Judy fue adoptada para ser la mascota del buque de guerra HMS Gnat, un cañonero que formaba parte de la flota de defensa británica en el Lejano Oriente. Los buques menudo adoptaban animales como mascotas para ayudar con la seguridad, el control de plagas y para que hiciesen compañía a los marineros de a bordo.

CONDECORADA (La historia de dos amigos)

La increíble historia de Judy la perra que salvó la vida de prisioneros británicos en la II Guerra Mundial.
Judy, de raza pointer, nació en 1937 en Shangai y llegó al campo de concentración de Sumatra junto con unos marineros británicos que habían arribado con ella era la mascota del buque Grasshopper.
Una embarcación en la que pasaría sus días hasta que en 1942 el ataque de un avión japonés provocó el naufragio de la misma y del HMS Dragonfly, otro barco británico. La tripulación, y la propia perrita, tendrían que saltar al agua. Desde donde nadaron hasta una pequeña isla desierta situada en el mar del Sur de China.
Fue el instinto de Judy el que salvó a los tripulantes de ambos barcos británicos, pues ésta dio con una fuente de agua dulce que les permitió sobrevivir en la pequeña isla.
Leonard Walter Williams, un marinero británico que sirvió a bordo del HMS Grasshopper, narró lo sucedido allí: “Aterrizamos en la isla y, naturalmente, el agua era escasa.
Judy se perdió un día y no pudimos encontrarla, así que fuimos a buscarla y encontró un lugar donde cavó un gran agujero y encontró agua fresca para los supervivientes (…) Ella fue una maravillosa salvadora”.
Judy y los supervivientes fueron sacados de la isla y llevados a Sumatra, donde esperaban ser evacuados. Pero llegaron tarde. Los militares japoneses, que tomaron el control de la isla, apresaron entonces a los tripulantes del Grasshopper, incluida Judy. Recabando todos en un campamento de prisioneros al norte de la isla.
Era 1942 y las condiciones de los prisioneros en el campo de concentración de Sumatra eran pésimas, debido a varios motivos, como las pobres raciones de comida que se les suministraba y los trabajos forzados. A esto había que sumar enfermedades como la malaria y úlceras en la piel.
En estas condiciones fue realmente sorprendente que Judy consiguiera sobrevivir, ya que debido a las escasas raciones que recibían los presos, estos consideraron comerse al animal. A esto había que añadir las constantes palizas que le propinaban los guardas japoneses.
Durante su estancia en el campamento la perra alertaba a los prisioneros británicos cuando se acercaban los guardias japoneses, evitándoles castigos por actividades no permitidas en el campo.
Además también alertaba cuando detectaba serpientes, escorpiones u otras amenazas. Además la perra escapaba de vez en cuando en busca de comida, y les traía ratas y serpientes.
Pero, había un prisionero que veló por ella desde el momento en que se encontraron prisioneros. Se trataba de Frank Williams, un destacado aviador de la Real Fuerza Aérea británica, que compartía con ella su escasísima ración de arroz diaria.
Y desde ese momento ella nunca se apartó de su lado. Ambos cuidaron uno del otro durante todo el cautiverio.
Esta historia de supervivencia ha sido documentada en el libro “No hay mejor amigo” de Robert Weintraub. El texto relata la fascinante relación entre mascota y dueño, pero también las hazañas de Judy como una auténtica heroína, según un artículo del diario español ABC.
En junio de 1944, los prisioneros fueron transferidos a otro campo de Singapur a bordo del SS Van Warwyck. Los japoneses no permitían perros a bordo, pero lograron colarla a bordo escondida en un saco de arroz.
Cuando barco fue bombardeado por la Armada británica (sin saber que había 700 prisioneros británicos a bordo), Williams tiró a Judy por la borda, sin saber si sobreviviría.
Y es que más de 500 soldados fallecieron durante el ataque. Varios supervivientes aseguraron que la perra no sólo salió a flote, si no que además ayudó a otros soldados a sobrevivir acercándoles restos de madera que flotaban en el agua.
Williams y otros supervivientes del ataque fueron de nuevo capturados y llevados a otro campamento de prisioneros de guerra, sin saber si su querida compañera canina había sobrevivido. Pero al llegar a se llevó una grata sorpresa: “No podía creer lo que veía.
Cuando entré al campamento, un perro escuálido me golpeó de lleno entre los hombros y me tiró al suelo. Nunca había estado tan contento de verla. ¡Y creo que ella sintió lo mismo!”.
Poco después los trasladaron a Sumatra, donde pasarían todo un año haciendo trabajos forzados en mitad de la jungla, para tender nuevas vías de ferrocarril al servicio de los japoneses. Su único alimento diario era una ración de tapioca que Frank, de nuevo, compartía con Judy.
Ella, de nuevo, se hizo valer salvando a los prisioneros de las amenazas de la jungla. Ya que ladraba cuando rondaban animales salvajes como tigres o elefantes.
Tras la rendición japonesa, los soldados del campamento de prisioneros fueron al fin evacuados por las tropas aliadas. Judy, por ser un perro, tuvo que ser de nuevo escondida en un saco para poder sacarla de allí en el buque que los trasladaría a Liverpool.
Tras la guerra, Frank partió hacia África y Judy fue con él. Murió en 1951 con 14 años. Su fiel compañero construyó un monumento en su tumba con una placa en la que quedaron para siempre estas palabras: “Una dama que dio más compañía de la que nunca recibió en su corta vida.
Una inspiración de coraje, esperanza y voluntad de vivir para muchos que habrían desistido sino hubiera sido por su ejemplo y entereza”.


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