Entre la memoria de las injusticias y la esperanza de una convivencia renovada, Daesoon Jinrihoe propone una visión en la que sanar los agravios constituye una condición para restaurar el equilibrio social y espiritual. Su doctrina del haewon sangsaeng vincula la reparación del sufrimiento con la prosperidad mutua y la transformación de las relaciones humanas. ¿Puede existir reconciliación sin reconocer el daño? ¿Es posible construir un futuro compartido sin reparar las heridas del pasado?


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Daesoon Jinrihoe: sanar agravios para construir convivencia


El movimiento Daesoon Jinrihoe, surgido en Corea a partir de la tradición religiosa asociada a Kang Jeungsan (강증산, 1871-1909), plantea una pregunta que excede lo confesional: ¿puede una sociedad construir convivencia sin resolver previamente los agravios acumulados por sus miembros? Este ensayo sostiene que la cosmología de Daesoon, articulada en torno a la noción de haewon sangsaeng (해원상생, “resolución de agravios y prosperidad mutua”), formula una tesis sociológica de notable alcance: el agravio no es un recuerdo privado, sino una fuerza histórica que obstruye el orden social, y su reparación constituye una condición de posibilidad de la convivencia.

La problematización de este planteamiento exige precisar el concepto de agravio. En la tradición coreana, el término won (원, 冤) designa una injusticia no reparada que retiene a la persona, viva o muerta, en un estado de tensión irresuelta. La palabra no equivale a simple resentimiento psicológico, pues implica una dimensión cósmica: el agravio perturba el equilibrio entre el mundo visible y el invisible. Su estudio requiere, por tanto, herramientas que integren la historia de las mentalidades, la antropología religiosa y la teoría de la memoria colectiva.

El marco teórico parte de tres coordenadas. La primera procede de Maurice Halbwachs, quien en Los marcos sociales de la memoria (1925) sostuvo que el recuerdo se construye siempre dentro de grupos concretos. La segunda deriva de Jan Assmann, cuya distinción entre memoria comunicativa y memoria cultural permite entender por qué ciertos agravios sobreviven durante generaciones en forma de relato ritualizado. La tercera procede de Victor Turner, cuyo concepto de proceso ritual como tránsito de la ruptura a la reintegración social ofrece una clave interpretativa para el haewon como práctica de reconciliación.

El debate historiográfico sobre los nuevos movimientos religiosos coreanos ofrece un punto de partida útil. James Huntley Grayson, en Korea: A Religious History (2002), sitúa estos movimientos dentro de una larga secuencia de respuestas religiosas a la crisis política y colonial, y subraya la capacidad de la religiosidad popular para reinterpretar el poder. Esta lectura contrasta con las interpretaciones que, desde perspectivas confesionales o modernizadoras, tendieron a presentar tales movimientos como desviaciones sincréticas o como residuos premodernos de una sociedad en transición.

La crítica a esta última tradición interpretativa es fundamental. Leer Daesoon exclusivamente como expresión de sincretismo supone aceptar una jerarquía implícita entre religión “pura” y religión “mezclada”, jerarquía que la propia historia de las religiones ha revisado. El sincretismo no es una degeneración, sino un procedimiento de producción de sentido en contextos de desposesión. Desde esta perspectiva, la doctrina del haewon debe leerse como respuesta situada a la experiencia de un pueblo atravesado por la ocupación, la guerra y la división.

La contextualización histórica resulta decisiva. Corea vivió entre 1910 y 1945 bajo dominio colonial japonés, sufrió después la división del territorio, la guerra de 1950-1953 y décadas de transformaciones aceleradas. Cada una de estas fracturas produjo víctimas cuyo sufrimiento permaneció sin reconocimiento público. En ese horizonte, la promesa de reparación de los agravios, presente en el discurso de Kang Jeungsan y reelaborada por las comunidades que se reclaman de su legado, adquiere una densidad política que no puede separarse de su dimensión religiosa.

El concepto de cheonji gongsa (천지공사, “reordenación de cielo y tierra”) constituye otro eje analítico. Según la narrativa de la tradición, Kang Jeungsan emprendió una labor de reordenamiento cósmico destinada a liberar a los espíritus de los agraviados y a instaurar una nueva época de equilibrio. Esta concepción conecta la temporalidad religiosa con la temporalidad histórica: el orden futuro depende de la reparación del pasado, y la reparación del pasado exige un trabajo ritual y ético en el presente.

Desde el punto de vista estructural, el haewon opera mediante una secuencia reconocible. Primero se identifica el agravio y se reconoce su origen. Después se practica una forma de ritual que restituye la dignidad a la víctima, ya sea humana o espiritual. Por último se produce una reintegración social que hace posible la convivencia. Esta secuencia recuerda la estructura de la justicia restaurativa tal como ha sido formulada en la teoría contemporánea, aunque se inscribe en un marco cosmológico que la hace irreductible a una simple analogía jurídica.

La noción de sangsaeng (상생, “prosperidad mutua”) completa el movimiento conceptual. El agravio no se resuelve mediante la anulación del otro, sino mediante la creación de una relación en la que ambas partes encuentran beneficio. Esta idea desplaza la lógica del vencedor y el vencido hacia una lógica de reciprocidad. Su alcance es considerable: plantea que la convivencia no es el resultado espontáneo de la coexistencia, sino un logro que requiere la transformación de las relaciones de poder que originaron la injusticia.

Un análisis crítico debe reconocer, sin embargo, las tensiones que esta doctrina contiene. La apelación a un orden cósmico puede derivar en una interpretación fatalista de la historia, en la que el sufrimiento aparece como parte de un plan trascendente que no admite cuestionamiento político. Del mismo modo, la insistencia en el reconocimiento de agravios pasados puede convertirse en una forma de sacralización del conflicto, que dificulte la reconciliación al mantener viva la memoria del daño en lugar de transformarla.

La pregunta sobre la relación entre religión y memoria política adquiere aquí su mayor relevancia. Eric Hobsbawm y Terence Ranger, en The Invention of Tradition (1983), mostraron que muchas tradiciones aparentemente antiguas son construcciones históricas orientadas a legitimar un presente. Aplicar esta perspectiva al haewon no implica negar su autenticidad religiosa, sino reconocer que la memoria de los agravios es siempre selectiva y que su uso depende de los intereses de quienes la administran.

Frente a esta objeción, conviene sostener que la fuerza del haewon reside precisamente en su capacidad para articular la memoria del sufrimiento con una aspiración de futuro. La tradición no se limita a conservar el recuerdo del agravio, sino que lo convierte en materia de transformación. En esa operación, la religión no aparece como refugio de la conciencia desgraciada, sino como lenguaje mediante el cual una comunidad elabora su experiencia histórica y le asigna sentido ético.

La convivencia, en este marco, no es un estado de armonía previa, sino un proceso permanentemente inacabado. Requiere reconocimiento recíproco, reparación material y simbólica, y disposición a revisar las narrativas que sostienen la identidad de los grupos. El haewon ofrece un vocabulario para pensar esa tarea, aunque su aplicación exige atender a las condiciones sociales concretas en que las personas viven y a las asimetrías que persisten en ellas.

La comparación con otros contextos postconflicto puede enriquecer el análisis. Las comisiones de verdad y reconciliación han demostrado que el reconocimiento público de los agravios constituye un paso decisivo para la reconstrucción de la vida en común. Sin embargo, estas experiencias también revelan los límites de la reparación cuando no va acompañada de cambios institucionales. La propuesta de Daesoon, leída con rigor, coincide en este punto: la sanación del agravio no puede reducirse a un acto íntimo, pues exige transformar las estructuras que lo produjeron.

Cabe concluir que la aportación más valiosa del Daesoon Jinrihoe para el estudio de la convivencia reside en su insistencia en vincular la dimensión espiritual con la dimensión histórica del sufrimiento. Su doctrina del haewon sangsaeng obliga a considerar que el perdón y la justicia no son alternativas excluyentes, sino momentos de un mismo proceso de reconstitución social. Esta tesis no resuelve por sí misma las tensiones del pasado, pero ofrece un marco interpretativo que permite pensar la reconciliación como tarea colectiva.

La síntesis crítica de este recorrido permite afirmar que el agravio, lejos de ser un residuo que debe olvidarse para que la sociedad avance, constituye una materia prima de la convivencia futura. Su reconocimiento, su elaboración ritual y su transformación en relaciones de reciprocidad son operaciones que exigen tanto la imaginación religiosa como el rigor político. El caso coreano muestra que la religión puede ser un lenguaje eficaz para este trabajo, siempre que no clausure la discusión sobre las causas históricas de la injusticia.


Referencias

Assmann, J. (2011). Cultural memory and early civilization: Writing, remembrance, and political imagination. Cambridge University Press.

Grayson, J. H. (2002). Korea: A religious history (Rev. ed.). RoutledgeCurzon.

Halbwachs, M. (1992). On collective memory (L. A. Coser, Ed. y trad.). University of Chicago Press. (Obra original publicada en 1925)

Hobsbawm, E., y Ranger, T. (Eds.). (1983). The invention of tradition. Cambridge University Press.

Turner, V. (1969). The ritual process: Structure and anti-structure. Aldine.


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