Entre la conversación de pasillo y el mensaje de WhatsApp sin fuente, la democracia se desgasta sin que nadie declare la guerra. La desinformación de baja intensidad no llega como un titular escandaloso: llega como una duda razonable, una insinuación compartida, un rumor que “todo el mundo ya sabe”. ¿Puede sobrevivir la deliberación pública en un entorno donde la verdad se erosiona gota a gota? ¿Quién es responsable cuando el daño lo hace el murmullo?
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📷 Imagen generada por GPT-4o para El Candelabro. © DR
Desinformación de baja intensidad: rumores cotidianos y erosión democrática
En el estudio de la comunicación política contemporánea, una distinción fundamental ha comenzado a ganar relevancia teórica: la que separa la desinformación espectacular —noticias falsas virales, campañas coordinadas de manipulación, deepfakes distribuidos masivamente— de aquella que opera en registros más discretos, casi imperceptibles. La desinformación de baja intensidad no aspira a derribar una verdad de un solo golpe; prefiere horadarla pacientemente, con la constancia del agua sobre la piedra. Sus vectores no son necesariamente actores estatales ni corporaciones mediáticas; son vecinos, compañeros de trabajo, familiares que comparten un mensaje sin verificarlo, o que formulan, con aparente inocencia, una duda que ya ha sido sembrada por alguien más.
El rumor es, en este contexto, la forma más antigua y persistente de desinformación de baja intensidad. Desde las sociedades orales hasta los grupos de mensajería instantánea, el rumor ha funcionado como mecanismo de construcción social de la realidad en condiciones de incertidumbre. El psicólogo Gordon Allport, junto a Leo Postman, formuló en 1947 una de las primeras ecuaciones sistemáticas del fenómeno: la intensidad de un rumor es proporcional a la importancia del tema multiplicada por la ambigüedad de la información disponible. Esta fórmula, surgida en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, conserva una vigencia asombrosa en la era digital, donde la sobreabundancia informativa no ha eliminado la ambigüedad, sino que en muchos casos la ha profundizado.
Lo que distingue al rumor cotidiano de la propaganda clásica es, ante todo, su carácter descentralizado y su apariencia de espontaneidad. El rumor no proviene de una fuente identificable y cuestionable; circula como experiencia compartida, como algo que “todo el mundo sabe” aunque nadie pueda precisar quién lo dijo primero. Esta anonimización del origen es funcionalmente equivalente a una inmunización contra la crítica: no hay autor que desacreditar, no hay medio que señalar. El mensaje se ha vuelto, en cierto sentido, el ambiente mismo del discurso colectivo.
La conexión entre estos fenómenos cotidianos y la erosión democrática no es inmediata ni mecánica, pero sí documentable. La democracia, en cuanto sistema de gobierno, requiere de condiciones epistémicas mínimas: ciudadanos capaces de evaluar información, construir preferencias fundadas y deliberar con otros sobre asuntos de interés público. Cuando el entorno informativo se contamina no con grandes mentiras fácilmente refutables, sino con una neblina persistente de medias verdades, insinuaciones y dudas sistemáticas, esas condiciones se deterioran de manera silenciosa. El politólogo Yochai Benkler, junto a otros investigadores de Harvard, ha denominado a este fenómeno “contaminación del ecosistema informativo”, subrayando que el daño no reside en ningún contenido singular, sino en la degradación acumulativa del espacio epistémico compartido.
Un mecanismo particularmente relevante en este proceso es lo que los teóricos de la comunicación han llamado el “efecto de la tercera persona”: la tendencia de los individuos a considerar que la desinformación afecta a otros más que a sí mismos. Esta asimetría perceptiva tiene consecuencias políticas concretas: quienes creen estar inmunizados contra la manipulación son precisamente quienes menos activan sus mecanismos de verificación crítica. El rumor más eficaz no es el que parece propaganda, sino el que parece sentido común. En esta condición, el ciudadano informado y el desinformado pueden compartir, sin saberlo, el mismo horizonte de creencias distorsionadas.
El papel de las redes sociales en la amplificación de la desinformación de baja intensidad ha sido objeto de intensa investigación empírica. Un estudio publicado en Science en 2018 por Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral demostró que las noticias falsas se difunden con mayor velocidad, profundidad y amplitud que las verdaderas en la plataforma Twitter, y que este diferencial no se explicaba por bots, sino fundamentalmente por comportamiento humano. Lo novedoso, lo inusual, lo que provoca emoción —especialmente indignación y miedo— es lo que los usuarios comparten. La arquitectura emocional de las redes sociales está, en este sentido, alineada con las características intrínsecas del rumor.
Es preciso, sin embargo, evitar una visión hipodérmica de estos procesos, según la cual la desinformación se “inyecta” en una población pasiva que la absorbe sin resistencia. La recepción de rumores e informaciones falsas está mediada por identidades de grupo, marcos interpretativos previos y relaciones de confianza. La investigadora danesa Kate Starbird ha mostrado que la desinformación suele consolidarse en comunidades epistémicas cerradas, donde los vínculos de identidad política o cultural son más determinantes que la calidad de la evidencia. El rumor no prospera en el vacío; prospera en suelos preparados por la desconfianza institucional, la polarización y el agravio colectivo.
La dimensión específicamente democrática de este problema se manifiesta con particular nitidez en los contextos electorales, aunque no se limita a ellos. Cuando la desinformación de baja intensidad afecta la percepción de la legitimidad institucional —generando dudas difusas sobre la imparcialidad del poder judicial, la honestidad de los medios o la transparencia de los procesos electorales—, produce lo que algunos teóricos denominan “desafección epistémica”: una retirada de la confianza no en tal o cual actor político, sino en las condiciones mismas de la vida democrática. Esta desafección no necesariamente produce abstención o rechazo abierto; puede traducirse en cinismo, en la convicción de que “todos mienten por igual”, en una indiferencia activa que es, en último término, tan funcional para los actores antidemocráticos como la adhesión entusiasta a sus narrativas.
Frente a este cuadro, las respuestas institucionales han mostrado hasta ahora una eficacia limitada. Las políticas de verificación de hechos, o fact-checking, operan en una escala temporal y cognitiva que raramente permite interrumpir la circulación de un rumor en el momento de mayor virulencia. La regulación de plataformas digitales avanza con lentitud, enfrentando dilemas genuinos entre libertad de expresión y responsabilidad comunicativa. La educación mediática, considerada por muchos investigadores como la intervención más prometedora a largo plazo, requiere de generaciones de inversión sostenida en contextos institucionales frecuentemente debilitados.
Lo que sí parece claro, a la luz de la evidencia acumulada, es que la desinformación de baja intensidad no puede ser abordada únicamente como un problema técnico de distribución de contenidos falsos. Es también un problema político, que refleja y profundiza fracturas sociales preexistentes; un problema epistémico, que cuestiona los fundamentos mismos de la deliberación pública; y un problema cultural, enraizado en hábitos comunicativos y disposiciones afectivas que no responden a simples correcciones informativas.
La salud democrática depende, en una medida que apenas comenzamos a comprender, de la calidad del tejido conversacional en el que los ciudadanos construyen cotidianamente su comprensión del mundo común.
Referencias académicas
- Allport, G. W., & Postman, L. (1947). The Psychology of Rumor. Henry Holt and Company.
- Benkler, Y., Faris, R., & Roberts, H. (2018). Network Propaganda: Manipulation, Disinformation, and Radicalization in American Politics. Oxford University Press.
- Vosoughi, S., Roy, D., & Aral, S. (2018). The spread of true and false news online. Science, 359(6380), 1146–1151.
- Starbird, K. (2017). Examining the alternative media ecosystem through the production of alternative narratives of mass shooting events on Twitter. Proceedings of the International AAAI Conference on Web and Social Media, 11(1), 230–239.
- Wardle, C., & Derakhshan, H. (2017). Information Disorder: Toward an Interdisciplinary Framework for Research and Policy Making. Council of Europe.
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