Mientras los intelectuales debatían si era apropiado considerar a los animales responsables de sus crímenes y críticos como Tomás Aquino argumentaban en su contra, hay evidencia histórica de que las comunidades se tomaban estos juicios en serio.

PLEITOS CONTRA LOS ANIMALES.
Aunque hoy nos parezca una locura sin sentido, hasta prácticamente el siglo XIX y principios del XX, era práctica común acusar a un animal de un delito cualquiera y someterlo a juicio con todas las formalidades y después condenarlo a muerte. Por el banquillo de los acusados han pasado, bueyes, asnos, toros, caballos, ovejas, gatos, perros, cerdos, papagayos, o incluso orugas, moscas y anguilas, entre otros.
La mayoría de los casos se dieron en Francia, Alemania, Suiza e Italia, pero se sabe por algunas referencias,(entre ellas las obras de Shakespeare), que también se dieron de forma habitual en Inglaterra. La primera sentencia de la que se tiene noticia es de 1266 (contra un cerdo).
Empero, no solo se han dado juicios contra animales por causas penales, también ha habido casos contrarios en los que sus dueños nombraron a su mascota heredera universal de todos los bienes, para sorpresa de sus hijos.
Pero volviendo al tema que nos ocupa, veamos algunos ejemplos de pleitos contra animales:
El juicio a las ratas:
Se han juzgado incluso a ratas, pero estas han sido juzgadas en ausencia, como ocurrió por ejemplo en 1522 en el pueblo de Autún, Francia. Los agricultores acudieron a la corte eclesiástica y presentaron una denuncia contra las ratas porque se habían comido sus cultivos de cebada. En consecuencia, un funcionario de la Corte fue enviado al área donde vivían las “ratas delincuentes” y allí les leyó solemnemente la acusación. Bartolomé Cheassnée, que era un joven abogado, fue nombrado abogado de oficio de los roedores, y se fijó una fecha para la vista pública. Pero como era de esperar, no se presentó ni una rata que se sintiera responsable para someterse a juicio. El letrado argumentó que había habido un defecto de forma en la notificación, pues debían citarse a todas las ratas, no solo las de Autún, sino también a las de los pueblos cercanos que también eran responsables de la destrucción de los cultivos. Así que la Corte eclesiástica ordenó a los sacerdotes de todas las parroquias colindantes que citaran a las ratas, pero, lógicamente, tampoco se presentaron. Cheassenée argumentó entonces que posiblemente porque las ratas vivían dispersas por el campo y necesitaban tiempo para hacer el viaje. Así que el tribunal concedió otro retraso, y otro, porque seguramente temían ser atacadas por gatos, hasta que llegó un punto en que el vicario presidente del Tribunal se dio cuenta de la imposibilidad del proceso y decidió aplazarlo de forma indefinida.
La cerda de Falaise:
Otro juicio célebre, documentado por el escribiente local Guiot de Monfort, fue el caso de la cerda de Falaise,(Francia), en 1386, en el que una marrana penetró en una casa donde se comió la cara y los brazos de un bebé que murió. El vizconde Pete Lavengin ordenó celebrar un juicio contra la cerda. Como era de esperar, la marrana “no se defendió”, por lo que fue declarada culpable y condenada a morir en la horca, como a un ser humano. Para tal fin, el animal fue disfrazado con ropa de persona y conducido al patíbulo. Allí el verdugo le cortó el morro y las patas delanteras, y luego fue colgada por las patas traseras dejándola que se desangrara hasta la muerte.
Los gatos herejes:
En cuanto a los animales herejes ajusticiados en la Edad Media, la palma se la llevaban los gatos, especialmente los negros. La razón era que se creía que las brujas podían encarnarse en estos animales para cometer sus supuestos crímenes, de modo que los gatos se convirtieron en chivos expiatorios de cualquier desgracia inexplicable para la gente. Más adelante, los gatos se convirtieron en la encarnación del enemigo en las disputas entre católicos y protestantes, ya que ambas partes los consideraban blasfemos si cazaban ratones en domingo.
El perro antirrevolucionario:
En pleno período de la revolución francesa, en 1792, el mastín del Marqués de Saint-Prix, fue juzgado por defender a su amo cuando fueron a detenerlo. El perro fue acusado de “reaccionario” y de actividades antirrevolucionarias y en consecuencia fue guillotinado. Un destino que también le fue aplicado a su amo.
El caso del chimpancé espía:
En 1805, un buque de guerra francés naufragó frente a la ciudad inglesa de Hartlepool. Solo sobrevivió un chimpancé que iba vestido con uniforme del ejército napoleónico. Esto fue suficiente para que los habitantes de la ciudad juzgaran al primate por espionaje, y, en consecuencia, lo ahorcaron.
Las elefantas Mary y Topsy:
Esta práctica llegó incluso hasta el siglo XX, como el caso de la elefanta Mary, que fue ahorcada de una grúa en 1917 en Tennessee por haber matado a su domador. O el de otra elefanta, Topsy, electrocutada el 4 de enero de 1903 por haber matado también a tres hombres, incluido a su domador, (un alcohólico que le hacía ingerir cigarrillos encendidos).
En la actualidad, ningún Código Penal contempla la posibilidad de juzgar a un animal por tales hechos.

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