Howard Phillips Lovecraft más conocido como H. P. Lovecraft, fue un escritor estadounidense, autor de relatos y novelas de terror y ciencia ficción.



Lo Que Trae La Luna
(What the Moon Brings, 1922) por el maestro del horror cósmico Howard Phillips Lovecraft.


Odio a la Luna —le tengo miedo—, ya que, cuando brilla sobre ciertas escenas
familiares y amadas, a veces las convierte en desconocidas y odiosas.

Fue durante el espectral verano cuando el brillo de la Luna se derramó sobre el viejo jardín por el que yo deambulaba; el espectral verano de narcóticas flores y húmedos mares de follajes que provocan sueños extraños y multicolores.

Y mientras paseaba junto a la poca profunda corriente de cristal, vi ondas inesperadas, rematadas en luz amarilla, como si esas plácidas aguas se vieran arrastradas, por irresistibles corrientes, rumbo a extraños océanos que no pertenecen a este mundo.

Silenciosas y centelleantes, brillantes y funestas, esas aguas condenadas se dirigían hacia no sabía yo dónde, mientras que, en las riberas de verdor, blancas flores de loto se abrían una tras otra al opiáceo viento nocturno y caían sin esperanza a la corriente,
arremolinándose en forma horrible, yendo hacia delante, bajo el puente arqueado y
tallado, y mirando atrás con la siniestra resignación de las fuerzas calmas y muertas.

Y, mientras corría por la orilla, aplastando flores dormidas con pies descuidados,
enloquecido en todo momento por el miedo a seres desconocidos y la atracción de las
caras muertas, vi que el jardín, a la luz de la luna, no tenía fin; ya que, allí donde
durante el día se encontraban los muros, ahora se extendían tan sólo nuevas visiones
de árboles y senderos, flores y arbustos, ídolos de piedra y pagodas, y meandros de
corriente iluminada en amarillo, pasando herbosas orillas y bajo grotescos puentes de
mármol.

Y los labios de los rostros muertos del loto susurraban con tristeza, y me
invitaban a seguir, así que no me detuve hasta que la corriente llegó a un río y
desembocó, entre pantanos de agitadas cañas y playas de resplandeciente arena, en la
orilla de un inmenso mar sin nombre.

La espantosa luna brillaba sobre ese mar, y sobre sus olas inarticuladas pendían
extraños perfumes. Y al ver desvanecerse en sus profundidades las caras de loto,
lamenté no tener redes para poder capturarlas y aprender de ellas los secretos que la
luna había transportado a través de la noche.

Pero, cuando la luna derivó hacia el
oeste y la silente marea refluyó de la sombría ribera, vi, bajo esa luz, viejos chapiteles
que las olas casi cubrían, así como columnas blancas con festones de algas verdes. Y
sabiendo que ese lugar estaba completamente poseído por la muerte, temblé y no
deseé más hablar de nuevo con los rostros de loto.

Entonces vi de lejos, sobre el mar, a un gran cóndor negro que descendía del cielo
para buscar descanso en un gran arrecife; y de buena gana le hubiera preguntado, para
informarme sobre aquellos que había conocido cuando estaba vivo. Se lo hubiera
preguntado de no estar tan lejos; pero lo estaba, y mucho, y desapareció totalmente al
estar demasiado cerca de ese arrecife gigante.

Así que observé cómo la marea se retiraba bajo esa luna en declive, y vi
resplandecer los chapiteles, las torres y los tejados de esa ciudad muerta y goteante.

Mientras miraba, mi olfato tuvo que debatirse contra el sobrecogedor olor de los
muertos del mundo; ya que, en verdad, en ese lugar ignoto y olvidado estaba toda la
carne de los cementerios, reunida por hinchados gusanos marinos que roen y se
atiborran de ella.

La maligna luna colgaba ya muy baja sobre esos horrores, pero los gordos
gusanos no necesitan a la luna para poder comer. Y, mientras observaba las
ondulaciones que delataban el rebullir de gusanos debajo, sentí un nuevo frío venido
de lejos, que me indicó que el cóndor había alzado el vuelo, como si mi carne hubiera
detectado el horror antes de que mis ojos pudieran verlo.

No se había estremecido mi carne sin motivo, ya que, cuando alcé los ojos, vi que
las aguas se habían retirado hasta muy lejos, mostrando mucho del inmenso arrecife
cuyo borde avistara antes.

Y cuando vi que ese arrecife no era más que la negra
corona basáltica que culminaba a un estremecedor ser monstruoso, cuya terrible
frente brillaba ahora a la tenue luz de la luna, y cuyas viles pezuñas debían hollar el
fango infernal, situado a kilómetros de profundidad, grité y grité hasta que el oculto
rostro surgió de las aguas, y hasta que los escondidos ojos me miraron, luego de la
desaparición de esa lasciva y traicionera luna.

Y, para escapar de ese ser implacable, me zambullí contento y sin dudar en las
hediondas bajuras donde, entre muros llenos de algas y hundidas calles, los gruesos
gusanos de mar hozan en los cadáveres de los hombres.



El Candelabro. Iluminando Mentes


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