogió respuestas a las discusiones que había suscitado la obra anterior. I, Me, Mine puede leerse como la extensión de esa línea de investigación hacia un terreno que antes había quedado más en segundo plano: la teoría de la primera persona.

Conviene recordar también que el tema del «yo» no es exclusivo de la filosofía analítica ni de la tradición kantiana. La discusión sobre la autoconciencia ha ocupado a fenomenólogos, psicólogos y filósofos del lenguaje, y cada tradición ha propuesto una explicación distinta del acceso que tenemos a nosotros mismos. Longuenesse no pretende cerrar ese debate, sino mostrar que la tradición kantiana tiene algo que decir en él, y que la distinción entre el yo corporal y el yo agente puede iluminar problemas que siguen abiertos.


Conclusión


La pregunta del título, ¿quién habla cuando decimos «yo»?, no tiene una respuesta única en el pensamiento de Longuenesse. Hay al menos dos hablantes posibles: el organismo corporal que se sitúa en el mundo y el agente que se reconoce como responsable de la unidad de sus pensamientos y acciones. La aportación del libro consiste en mostrar que ambos son necesarios para entender el uso de la primera persona, y que la tradición kantiana, leída a la luz de Sartre, Anscombe y Freud, ofrece herramientas para pensar esa relación sin reducir una dimensión a la otra.

Lo que la obra permite comprender, en última instancia, es algo sobre la condición humana: el sujeto no se conoce solo como objeto entre objetos, sino también como alguien que piensa y decide. Esa dimensión, que Kant llamó unidad de la conciencia y que Sartre describió como conciencia no posicional, sigue siendo uno de los problemas más difíciles de la filosofía. Que Longuenesse la vuelva a poner en el centro, con rigor y con una propuesta audaz, explica el interés que ha despertado su trabajo y la necesidad de seguir discutiéndolo.


Bibliografía

Anscombe, G. E. M. (1975). The first person. En S. Guttenplan (Ed.), Mind and Language. Oxford: Clarendon Press.

Freud, S. (1923). Das Ich und das Es. En Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu editores.

Kant, I. (1781/1787). Crítica de la razón pura (ed. de la Academia, vols. III y IV, Kant’s gesammelte Schriften).

Longuenesse, B. (1993). Kant et le pouvoir de juger: sensibilité et discursivité dans l’Analytique transcendantale de la «Critique de la raison pure». París.

Longuenesse, B. (1998). Kant and the Capacity to Judge: Sensibility and Discursivity in the Transcendental Analytic of the Critique of Pure Reason (trad. C. T. Wolfe). Princeton: Princeton University Press.

Longuenesse, B. (2005). Kant on the Human Standpoint. Cambridge: Cambridge University Press.

Longuenesse, B. (2017). I, Me, Mine: Back to Kant, and Back Again. Oxford: Oxford University Press.

Longuenesse, B. (2023). Self-Consciousness and «I»: Anscombe and Sartre in Dialogue. Howison Lecture, Universidad de California, Berkeley, 8 de noviembre de 2023.

Sartre, J.-P. (1936-1937). La transcendance de l’Ego. Recherches philosophiques, 6.

Sartre, J.-P. (1943). L’Être et le néant. París: Gallimard.


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