El 4 de abril de 1806 se publicó en Francia el decreto por el cual se impuso a todos los ciudadanos del imperio, y a todas las religiones, el catecismo napoleónico. En él se amenazaba con la condena eterna al que no sirviera de buen grado al emperador.



El Divino Napoleón’


Napoleón tenía fama de ser un flor de ventajero. Te tocaba el timbre y antes que preguntes ‘Quien es?’ ya te había abierto la heladera. El Papa ‘Pio VII’ lo sufrió en carne propia, creyendo que lo había controlado no se percató que el franchute le había hecho ‘Calzón chino’.

La Francia revolucionaria tomo envión y se esparció como mancha de aceite. Tal es así que llegó hasta Roma, se cargó los Estados Pontificios y se llevó al Papa ‘Pio VI’ de recuerdo.

El papa no había visto venir a Napoleón, pero cuando lo tuvo cerca vio venir su muerte por ello de apuro convocó un cónclave para elegir a su sucesor. Por lo menos se avivó de mandarlo a hacer en Venecia, allí no mandaban los franceses. Desde su muerte en cautiverio hasta que en el cónclave hubo fumata blanca pasaron 196 días sin Papa.

El mundo giró igual y el sol salió todas las mañanas, fue una señal que tan esencial no era pero nadie lo supo ver. El nuevo Papa, ‘Pio VII’ quería recuperar a los fieles de Francia, pero antes tenía que recuperar Roma. Se deshizo en gestos amistosos para ensalzar a Napoleón, pero el pícaro general francés era un hábil político, te vendía arena en el desierto, se hizo el blandengue y se la mandó a guardar.

A cambio de recuperar Roma, los Estados Pontificios y las credenciales de embajador de Dios en la tierra, ‘Pio VII’ lo ungió Emperador de Francia como resultado de una orden divina. Sin darse cuenta el Papa le entregó a Napoleón sus mismos derechos eclesiásticos, y encima heredables. Antes que ‘Pio VII’ apoye la cabeza en la almohada, Napoleón dictó los 77 artículos orgánicos del ‘Catecismo Imperial’, y ahora a buscarla al fondo de la red.

Este nuevo orden católico implicaba que Dios crea los imperios y establece a sus soberanos que viene a ser como el representante de su poder y de su imagen en la tierra.

Los cristianos, o sea todos los habitantes de su imperio le debían respeto, obediencia, lealtad civil y militar, además de entonar fervientes oraciones por su seguridad y para la prosperidad espiritual y secular del Estado.

A partir de allí, quien se opone a Napoleón, se opone a Dios, contra ese argumento mejor quedarse calladito. La mancomunión iglesia-estado hizo que en los púlpitos franceses se leyeran los partes militares de los ejércitos en campaña.

Se que no me van a creer pero Napoleón utilizó este poder como herramienta de sometimiento. ‘Pio VII’ intentó recuperar el control de la iglesia y excomulgó a Napoleón, resultado, las tropas francesas volvieron a tomar Roma y el Papa terminó tras las rejas. Nuevamente las armas se impusieron a las velas.


Fin


El Candelabro. Iluminando Mentes


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