Entre las montañas del Kurdistán y las antiguas tierras de Mesopotamia, los qewlên yazidíes preservan una tradición religiosa transmitida mediante la voz, el ritmo y la memoria colectiva. Estos himnos sagrados revelan cómo una comunidad ha mantenido su identidad a través de persecuciones, desplazamientos y transformaciones históricas. ¿Qué secretos doctrinales encierran sus melodías? ¿Cómo logra el canto conservar una fe cuando la historia amenaza con silenciarla?


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Los qewlên yazidíes: la fe conservada en la memoria musical


La historia de las comunidades religiosas minoritarias del Kurdistán y de la Mesopotamia septentrional ofrece un campo privilegiado para examinar cómo la transmisión oral puede sostener una identidad frente a la presión política y la marginación. Entre ellas, los yazidíes han conservado un corpus de himnos denominados qewlên, cuya persistencia constituye el eje de este ensayo. Sostenemos que estos cantos no fueron meros acompañamientos litúrgicos, sino un dispositivo mnemotécnico y doctrinal que permitió reproducir la fe cuando los soportes escritos resultaban vulnerables.

El problema que se plantea no es únicamente descriptivo. Interesa determinar en qué medida la oralidad fue una estrategia de resistencia consciente o, por el contrario, una consecuencia contingente de la falta de instituciones escriturarias estables. Esta distinción es decisiva, porque de ella depende la lectura que se haga del vínculo entre memoria, texto y comunidad. Además, obliga a interrogar la categoría de tradición, entendida a menudo como un depósito fijo, cuando en realidad es un proceso sujeto a selección, variación y reinterpretación.

El marco teórico se apoya en la distinción propuesta por la antropología de la memoria entre memoria comunicativa y memoria cultural, así como en la noción de oralidad secundaria desarrollada por la crítica literaria. Desde esta perspectiva, el canto ritual no opera como reproducción mecánica de un texto, sino como acto performativo que actualiza el contenido en cada ejecución. La fe se conserva en la reiteración corporal, en el ritmo y en la participación colectiva, más que en la literalidad de un documento.

Para comprender el fenómeno es necesario situarlo en la historia regional. Los yazidíes habitan tradicionalmente el norte de Irak, Siria, Turquía, Armenia, Georgia y las zonas montañosas en torno a Sinjar y Lalish. A lo largo de los siglos han sido objeto de persecuciones, acusaciones de heterodoxia y episodios de violencia, de los cuales el genocidio perpetrado por el Estado Islámico en 2014 es el más reciente y documentado. En ese marco, la fragilidad de los soportes escritos se convirtió en una condición que la comunidad debió administrar para sobrevivir.

La historiografía de los siglos XIX y XX estuvo marcada por una mirada externa que interpretó a los yazidíes mediante categorías ajenas. Viajeros europeos los describieron como adoradores del diablo, una lectura que desplazó la atención de sus prácticas religiosas hacia lo exótico. Las investigaciones etnográficas de Lescot (1938) aportaron registros valiosos sobre la vida religiosa de la región, aunque su marco interpretativo conservó rasgos de jerarquización que requieren revisión crítica desde los estudios poscoloniales.

El debate contemporáneo se articula en torno a dos lecturas principales. Guest (1987) enfatizó la capacidad de la comunidad para mantener su cohesión mediante prácticas de exclusividad y memoria colectiva, lo que sitúa la supervivencia en el terreno de la organización social. Kreyenbroek (1995), en cambio, subrayó la complejidad textual de la tradición y mostró que la oralidad convivía con manuscritos y compilaciones religiosas. La tensión entre ambas posiciones no es solo metodológica, sino que expresa concepciones distintas de lo que significa conservar una fe.

Esta convivencia resulta central para el argumento. La existencia de textos sagrados escritos, como el Mishefa Reş y el Kitêba Cilwe, demuestra que la comunidad no careció de escritura, sino que la empleó de manera selectiva y, en muchos casos, restringida a especialistas. La oralidad y la escritura no se excluían; cumplían funciones diferenciadas en la economía del saber religioso, y esa diferenciación constituye el punto de partida de cualquier análisis serio sobre los himnos.

Açıkyıldız (2010) ha advertido sobre el riesgo de presentar a los yazidíes como una comunidad ahistórica, cuya fe permanecería intacta gracias a la mera repetición de cantos. Esta crítica resulta pertinente, porque la transmisión no es inmune al cambio: las versiones de un mismo qewl varían según el intérprete, la región y la época. La oralidad, entendida de este modo, no opone conservación y transformación, sino que hace de la transformación el modo mismo de la continuidad.

Analizados como objeto textual, los qewlên combinan estructuras métricas repetitivas, fórmulas recurrentes y referencias a figuras sagradas como Melek Tawus, el Ángel Pavo, y a Sheikh Adi, cuyo santuario en Lalish funciona como centro simbólico. Esta arquitectura facilita la memorización, pues el ritmo y la rima actúan como soportes que retienen el contenido. El canto no transmite únicamente doctrina; transmite también genealogía, relato de origen y pautas de conducta moral.

La reproducción del corpus depende de agentes concretos. Los qewwal, cantores especializados, se forman mediante aprendizaje directo y se insertan en redes de parentesco y autoridad religiosa. Esta figura muestra que la oralidad no es democrática en sentido estricto: la posesión del saber está jerarquizada y el acceso a ciertas piezas se encuentra regulado. La conservación de la fe es, por tanto, también un fenómeno de poder y de selección, lo que obliga a preguntarse quién decide qué se canta y qué se olvida.

Conviene preguntarse por qué no se impuso de manera exclusiva la escritura. Parte de la respuesta reside en la experiencia histórica: los textos podían ser confiscados, destruidos o utilizados como prueba de herejía, mientras que la memoria de un canto permanecía en el cuerpo de quien lo entonaba. Esta asimetría de vulnerabilidad sugiere que la oralidad funcionó como una tecnología de protección, sin excluir la existencia paralela de códices y compilaciones.

Desde esta perspectiva, la conservación de la fe mediante himnos orales debe entenderse como un proceso de reconstrucción permanente. Cada ejecución reafirma el vínculo con el pasado y, al mismo tiempo, adapta el contenido a las condiciones presentes. Esta dinámica explica por qué la comunidad pudo atravesar desplazamientos, exilios y destrucciones sin perder su núcleo identitario, aunque sí haya modificado algunos de sus elementos en el camino.

Esta lectura exige, sin embargo, precauciones. Atribuir a la oralidad una capacidad casi providencial de supervivencia corre el riesgo de romantizar el sufrimiento y de ocultar las condiciones materiales que hicieron posible o imposible la transmisión. La dependencia de agentes individuales implica además una vulnerabilidad estructural: la muerte de un cantor sin sucesor puede interrumpir una cadena de transmisión, como muestran las pérdidas humanas y culturales posteriores a 2014.

Los estudios futuros podrían avanzar en tres direcciones: el registro sistemático de variantes regionales, el análisis de la relación entre oralidad y escritura en las comunidades de la diáspora y la evaluación de los efectos del desplazamiento forzado sobre la transmisión intergeneracional. Estas líneas permitirían precisar hasta qué punto la memoria musical conserva la doctrina y hasta qué punto la reconfigura.

En conclusión, los qewlên yazidíes demuestran que la fe puede sostenerse en la memoria colectiva cuando las instituciones escritas resultan inaccesibles o peligrosas. Su valor no reside solo en el contenido doctrinal que transmiten, sino en la práctica social que los actualiza. La oralidad aparece aquí como una forma de saber corporal, performativo y comunitario, capaz de articular continuidad y cambio sin reducirse a la repetición mecánica.

El aporte de este análisis consiste en desplazar la pregunta desde la pureza textual hacia la eficacia cultural. Interrogarse por la autenticidad de una tradición oral resulta menos fecundo que examinar qué condiciones permiten su reproducción y qué transformaciones admite. En ese sentido, los himnos yazidíes ofrecen un caso para repensar la historia religiosa de las minorías, donde la memoria no es un archivo pasivo, sino un proceso activo de defensa de la identidad.


Referencias

Açıkyıldız, B. (2010). The Yezidis: The history of a community, culture and religion. I.B. Tauris.

Guest, J. S. (1987). The Yezidis: A study in survival. KPI.

Kreyenbroek, P. G. (1995). Yezidism: Its background, observances and textual tradition. Edwin Mellen Press.

Kreyenbroek, P. G., y Sperl, S. (Eds.). (1992). The Kurds: A contemporary overview. Routledge.

Lescot, R. (1938). Enquête sur les Yézidis de Syrie et du Djebel Sinjar. Institut Français de Damas.


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