Entre aranceles masivos, guerras tecnológicas y disputas monetarias, Estados Unidos y China libran la confrontación más decisiva del siglo XXI sin recurrir directamente a las armas. La economía global se ha convertido en el nuevo campo de batalla donde cadenas de suministro, chips avanzados y monedas de reserva sustituyen a los ejércitos tradicionales. ¿Puede la interdependencia evitar una ruptura histórica? ¿O estamos presenciando una nueva versión de la trampa de Tucídides?


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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR

La trampa de Tucídides en la economía: la rivalidad comercial y financiera entre Estados Unidos y China como campo de batalla del siglo XXI


El concepto de la trampa de Tucídides, popularizado por el politólogo Graham Allison en su obra Destined for War, describe un patrón histórico inquietante: cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia dominante, la probabilidad de conflicto armado se dispara. Allison documentó que, de dieciséis casos análogos en los últimos quinientos años, doce desembocaron en guerra. Sin embargo, el siglo XXI ha introducido una variable que Tucídides jamás imaginó: una interdependencia económica tan densa que convierte la confrontación militar en un suicidio mutuo. Esta paradoja desplaza el campo de batalla hacia la economía, donde la colisión inevitable entre potencia emergente y potencia dominante se libra con aranceles, sanciones tecnológicas, competencia monetaria y reconfiguración de cadenas de suministro globales. La guerra comercial entre Estados Unidos y China no es un episodio aislado de proteccionismo, sino la manifestación económica de una rivalidad estructural que define el orden internacional contemporáneo.

La evolución de las tensiones comerciales sino-estadounidenses ilustra con precisión cómo la rivalidad entre potencias se traduce en instrumentos económicos. En abril de 2025, el presidente Donald Trump impuso un arancel del 104 % sobre las importaciones chinas, lo que elevó la tasa efectiva hasta aproximadamente el 135 % en el punto álgido de la escalada. China respondió con contramedidas simétricas, restricciones a la exportación de tierras raras y una diversificación acelerada de sus mercados de exportación. Aunque las negociaciones posteriores en Ginebra y Londres lograron una reducción parcial, la tasa arancelaria efectiva se mantuvo en torno al 47 %, muy por encima de los niveles anteriores a 2018. Este episodio demuestra que la trampa de Tucídides aplicada a la economía no requiere pólvora para infligir daño; basta con interrumpir los flujos comerciales que durante décadas sostuvieron el crecimiento de ambas naciones.

El conflicto arancelario ha operado como un catalizador del desacoplamiento económico que está reconfigurando profundamente la geografía productiva mundial. La evidencia empírica más reciente revela que Estados Unidos se ha desacoplado de China pero no del resto del mundo, redirigiendo sus importaciones hacia Vietnam, México y Taiwán. Sin embargo, esta aparente desconexión oculta un fenómeno más complejo: la inversión manufacturera china y los componentes producidos en China continúan fluyendo hacia esos mismos países terceros que ganan cuota en el mercado estadounidense. La economía política de las cadenas de suministro revela así un entramado de reubicación con características chinas, donde la ruptura bilateral visible convive con una integración indirecta que hace que cualquier desacoplamiento total sea, en la práctica, inviable y extraordinariamente costoso para ambas partes.

La competencia tecnológica entre Estados Unidos y China constituye el segundo pilar donde la trampa de Tucídides adquiere una dimensión económica particularmente intensa. A partir de octubre de 2022, Washington desplegó una arquitectura de controles a la exportación cada vez más granular, bloqueando el acceso chino a chips avanzados de inteligencia artificial como los NVIDIA A100 y H100, así como a equipos de litografía ultravioleta extrema. Pekín respondió con una estrategia dual: por un lado, aceleró inversiones masivas en soberanía de silicio, con Huawei duplicando la producción de sus procesadores Ascend 910C y SMIC avanzando en nodos de fabricación maduros; por otro, restringió la exportación de minerales críticos como el galio, el germanio y las tierras raras. Esta dinámica de acción y reacción en el ámbito tecnológico revela la misma lógica que Allison identificó en el plano militar: el miedo de la potencia establecida alimenta respuestas de la potencia ascendente que, a su vez, intensifican el temor original.

La rivalidad entre el dólar estadounidense y el renminbi constituye el tercer escenario donde se despliega esta dinámica de confrontación económica. El dominio del dólar como moneda de reserva mundial sigue siendo abrumador: según la encuesta trienal del Banco de Pagos Internacionales, en abril de 2025 el dólar participó en el 89 % de todas las transacciones cambiarias globales, un máximo en veinticinco años. Paradójicamente, esta hegemonía coexiste con un avance gradual pero sostenido del renminbi, que pasó de liquidar el 20 % del comercio exterior chino en 2022 a casi el 30 % en 2025. Pekín ha adoptado un enfoque pragmático que evita el lenguaje del dedollarization y persigue, en cambio, la regionalización del renminbi mediante acuerdos bilaterales de intercambio de divisas y la promoción de bonos en yuanes en mercados como Hong Kong. La meta no parece ser destronar al dólar, sino construir una infraestructura institucional paralela que garantice a China margen de maniobra frente a posibles sanciones financieras.

El alcance global de la rivalidad económica sino-estadounidense se manifiesta con especial claridad en la competencia por la influencia geoeconómica en el Sur Global. La Iniciativa de la Franja y la Ruta se ha consolidado como el principal vehículo de la expansión económica china: en el primer semestre de 2025, los nuevos contratos e inversiones superaron los 1200 millones de dólares, con casi la mitad de los proyectos de construcción concentrados en África. Estados Unidos ha respondido mediante iniciativas como la Red de Puntos Azules y el programa Reconstruir un Mundo Mejor del G7, aunque con una brecha persistente entre las ambiciones declaradas y los recursos efectivamente movilizados. La competencia geoeconómica global trasciende así la lógica bilateral para convertirse en una pugna por establecer las reglas, los estándares tecnológicos y las infraestructuras que definirán el orden económico de las próximas décadas.

Frente a este panorama de tensión múltiple, la cuestión fundamental que planteaba Allison —si Estados Unidos y China pueden escapar a la trampa de Tucídides— adquiere en el dominio económico una respuesta matizada pero no exenta de esperanza. La interdependencia económica entre ambas potencias sigue siendo profunda: los mercados financieros, las cadenas de suministro tecnológico y los flujos de inversión mantienen un entrelazamiento que hace que una ruptura total resulte más costosa que cualquier victoria táctica. Allison ha señalado que una interdependencia económica densa eleva el costo de la guerra y, por tanto, reduce su probabilidad. Sin embargo, también ha advertido que cuando la competencia prevalece sobre la cooperación, la trampa se activa. La historia reciente demuestra que los instrumentos económicos pueden infligir daños sistémicos sin necesidad de disparar un solo tiro, y que la línea entre la guerra comercial y la confrontación geopolítica abierta es más fina de lo que sugieren los manuales de economía.

Las perspectivas de futuro dependen de si ambas potencias logran institucionalizar mecanismos de gestión de la rivalidad económica que eviten que las crisis sectoriales escalen hacia conflictos sistémicos. La experiencia histórica ofrece ejemplos alentadores: la transición de poder entre Gran Bretaña y Estados Unidos a finales del siglo XIX se produjo sin guerra, facilitada por afinidades culturales y por una integración financiera que hizo que la confrontación resultara antieconómica. El desafío contemporáneo es más complejo, porque la rivalidad entre Washington y Pekín carece de esos vínculos culturales y se despliega simultáneamente en los terrenos comercial, tecnológico, financiero, militar e ideológico.

La trampa de Tucídides en la economía no es, por tanto, una condena inevitable, sino una advertencia que debería impulsar a los responsables políticos a diseñar marcos de cooperación que reconozcan la profunda interconexión que todavía une a las dos mayores economías del planeta.


Referencias

Allison, G. (2017). Destined for War: Can America and China Escape Thucydides’s Trap? Mariner Books.

Banco Central Europeo. (2025, 30 de julio). China-US trade tensions could bring more Chinese exports and lower prices to Europe. The ECB Blog.

Banco de Pagos Internacionales. (2025). Triennial Central Bank Survey of Foreign Exchange and Over-the-Counter Derivatives Markets. Basilea: BIS.

Garred, J. y Yuan, S. (2025). Relocation from China (with Chinese characteristics). Journal of Development Economics, 176(C).

Singh, S. P. (2026). A Critical Analysis of the Relevance of Thucydides’ Trap in the Contemporary World. The Shivapuri Journal, 27(1), 1-10. https://doi.org/10.3126/shivapuri.v27i1.90931


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