Entre las paredes de una cueva de Somerset quedaron hace 14.700 años las huellas de una práctica que todavía desconcierta a la arqueología: seres humanos cuyos cuerpos fueron desmembrados, consumidos y transformados, mientras tres cráneos se convertían deliberadamente en recipientes. ¿Qué significado tenía para aquellos cazadores tratar así a sus muertos? ¿Por qué convertir una cabeza humana en un vaso?
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Los cazadores de la cueva de Gough: canibalismo, ritual y los vasos hechos con cráneos humanos
Entre las paredes de una cueva de piedra caliza de Somerset, en el suroeste de Inglaterra, quedaron atrapados durante casi quince mil años los restos de una práctica que todavía resulta difícil de comprender. Los protagonistas fueron grupos de cazadores-recolectores magdalenienses que ocuparon Gough’s Cave hace unos 14.700 años, durante una etapa de grandes cambios climáticos al final de la última Edad de Hielo. Allí dejaron herramientas, huesos de animales, restos humanos y algunos de los objetos más inquietantes conocidos de la Europa paleolítica: tres cráneos humanos transformados deliberadamente en recipientes.
No estamos ante una leyenda sobre hombres prehistóricos convertidos en monstruos. Tampoco ante una escena reconstruida libremente a partir de unos pocos huesos. Gough’s Cave conserva evidencias arqueológicas extraordinariamente detalladas de cómo determinadas personas fueron tratadas después de morir. Las marcas de corte, las fracturas producidas por percusión, las huellas de mordeduras humanas y la transformación de algunos cráneos permiten reconstruir una secuencia de acciones con una precisión excepcional para un periodo tan remoto.
Y, sin embargo, existe un límite que la arqueología no puede atravesar. Podemos saber bastante sobre lo que hicieron con los cuerpos. Podemos estudiar cuándo ocurrió y cómo se modificaron los huesos. Podemos incluso formular hipótesis razonables sobre el significado de aquellas prácticas. Pero no conocemos las palabras que pronunciaron, las creencias exactas que las justificaban ni la identidad personal de quienes participaron en ellas.
Precisamente ahí comienza el verdadero misterio de Gough.
Una población que llegó a una Gran Bretaña todavía fría
Los habitantes de Gough’s Cave pertenecían a la cultura magdaleniense, una tradición arqueológica del Paleolítico superior asociada a grupos de cazadores-recolectores que ocuparon amplias regiones de Europa occidental durante las últimas fases de la Edad de Hielo.
Durante mucho tiempo se pensó que los grupos humanos que dejaron los restos de Gough habían llegado a Gran Bretaña después de que el clima comenzara a mejorar. Las dataciones radiocarbónicas más precisas modificaron esa imagen. Los individuos de Gough vivieron aproximadamente hace 14.700 años, cuando el territorio británico todavía estaba experimentando condiciones frías y la gran transformación ambiental del Interestadio Tardiglacial apenas comenzaba.
Esto es importante porque nos sitúa ante una población que habitaba un paisaje en plena transición.
El hielo retrocedía, los ecosistemas cambiaban y las poblaciones animales se desplazaban. Los cazadores seguían los recursos disponibles y utilizaban distintos lugares del territorio de manera probablemente estacional. Las investigaciones sobre Gough indican que la ocupación magdaleniense de la cueva pudo concentrarse en un periodo relativamente corto, quizá de solamente dos o tres generaciones humanas.
No sabemos los nombres de aquellas personas. No podemos reconstruir sus árboles genealógicos ni narrar sus vidas individuales como haríamos con personajes históricos. Pero los huesos y objetos que dejaron permiten acercarnos a algunas de sus actividades cotidianas.
La cueva de los cazadores
Gough’s Cave se encuentra en Cheddar Gorge, en las colinas de Mendip, en Somerset. El lugar no fue simplemente un depósito de cadáveres. Los restos arqueológicos muestran actividad humana relacionada con la caza, el procesamiento de animales y la fabricación de instrumentos.
Los magdalenienses fabricaban herramientas de sílex y trabajaban también materias animales como hueso, asta y marfil. En la cueva aparecieron miles de artefactos líticos y objetos elaborados con materiales animales. Los restos de caballos son especialmente abundantes, aunque también aparecen otros animales como ciervos, liebres y aves.
Los huesos de animales presentan marcas producidas durante el descuartizamiento y la extracción de tejidos nutritivos. Algunos fueron fracturados para acceder al tuétano.
Esto proporciona un contexto esencial para interpretar los restos humanos.
Los habitantes de Gough conocían perfectamente cómo desmontar un cadáver animal, retirar la carne, separar las articulaciones y aprovechar el contenido nutritivo de los huesos. Esa misma competencia técnica aparece aplicada a los cuerpos humanos.
Y ahí es donde la historia adquiere una dimensión mucho más inquietante.
Los muertos también fueron tratados como cuerpos
Los restos humanos de Gough’s Cave no presentan simplemente señales producidas por el paso del tiempo o por animales carroñeros.
Las investigaciones han identificado numerosas marcas de corte producidas por herramientas de piedra. Algunas corresponden a la separación de tejidos blandos, la desarticulación y el procesamiento del cuerpo. También existen fracturas producidas deliberadamente y marcas relacionadas con la extracción de médula y grasa.
El conjunto es extraordinario porque las modificaciones observadas en los huesos humanos guardan semejanzas con las que aparecen en los restos de animales procesados en la misma cueva.
No se trata, por tanto, de un cadáver abandonado después de una muerte accidental.
Los cuerpos fueron manipulados.
Fueron desmembrados.
Sus tejidos fueron retirados.
Algunos huesos fueron fracturados.
Y existen evidencias de que determinadas partes fueron consumidas.
La investigación de los restos ha identificado un mínimo de seis individuos: un niño de aproximadamente tres años, dos adolescentes, al menos dos adultos y un adulto de mayor edad.
Ese dato resulta especialmente perturbador porque demuestra que la práctica no estuvo limitada a un único individuo excepcional.
¿Canibalismo por hambre?
Durante mucho tiempo, una de las preguntas fundamentales fue precisamente esa.
¿Aquellas personas estaban muriendo de hambre?
¿El consumo de carne humana fue una respuesta desesperada ante la escasez?
¿O se trataba de algo completamente distinto?
La arqueología no permite conocer directamente la intención de quienes realizaron aquellos actos. Pero el contexto proporciona pistas importantes.
En Gough’s Cave existe abundante evidencia de caza y consumo de animales. Los habitantes disponían de carne de caballo y de otros recursos animales. No parece necesario imaginar una situación extrema de hambruna para explicar el procesamiento de los cuerpos humanos.
Eso no demuestra por sí solo que el canibalismo fuera ritual. Pero hace menos convincente la explicación de que todo se debiera simplemente a la necesidad alimentaria.
Además, existe algo mucho más difícil de explicar mediante el hambre:
los cráneos fueron convertidos en recipientes.
Cómo se fabricaba un vaso con un cráneo humano
En 2011, Silvia Bello, Simon Parfitt y Chris Stringer publicaron un estudio dedicado específicamente a los cráneos modificados de Gough’s Cave.
Identificaron tres skull-cups, es decir, tres bóvedas craneales humanas transformadas deliberadamente en recipientes.
La secuencia de fabricación pudo reconstruirse a partir de las modificaciones existentes en los huesos.
Primero se eliminaban cuidadosamente los tejidos blandos. Las marcas de corte indican que fueron retirados elementos como labios, mejillas y lengua, y que también se accedió a los ojos. Después se eliminaban determinadas partes de la cara y la base del cráneo.
Finalmente, la bóveda craneal era modificada mediante fracturas controladas y retoques de los bordes.
El resultado era un recipiente.
No un cráneo roto accidentalmente.
No un cráneo abandonado después de extraer el cerebro.
Un objeto deliberadamente producido a partir de una cabeza humana.
Las dataciones directas situaron dos de estos recipientes alrededor de 14.700 años calibrados antes del presente, convirtiéndolos en los vasos craneales humanos directamente fechados más antiguos conocidos.
La transformación requería tiempo, habilidad y una intención concreta.
Si el objetivo hubiera sido simplemente obtener nutrientes del cerebro, destruir el cráneo habría sido mucho más sencillo.
La fabricación del recipiente introduce una segunda dimensión: el cuerpo humano estaba siendo transformado en un objeto.
El extraño destino de los muertos
Aquí aparece uno de los aspectos más importantes del caso.
Los investigadores no interpretan necesariamente el comportamiento de Gough como una simple comida.
La combinación de procesamiento corporal, consumo de tejidos, modificación de huesos y fabricación de recipientes craneales apunta hacia un tratamiento socialmente estructurado de los muertos. La pregunta es qué significaba exactamente.
Podría haber existido una concepción según la cual consumir parte del cuerpo de un fallecido constituía una manera de incorporar, conservar o transformar su relación con los vivos.
También podría haber tenido relación con la identidad del grupo, con la memoria de los muertos o con determinadas concepciones sobre el cuerpo.
Pero estas últimas interpretaciones deben mantenerse como hipótesis.
No conocemos el sistema religioso de los habitantes de Gough’s Cave.
No tenemos sus relatos mitológicos.
No sabemos qué significaban exactamente los recipientes.
La arqueología puede reconstruir la secuencia material de los acontecimientos; no puede inventar las palabras que les daban sentido.
Una prueba todavía más extraña: un hueso humano grabado
En 2017 apareció una nueva pieza del rompecabezas.
Los investigadores estudiaron un hueso humano del antebrazo que presentaba una serie de incisiones en zigzag. El análisis microscópico y tridimensional permitió establecer que las marcas no eran simples daños accidentales: constituían un grabado intencional.
Lo extraordinario no era solamente que alguien hubiera grabado un hueso humano.
Era la secuencia.
Los investigadores concluyeron que el hueso había sido primero procesado, después grabado y posteriormente fracturado para acceder a la médula. La posición y las características de las modificaciones permitieron proponer que el grabado formaba parte de la misma secuencia de tratamiento del cuerpo.
El hallazgo reforzó la interpretación de que el procesamiento de los cuerpos no obedecía únicamente a criterios nutricionales.
El hueso humano se había convertido también en soporte de una expresión gráfica.
La muerte, el consumo y la transformación simbólica del cuerpo parecen haber estado conectados.
Una práctica que quizá fue más amplia de lo que parecía
Durante años Gough’s Cave podía considerarse una anomalía extraordinaria.
Pero investigaciones posteriores cambiaron esa perspectiva.
En 2023, un estudio comparativo de restos humanos del Magdaleniense y de otras poblaciones del Paleolítico superior del noroeste europeo identificó evidencias de canibalismo en varios yacimientos. Los investigadores propusieron que el consumo de los muertos pudo formar parte de determinadas prácticas funerarias de grupos magdalenienses de esa región y época.
El estudio examinó 59 yacimientos con restos humanos. Trece presentaban evidencias compatibles con canibalismo, mientras que otros mostraban enterramientos. Los investigadores observaron además una asociación entre determinadas prácticas funerarias y distintos grupos genéticos.
Esto modifica profundamente la interpretación de Gough.
Tal vez aquellos habitantes de Somerset no fueron un pequeño grupo aislado que desarrolló una costumbre monstruosa por circunstancias excepcionales.
Es posible que formaran parte de una tradición funeraria más amplia existente durante un periodo determinado entre grupos magdalenienses del noroeste europeo.
Eso no significa que todos los magdalenienses fueran caníbales.
Significa algo mucho más interesante: en determinados grupos y durante un periodo concreto, consumir partes de los muertos pudo constituir una manera culturalmente aceptada de tratar el cadáver.
Dos maneras radicalmente diferentes de tratar a los muertos
La arqueología del final de la Edad de Hielo muestra que no existía una única respuesta humana ante la muerte.
Algunas comunidades enterraban a sus muertos.
Otras pudieron practicar cremaciones.
Y determinados grupos magdalenienses parecen haber desarrollado prácticas en las que el cuerpo era desmembrado, consumido y transformado.
Desde nuestra perspectiva moderna, estas prácticas parecen estremecedoras.
Pero convertirlas simplemente en una historia de “salvajes que comían personas” sería perder precisamente lo más interesante del descubrimiento.
Un cadáver nunca es únicamente materia biológica.
En todas las sociedades humanas conocidas, la manera de tratar a los muertos expresa ideas sobre la persona, el cuerpo, la memoria, la pertenencia y la relación entre vivos y fallecidos.
En Gough’s Cave, esas ideas fueron escritas sobre hueso.
Una sociedad que desapareció, pero dejó una huella extraordinaria
La ocupación magdaleniense de Gough’s Cave parece haber sido relativamente breve. Los datos disponibles apuntan a una utilización estacional durante un periodo que pudo abarcar solamente unas pocas generaciones.
Después, aquellas personas desaparecieron del registro de la cueva.
No sabemos exactamente por qué.
No podemos seguir la vida de cada individuo ni saber dónde terminaron sus descendientes.
Pero sus objetos permanecieron.
Sus herramientas quedaron enterradas.
Los huesos de los animales conservaron las marcas de los instrumentos que los procesaron.
Los huesos humanos conservaron las huellas de los cortes.
Y tres bóvedas craneales conservaron algo todavía más extraordinario: la evidencia física de que una sociedad paleolítica convirtió cabezas humanas en recipientes.
Miles de años después, esos objetos permiten reconstruir una secuencia que de otro modo habría desaparecido por completo.
La verdadera biografía está escrita en los huesos
La palabra “biografía” puede resultar problemática cuando hablamos de personas de las que no conocemos ni el nombre.
No podemos escribir la historia personal de aquellos cazadores como escribiríamos la vida de un personaje histórico.
Pero sí podemos construir una biografía arqueológica colectiva.
Sabemos aproximadamente cuándo vivieron.
Sabemos que pertenecieron al mundo magdaleniense.
Sabemos que cazaban y procesaban animales.
Sabemos que fabricaban herramientas.
Sabemos que ocuparon Gough’s Cave durante un periodo relativamente breve.
Sabemos que trataron los cadáveres humanos mediante una secuencia deliberada de desmembramiento y extracción de tejidos.
Sabemos que algunos restos fueron consumidos.
Sabemos que tres cráneos fueron transformados en recipientes.
Sabemos que al menos un hueso humano fue grabado.
Y sabemos que estas prácticas no pueden reducirse fácilmente a una respuesta desesperada ante la falta de alimentos.
Lo que no sabemos es quizá todavía más fascinante.
No conocemos exactamente qué pensaban cuando miraban aquellos cuerpos.
No sabemos quiénes eran los muertos para quienes los procesaban.
No sabemos qué representaba beber o comer utilizando una bóveda craneal.
No sabemos qué significaban los zigzags grabados en el hueso.
No sabemos si aquellos actos estaban relacionados con el recuerdo, la pertenencia, la transformación espiritual, la muerte o alguna concepción del cuerpo que se perdió para siempre.
La piedra conservó las acciones.
La cultura que les daba significado desapareció.
Un espejo de nuestra propia idea de la muerte
Gough’s Cave resulta perturbadora porque obliga a enfrentarnos a una posibilidad incómoda: la humanidad no ha tenido nunca una única manera de relacionarse con sus muertos.
Enterrar, cremar, momificar, conservar restos, trasladar huesos o consumir partes del cuerpo pueden parecer prácticas radicalmente diferentes. Sin embargo, todas pueden formar parte de sistemas culturales destinados a resolver el mismo problema fundamental: qué hacer con alguien que ha dejado de vivir.
Los habitantes de Gough’s Cave encontraron una respuesta que para nosotros resulta difícil de aceptar.
No por ello deja de ser humana.
Sus acciones muestran planificación, habilidad técnica, conocimiento anatómico y posiblemente simbolismo. No fueron actos caóticos ejecutados al azar. La fabricación de los skull-cups requirió una secuencia cuidadosamente controlada de operaciones.
Por eso, quizá la imagen más apropiada de aquellos cazadores no sea la de monstruos prehistóricos.
Es la de seres humanos que vivieron en un mundo radicalmente diferente al nuestro y que desarrollaron una manera radicalmente diferente de enfrentarse a la muerte.
El legado de Gough’s Cave
Hoy Gough’s Cave ocupa un lugar excepcional en la arqueología del Paleolítico europeo.
Sus restos han permitido estudiar no solamente el canibalismo, sino también las técnicas de carnicería, la modificación intencional de huesos, la fabricación de objetos a partir de restos humanos, las prácticas funerarias y la conducta simbólica de los cazadores-recolectores del final de la Edad de Hielo.
La investigación continúa utilizando métodos microscópicos y tridimensionales para estudiar las marcas producidas sobre los huesos y distinguir diferentes procesos de modificación.
Y cada nueva investigación hace que la historia resulte menos fantástica y, al mismo tiempo, más extraña.
Porque el descubrimiento no demuestra simplemente que algunas personas del Paleolítico comieron a sus muertos.
Demuestra que la muerte podía desencadenar una compleja cadena de acciones: cortar, separar, consumir, grabar, fracturar, transformar y conservar.
Los cuerpos no fueron solamente eliminados.
Fueron tratados.
Fueron convertidos.
Y, en algunos casos, una parte de ellos sobrevivió como objeto.
Epílogo: los vasos que sobrevivieron a quienes los hicieron
Hace aproximadamente 14.700 años, tres personas murieron y sus cuerpos terminaron sometidos a un tratamiento que hoy nos resulta estremecedor. Las manos que trabajaron sus cráneos desaparecieron hace muchísimo tiempo. Los cazadores que habitaron la cueva dejaron de existir. Sus palabras, sus canciones, sus nombres y sus explicaciones se perdieron.
Pero la piedra conservó las huellas de sus actos.
Tres bóvedas craneales transformadas en recipientes atravesaron milenios sin que nadie supiera inicialmente qué historia escondían.
Ahora podemos leer parte de esa historia.
No podemos saber qué significaban aquellos vasos para quienes los fabricaron. Pero sí podemos afirmar que no fueron producto del azar. Fueron realizados deliberadamente y constituyen los vasos craneales humanos directamente fechados más antiguos conocidos.
Y quizá esa sea la lección más profunda de Gough’s Cave.
La prehistoria no está llena solamente de herramientas, animales extinguidos y huesos.
También está llena de decisiones humanas.
Decisiones sobre cómo vivir.
Cómo cazar.
Cómo recordar.
Cómo transformar el cuerpo.
Y, sobre todo, cómo enfrentarse a la muerte.
Los habitantes de Gough’s Cave escogieron una respuesta que hoy nos resulta incomprensible.
Pero precisamente porque fue incomprensible para nosotros y, al mismo tiempo, cuidadosamente ejecutada por ellos, sus vasos hechos de cráneos humanos siguen siendo uno de los testimonios más perturbadores y fascinantes de la imaginación ritual del Paleolítico europeo.
Fuentes principales
- Bello, S. M., Parfitt, S. A. & Stringer, C. B. (2011). “Earliest Directly-Dated Human Skull-Cups.” PLOS ONE, 6(2), e17026.
- Bello, S. M., Wallduck, R., Parfitt, S. A. & Stringer, C. B. (2017). “An Upper Palaeolithic engraved human bone associated with ritualistic cannibalism.” PLOS ONE, 12(8), e0182127.
- Investigación del Natural History Museum sobre las prácticas de canibalismo y tratamiento funerario en Gough’s Cave.
- Investigación sobre la ocupación magdaleniense y la fabricación de herramientas en Gough’s Cave.
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