Entre el teatro, el periodismo y el librepensamiento, Rosario de Acuña convirtió su vida en una defensa constante de la libertad intelectual y la emancipación femenina. Dramaturga, escritora y masona, desafió el poder clerical y las convenciones sociales de su época hasta pagar un alto precio por sus ideas. ¿Quién fue realmente esta mujer adelantada a su tiempo? ¿Por qué su nombre permaneció durante décadas en el olvido?


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📷 Imagen generada por Meta AI para El Candelabro. © DR

Rosario de Acuña y Villanueva: biografía de la dramaturga, librepensadora y feminista española del siglo XIX


Rosario de Acuña y Villanueva ocupa un lugar singular en la historia cultural española del siglo XIX y de los primeros años del XX. Dramaturga, poeta, ensayista y articulista autodidacta, fue también una de las voces más combativas del librepensamiento, la masonería femenina y la emancipación de la mujer en su tiempo. Su nombre quedó ligado a un escándalo teatral y a un destierro, y durante décadas la crítica y la historiografía la relegaron al olvido. Reconstruir su vida exige atender tanto a sus textos como a los sucesos que la convirtieron en una figura controvertida.

Las fuentes no coinciden del todo sobre el lugar y el año de su nacimiento. La mayoría de las biografías la sitúan en Madrid el 1 de noviembre de 1850, aunque algunos catálogos y obras de referencia retrasan el año a 1851 y ubican su nacimiento en la localidad madrileña de Pinto. Se trata de un vacío documental que los especialistas reconocen, y conviene señalarlo con prudencia, porque afecta a la precisión de cualquier cronología familiar.

Fue hija única de Felipe de Acuña y Solís y de Dolores Villanueva y Elices. Según algunas genealogías, el linaje paterno descendía del obispo Acuña, uno de los líderes de la rebelión de las Comunidades de Castilla, mientras que la madre era hija de Juan Villanueva Juanes, médico, viajero y naturalista leonés. La familia pertenecía a una burguesía acomodada con vínculos aristocráticos. Se le atribuyó el título de condesa, que nunca utilizó, un gesto que anticipaba su rechazo a los privilegios de cuna.

Creció en un entorno acomodado y de formación católica, como era habitual entre las familias de su clase. Su educación fue en buena medida autodidacta, pues las instituciones académicas de la época apenas admitían a las mujeres. En su juventud viajó por Europa, experiencia que amplió su horizonte cultural y le permitió conocer otras realidades políticas y religiosas. Esa carencia de formación reglada la llevaría después a defender la instrucción femenina como condición indispensable de la emancipación.

En su juventud contrajo matrimonio con Rafael de Laiglesia, oficial del ejército, pero la relación terminó en separación. Las fuentes no coinciden en todos los detalles de esa unión, y la fecha exacta de la boda no siempre se precisa. La ruptura le valió críticas de su entorno, en una sociedad que esperaba de las mujeres casadas sumisión y decoro. Desde 1886 su vida afectiva estuvo unida a Carlos Lamo Jiménez, compañero que la acompañó hasta su muerte.

Sus primeras obras aparecieron en la década de 1870, en la transición entre el Sexenio Democrático y la Restauración borbónica de 1874. Su primer éxito fue el drama histórico Rienzi el tribuno, representado en el Teatro del Circo de Madrid, que recibió buenas críticas. Su lírica temprana incluyó La vuelta de una golondrina (1875) y Ecos del alma (1876), y en ambos casos la poesía mostraba ya una sensibilidad liberal y una preocupación por la libertad.

Su producción dramática se extendió durante casi dos décadas e incluyó Amor a la patria (1877), Tribunales de venganza (1880), El padre Juan (1891) y La voz de la patria (1893). La crítica distingue dos etapas en su trayectoria. En la primera, sus piezas históricas compartían el liberalismo patriótico de otras escritoras de su tiempo; en la segunda, su teatro se volvió abiertamente anticlerical y propagandístico, en sintonía con el librepensamiento que había abrazado en los años ochenta.

Paralelamente, colaboró en La Iberia, La Ilustración Española y Americana, La Mesa Revuelta, Revista Contemporánea, El Imparcial y El Correo de la Moda, entre otras publicaciones. En diciembre de 1884 se adhirió a Las Dominicales del Librepensamiento, semanario fundado en febrero de 1883, desde cuyas páginas defendió con insistencia la emancipación femenina. Ese mismo año, según algunos autores, se convirtió en la primera mujer en ocupar la tribuna del Ateneo de Madrid.

En 1886 solicitó su ingreso en la masonería. Según la documentación recogida por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, su iniciación tuvo lugar en la logia Constante Alona de Alicante, y adoptó el nombre simbólico de Hipatia, en homenaje a la filósofa alejandrina. Posteriormente se le asocia con la logia femenina Hijas del Progreso, en Madrid, y, a partir de 1909, con la logia Jovellanos de Gijón. Fue una militancia pública en una España dominada por la influencia católica, y por ello generó una fuerte polémica.

En 1891 estrenó El padre Juan en el teatro de la Alhambra de Madrid, un drama de marcado acento anticlerical. La obra alcanzó un éxito notable, pero, según las crónicas, la autoridad gubernativa ordenó la clausura del local la misma noche del estreno, aun cuando la pieza había superado la censura previa. Para llevarla a escena, la autora tuvo que organizar una compañía propia, hecho que algunos estudios señalan como uno de los primeros ejemplos de una mujer al frente de una empresa teatral en España.

Las controversias se multiplicaron. Tras la publicación de un artículo que las autoridades consideraron ofensivo, fue expulsada de España, aunque las fuentes no precisan con exactitud la fecha ni el alcance de ese destierro. Hacia finales de la década de 1880, según algunas biografías, una grave pérdida de visión la dejó prácticamente ciega a los treinta y ocho años. Estas adversidades no apagaron su actividad intelectual, que siguió manteniéndose a través de la escritura y de la correspondencia.

Su etapa final transcurrió en Gijón, ciudad a la que se trasladó en los primeros años del siglo XX. Hacia 1909 inició la construcción de una casa sobre un acantilado de El Cervigón, en la zona de La Providencia, donde residió desde 1911. Allí llevó una vida retirada y cercana al campo, dedicada a la escritura, a la lectura y a la observación de la naturaleza. Algunos biógrafos señalan que, en sus últimos años, las dificultades económicas la obligaron a vivir con gran modestia.

Durante esos años mantuvo su compromiso con la educación de las mujeres y con una concepción laica de la enseñanza. Estudios recientes, como el de Begoña Regueiro (2019), han analizado sus propuestas educativas, entre ellas la reivindicación de una formación independiente de la influencia confesional y su interés por modelos de educación en casa que hoy llamaríamos alternativos. Sus artículos sobre la infancia y la enseñanza revelan una preocupación pedagógica poco frecuente en su época.

Rosario de Acuña falleció el 5 de mayo de 1923 en su casa de Gijón. Según las crónicas, la causa de la muerte fue una embolia cerebral. Pocos días después, el diario El Cantábrico publicó uno de sus poemas, señal de que conservaba presencia en la prensa del norte. Sin embargo, su desaparición no produjo el eco que su trayectoria hubiera merecido, y durante buena parte del siglo XX su figura permaneció en un segundo plano.

Con el tiempo, la memoria de la escritora fue recuperándose, sobre todo en Gijón, donde una vía que conducía a su antigua casa llevó su nombre durante unos años de la Segunda República. Más tarde, la ciudad acogió la Escuela Feminista Rosario de Acuña, que en su vigésima edición, en 2023, dedicó sus actividades a su figura. Ese mismo año se conmemoró el centenario de su muerte con exposiciones, rutas culturales y unidades didácticas, lo que consolidó su reconocimiento público.

La historiografía reciente ha contribuido de manera decisiva a esa recuperación. José Bolado editó sus Obras reunidas (2007), con la poesía inédita de la autora, y Macrino Fernández Riera (2009) la estudió como una heterodoxa en la España del concordato. Elena Hernández Sandoica (2019) analizó el equilibrio entre emoción y razón en su pensamiento, mientras que Christine Arkinstall (2005) la situó en el debate sobre la nación liberal y la escritura. Estas aportaciones han puesto el foco en su singularidad.

Los especialistas coinciden en reconocer su papel como pionera del pensamiento feminista y librepensador en España, aunque discrepan sobre la calidad literaria de su obra. Algunos la consideran desigual y de valor sobre todo testimonial, mientras que otros subrayan su eficacia dramática y su carácter político. Hechos como el teatro de El padre Juan, su militancia masónica o su destierro están documentados. Otros aspectos, como la fecha exacta de algunos episodios o el contenido de parte de su correspondencia, siguen siendo objeto de investigación.


Referencias

Arkinstall, C. (2005). Writing nineteenth-century Spain: Rosario de Acuña and the liberal nation. Modern Language Notes, 120, 294–313.

Bolado, J. (2007). Rosario de Acuña. Obras reunidas. KRK Ediciones.

Fernández Riera, M. (2009). Rosario de Acuña y Villanueva: Una heterodoxa en la España del concordato. Zahorí.

Hernández Sandoica, E. (2019). Rosario de Acuña, Hipatia (1850-1923): Emoción y razón. Abada.

Regueiro Salgado, B. (2019). La propuesta educativa de Rosario de Acuña: La casa de muñecas y otros artículos. EduSer, 11(2). https://doi.org/10.34620/eduser.v11i2.130


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