Entre testamentos, campanas, sepulturas y mandas piadosas, la Valencia medieval construyó un lenguaje para ordenar la muerte y mantener vivos los vínculos con quienes habían partido. ¿Qué revelan esas palabras sobre la sociedad valenciana? ¿Cómo transformaban el duelo en memoria?
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La muerte nunca ha sido únicamente un hecho biológico. En todas las sociedades históricas ha necesitado palabras, gestos, espacios y ceremonias que permitieran convertir el fallecimiento de una persona en un acontecimiento comprensible para quienes permanecían con vida. En la Valencia medieval y de comienzos de la modernidad, ese proceso quedó especialmente fijado en la documentación escrita: testamentos, protocolos notariales, disposiciones jurídicas, registros eclesiásticos, inventarios y otros documentos permiten observar cómo una sociedad nombraba al moribundo, al cadáver, la sepultura, el duelo y la memoria de los difuntos. El vocabulario funerario permite reconstruir no solo las creencias, sino también las relaciones sociales que se organizaban alrededor de los muertos.
La muerte como hecho lingüístico y social
Estudiar el vocabulario de la muerte en el valenciano antiguo no significa elaborar simplemente una lista de términos relacionados con cadáveres, entierros o funerales. El verdadero interés reside en observar qué palabras aparecen, en qué documentos lo hacen, quién las utiliza y qué función cumplen dentro de cada contexto.
Esta precaución resulta fundamental porque la documentación medieval no reproduce de manera transparente el habla cotidiana. Un testamento es un documento jurídico y, al mismo tiempo, un texto condicionado por fórmulas notariales, tradiciones religiosas y modelos documentales. Una disposición episcopal contra determinadas prácticas tampoco demuestra automáticamente que toda la población las realizara: demuestra, en primer lugar, que la autoridad consideraba necesario prohibirlas. La documentación debe, por tanto, interpretarse críticamente.
En este sentido, los testaments valencianos constituyen una fuente extraordinariamente rica. El estudio de Vicente Pons Alós sobre los siglos XIII-XVI muestra precisamente hasta qué punto estos documentos pueden utilizarse para investigar las actitudes ante la muerte, las mandas piadosas, la familia y las estructuras sociales, siempre dentro de su contexto jurídico y documental.
Por eso, más que buscar en cada palabra una supuesta mentalidad colectiva, conviene reconstruir un campo semántico y ritual de la muerte: un conjunto de expresiones que permitían ordenar jurídicamente, religiosamente y socialmente el tránsito de una persona desde la vida hacia la condición de difunto.
Valencia medieval: una sociedad plural y cambiante
El Reino de Valencia surgido de la conquista cristiana del siglo XIII no constituyó una sociedad homogénea. Durante buena parte de la Edad Media convivieron en el territorio comunidades cristianas, musulmanas y judías, aunque su situación jurídica, demográfica y política fue cambiando con el tiempo. Esa diversidad obliga a evitar la imagen de una única cultura funeraria valenciana.
También debe evitarse una periodización excesivamente rígida. El siglo XIII no puede identificarse sin más con el XV, ni el XV con el XVI. Las instituciones, las prácticas religiosas, las relaciones entre comunidades y la propia lengua escrita experimentaron transformaciones profundas.
El vocabulario de la muerte debe entenderse, por tanto, dentro de una sociedad en evolución. La documentación valenciana de los siglos XIII-XVI permite observar esa evolución precisamente porque conserva distintos tipos de textos y porque la escritura notarial adquirió una importancia creciente en la articulación de las relaciones sociales.
La muerte entraba así en la escritura jurídica no como una cuestión marginal, sino como uno de los acontecimientos que más necesitaban ser regulados.
Morir, expirar y disponer: las palabras del tránsito
El primer grupo léxico corresponde al propio acontecimiento de morir. Palabras como morir, junto con expresiones de tradición religiosa y jurídica, podían presentar el fallecimiento desde perspectivas diferentes. No todas las denominaciones pertenecían necesariamente al mismo registro ni tenían idéntica frecuencia durante todo el periodo.
Aquí es importante no convertir términos documentados en categorías rígidas. Expresiones como defunció u òbit poseen una evidente dimensión culta, administrativa o eclesiástica en determinados contextos, pero su uso y distribución deben establecerse mediante corpus fechados, no mediante una simple equivalencia moderna.
Más segura resulta la observación de que el lenguaje testamentario construía la muerte como un momento de transición jurídica y espiritual.
El testament permitía disponer de bienes, nombrar herederos, establecer llegats y ordenar aspectos relacionados con la sepultura y los sufragios. La persona que dictaba sus últimas voluntades no se limitaba a distribuir un patrimonio: intentaba controlar, en la medida de lo posible, aquello que sucedería después de su fallecimiento.
La documentación valenciana muestra además que no existía un único modelo de testamento. Pons Alós distingue diferentes modalidades y señala transformaciones en su utilización entre los siglos XIII y XVI, incluido el progresivo predominio del testamento abierto desde el siglo XIV.
Esto permite entender el testament como algo más que un documento sobre la muerte: era un instrumento para prolongar la voluntad del individuo más allá de su existencia física.
La buena muerte y la preparación espiritual
La cultura cristiana medieval concedió una importancia extraordinaria a la preparación para la muerte. La preocupación no residía únicamente en evitar una muerte repentina, sino en llegar al final de la vida en unas condiciones consideradas adecuadas para la salvación.
De ahí la importancia de la confesión, la penitencia, la comunión y otros elementos de la pastoral de la muerte. El ideal de la bona mort no debe interpretarse, sin embargo, como una experiencia idéntica para todos los valencianos. Se trataba ante todo de un modelo religioso y social que los documentos podían prescribir o representar.
El testament se convertía en uno de los espacios privilegiados donde ese ideal podía adquirir forma escrita.
El moribundo podía manifestar su voluntad respecto a sus bienes y establecer disposiciones destinadas a beneficiar a instituciones religiosas, familiares o personas necesitadas. Las mandes piadoses vinculaban así el patrimonio con la memoria y la salvación.
La muerte quedaba incorporada a una economía espiritual en la que los vivos podían actuar en favor del difunto mediante oraciones, misses y otras obras piadosas.
Sepultura, fossar y espacio funerario
El vocabulario del entierro nos conduce directamente al espacio.
Términos relacionados con la sepultura, la fossa, el fossar y la acción de soterrar o enterrar aparecen en distintos contextos documentales. Pero tampoco aquí conviene suponer que cada palabra tuvo siempre una única acepción o que su uso fue idéntico en todas las localidades.
Lo importante históricamente es que la sepultura no constituía un espacio neutro.
La ubicación del cadáver podía relacionarse con la parroquia, la iglesia, el fossar y, en determinados casos, con capillas o espacios funerarios privilegiados. La elección del lugar de enterramiento podía expresar vínculos familiares, posición social, devoción religiosa y deseo de perpetuar la memoria.
La documentación valenciana ofrece ejemplos particularmente reveladores de derechos de sepultura asociados a capillas. El caso de Lluís de Perellós, fallecido en 1530, documenta la relación entre una capilla, el derecho de sepultura y la memoria de un linaje. También existen testimonios sobre los gastos funerarios y el consumo de cera.
La sepultura era, por tanto, simultáneamente lugar de descanso, espacio religioso, patrimonio familiar y signo de memoria social.
El cadáver y la memoria
El cuerpo muerto no desaparecía inmediatamente de la vida social. Después del fallecimiento comenzaba una segunda existencia, ya no biológica, sino jurídica, ritual y memorial.
El difunt podía seguir presente en testaments, inventarios, pleitos, fundaciones piadosas y documentos familiares. Incluso los inventarios post mortem permiten reconstruir aspectos de la vida material de quienes habían muerto.
La muerte producía así una paradoja: el individuo dejaba de existir físicamente, pero su presencia documental podía aumentar.
Su patrimonio debía ser identificado, sus deudas resueltas, sus herederos establecidos y sus disposiciones ejecutadas. El fallecido continuaba ejerciendo una especie de agencia póstuma a través de la escritura.
El testament constituía uno de los principales mecanismos de esa continuidad.
Luto, planto y manifestación del dolor
El duelo tenía también una dimensión pública.
Las sociedades medievales no concebían necesariamente el dolor como una experiencia puramente interior. El fallecimiento podía provocar una serie de manifestaciones visibles: acompañamiento, llanto, vestimenta, oraciones, ceremonias religiosas y participación comunitaria.
Aquí debe distinguirse entre el plany o planto como expresión literaria o ritual del lamento y cualquier supuesto grupo profesional de mujeres dedicado sistemáticamente al llanto funerario. Este último aspecto requiere documentación local específica y no debe generalizarse sin pruebas suficientes.
La tradición del lamento fúnebre está documentada en el mundo medieval hispánico, tanto en prácticas populares como en literatura. El planto constituye precisamente una forma de lamentación vinculada a la muerte, aunque su presencia literaria no puede utilizarse automáticamente como prueba de una práctica idéntica en Valencia.
El duelo era, en consecuencia, una representación social del dolor, pero representación no significa necesariamente falsedad. El gesto ritual podía ser simultáneamente convencional y emocional.
Una persona podía llorar sinceramente y, al mismo tiempo, hacerlo dentro de unos códigos culturales aprendidos.
El gasto funerario: cera, acompañamiento y prestigio
Uno de los aspectos más reveladores de la documentación funeraria es su dimensión económica.
La muerte implicaba gastos: ceremonias religiosas, cera, sepultura, honorarios, alimentos, vestimenta y otros elementos relacionados con las exequias. La magnitud de estos gastos podía variar enormemente según la posición social del difunto.
La documentación funeraria muestra que la ceremonia podía convertirse también en una manifestación de rango y capacidad económica.
Por eso, el vocabulario funerario no debe separarse de la economía.
Hablar de sepultura, capilla, llegat, missa o funeral significaba también hablar de quién pagaba, quién recibía, quién administraba y quién debía ejecutar la voluntad del difunto.
La muerte activaba una red económica que implicaba a familias, notarios, clérigos, instituciones religiosas y otros actores.
Las mandas piadosas y las ánimas
La preocupación por la suerte del alma constituye otro de los grandes núcleos del lenguaje funerario cristiano.
Las mandes piadoses permitían establecer recursos destinados a misses, aniversarios, limosnas y otras obras religiosas. En este contexto, la doctrina del purgatorio adquirió una enorme importancia cultural porque proporcionaba un marco para pensar la relación entre los muertos y los vivos.
Las ànimes del purgatori podían convertirse así en objeto de oración e intercesión.
El difunto ya no podía actuar directamente en el mundo, pero los vivos podían interceder por él.
El vocabulario de las ànimes, los sufragis, las misses, los aniversaris y los llegats piadosos articulaba de esta manera una relación entre dos comunidades: la de los vivos y la de quienes habían muerto.
La memoria se convertía así en una forma de supervivencia social.
Notarios: los escribanos de la última voluntad
La importancia del notariado merece una atención especial.
El notario no era un simple copista. Su autoridad jurídica hacía posible transformar la voluntad individual en un documento capaz de producir efectos después de la muerte.
La documentación valenciana medieval muestra la consolidación de la autoridad notarial y la existencia de libros especializados para distintas actividades jurídicas, entre ellas los testaments.
Esta circunstancia convierte al notario en una figura fundamental para estudiar el vocabulario funerario.
El lenguaje de la muerte quedaba filtrado por una institución profesional que transformaba la palabra hablada en escritura jurídicamente válida.
El tránsito podía comenzar con una persona dictando sus deseos y terminar con una fórmula documental que permitía ejecutarlos.
Entre ambos momentos estaba la escritura.
El testamento como mapa de la sociedad
Un testament no habla solamente de la muerte.
Habla de la familia.
Habla de las jerarquías.
Habla de la riqueza.
Habla de las relaciones de confianza.
Habla de las obligaciones religiosas.
Y, en ocasiones, habla también de conflictos.
El testamento de micer Joan Mercader, estudiado en relación con un proceso sobre su posible invalidez, muestra hasta qué punto el documento testamentario podía convertirse en objeto de disputa y revelar tensiones familiares y sociales.
Esto resulta fundamental para comprender el lenguaje funerario: las palabras de la muerte no eran únicamente palabras solemnes. Podían producir consecuencias económicas y jurídicas muy concretas.
La muerte como sonido: campanas y comunicación urbana
La muerte también podía escucharse.
Las campanas de las iglesias convertían el fallecimiento individual en un acontecimiento perceptible para toda la comunidad. Un toque funerario podía comunicar que alguien había muerto sin necesidad de que los habitantes conocieran todavía su nombre.
En determinadas fuentes aparecen expresiones relacionadas con el seny de difunts y otras denominaciones de los toques, pero las clasificaciones concretas deben estudiarse según la localidad y la época, pues no es prudente atribuirles un significado universal para todo el territorio valenciano.
La idea general, no obstante, resulta significativa: la muerte podía convertirse en información pública mediante el sonido.
El individuo moría dentro de una comunidad, y la comunidad era informada de esa muerte mediante códigos compartidos.
Mujeres, duelo y memoria
La perspectiva de género permite introducir otra dimensión.
Las mujeres aparecen en la documentación funeraria como esposas, madres, hijas, viudas, herederas, beneficiarias y participantes de redes familiares y religiosas. No debe reducirse su presencia a la imagen tradicional de la mujer llorando al difunto.
El duelo femenino podía desarrollarse dentro de códigos sociales específicos, pero las mujeres también podían intervenir activamente en la transmisión de bienes, en la memoria familiar y en la ejecución de determinadas disposiciones.
La documentación debe permitir reconstruir casos concretos.
Y esos casos pueden revelar algo fundamental: el duelo era también una forma de relación social.
Entre la norma y la práctica
Uno de los mayores peligros al estudiar la muerte medieval consiste en confundir la norma con la realidad.
Un testament indica lo que el testador quiso dejar establecido.
Una ordenanza indica lo que una autoridad pretendía regular.
Un sínodo indica lo que una autoridad religiosa consideraba necesario corregir.
Un inventario indica determinados bienes existentes después de una muerte.
Un proceso judicial registra una disputa.
Ninguna de estas fuentes equivale por sí sola a la experiencia completa del individuo.
Pero precisamente cuando se combinan, pueden producir una imagen mucho más rica.
El testament puede mostrar una disposición piadosa; el inventario, el patrimonio que dejó el difunt; un pleito, los conflictos que surgieron después; una sepultura, la memoria material de la familia; y una disposición eclesiástica, los comportamientos que las autoridades intentaban controlar.
La historia de la muerte aparece entonces como una red documental, no como una única voz.
Una lengua entre la vida y la muerte
El valenciano antiguo utilizado en documentos jurídicos, religiosos y privados constituye uno de los instrumentos mediante los cuales esa sociedad organizó la experiencia de morir.
Pero conviene evitar la idea de que cada palabra poseía una carga simbólica fija.
El significado dependía del contexto.
Una misma palabra podía adquirir matices diferentes en una escritura notarial, un texto religioso, una obra literaria o una disposición jurídica. Por eso, el estudio del vocabulario funerario exige una auténtica semántica histórica: hay que estudiar no solo qué significaba una palabra, sino cómo se utilizaba y qué acciones permitía realizar.
Decir que alguien dejaba un llegat no era simplemente describir una intención.
Era crear una obligación.
Establecer una sepultura no era solamente mencionar un lugar.
Era fijar una relación entre memoria, espacio y familia.
Nombrar un hereu no era únicamente hablar del futuro.
Era modificar jurídicamente el presente.
La lengua de la muerte era, por tanto, profundamente performativa.
La muerte como negociación de la memoria
Cuando una persona elegía dónde ser enterrada, qué institución debía recibir una donación, quién ejecutaría su testament o qué sufragis debían celebrarse por su alma, estaba tomando decisiones sobre su propia memoria.
La muerte no terminaba con la desaparición física.
Comenzaba entonces una segunda fase: la negociación de lo que quedaría de aquella persona entre los vivos.
El patrimonio podía dividirse.
El nombre podía conservarse.
La tumba podía convertirse en punto de referencia familiar.
Una capilla podía vincular durante generaciones el recuerdo de un linaje con un espacio religioso.
Una missa anual podía transformar el aniversario de la muerte en una fecha recurrente.
La memoria era, por tanto, una construcción social.
Y el vocabulario funerario proporcionaba buena parte de las herramientas para construirla.
Ortodoxia y prácticas protectoras
El terreno de la superstición es mucho más difícil de reconstruir.
La razón es sencilla: quienes dejaron mayor cantidad de testimonios escritos sobre las prácticas consideradas supersticiosas fueron, en gran medida, quienes intentaban prohibirlas.
Cuando una autoridad condena un conjur, un amulet o una práctica adivinatoria, la fuente demuestra con seguridad que consideraba necesario combatir ese comportamiento. Pero no permite saber automáticamente cuántas personas lo practicaban, con qué frecuencia o qué significado exacto le atribuían.
Esta diferencia metodológica es esencial.
El historiador debe evitar convertir una condena eclesiástica en una fotografía directa de la religiosidad popular.
Aun así, la repetición de determinadas prohibiciones puede indicar que existía una tensión persistente entre la religión normativa y prácticas protectoras transmitidas por costumbre.
Para una persona medieval, la frontera entre devoción, costumbre y protección sobrenatural podía ser mucho menos rígida de lo que sugieren nuestras categorías modernas.
El cadáver como objeto de protección y peligro
El cuerpo muerto podía ser contemplado simultáneamente con respeto, temor y reverencia.
Era el cuerpo de una persona que había pertenecido a una familia y a una comunidad, pero también el recordatorio material de la corrupción y de la fragilidad humana.
Esta ambivalencia explica la importancia de determinados objetos y gestos funerarios.
El agua bendita, la oración, la cruz, la luz de las velas y otros elementos del ritual cristiano no eran simples adornos. Formaban parte de una estructura simbólica destinada a situar la muerte dentro de un orden religioso.
Las prácticas que las autoridades consideraban supersticiosas podían apropiarse de elementos semejantes y dotarlos de otras funciones.
La misma cultura material podía, por tanto, ser interpretada de formas distintas.
Ariès, Vovelle y el problema de las periodizaciones
La historia occidental de la muerte ha estado profundamente marcada por autores como Philippe Ariès y Michel Vovelle.
Ariès puso el énfasis en las transformaciones históricas de las actitudes occidentales ante la muerte y desarrolló modelos interpretativos de gran influencia. Vovelle, por su parte, insistió especialmente en el análisis histórico de las mentalidades mediante grandes series documentales, entre ellas los testaments.
Pero aplicar mecánicamente una periodización construida a partir de otras regiones europeas puede conducir a simplificaciones.
La Valencia medieval presenta una trayectoria propia.
La documentación testamentaria estudiada por Pons Alós demuestra que entre los siglos XIII y XVI se producen cambios importantes en los modelos testamentarios, en las actitudes ante la muerte y en las formas de articular las mandes piadoses y las relaciones familiares.
Por ello, más que preguntar si Valencia confirma o contradice completamente a Ariès o Vovelle, resulta más productivo utilizar sus planteamientos como herramientas comparativas.
La historia de la muerte valenciana tiene sus propios ritmos.
Conclusión: nombrar la muerte para hacerla soportable
El vocabulario de la muerte en el valenciano antiguo revela mucho más que una colección de términos relacionados con cadáveres, sepultures, entierros y funerales.
Revela una sociedad que necesitaba ordenar lingüísticamente aquello que no podía controlar biológicamente.
El testament convertía la última voluntad en una obligación jurídica. La sepultura transformaba el espacio en memoria. Las mandes piadoses vinculaban a los vivos con las necesidades espirituales de los muertos. Las ceremonias convertían el fallecimiento privado en acontecimiento colectivo. Las campanas podían transformar una muerte individual en noticia pública. El dol y el plany daban una forma socialmente reconocible al dolor. Y las prácticas consideradas supersticiosas muestran que, junto a la religión normativa, existían otras maneras de enfrentarse a la incertidumbre y al miedo.
Pero el verdadero valor histórico de este vocabulario reside precisamente en sus contradicciones.
No encontramos una cultura funeraria perfectamente uniforme, sino una sociedad en la que coexistían normas y costumbres, religión y prácticas protectoras, voluntad individual y fórmulas notariales, memoria familiar y jerarquía social.
La documentación valenciana de los siglos XIII al XVI permite observar además que estas realidades cambiaron con el tiempo. Los testaments no fueron siempre iguales, la práctica notarial se transformó, las estructuras familiares evolucionaron y las formas de expresar la relación con la muerte también experimentaron modificaciones.
Por eso, quizá la mejor manera de entender el vocabulario funerario valenciano sea considerarlo como un archivo lingüístico de la memoria.
Cada término pertenece a un contexto.
Cada fórmula responde a una necesidad.
Cada disposición testamentaria intenta prolongar una voluntad.
Y cada sepultura trata, de alguna manera, de impedir que la muerte sea también un borrado completo.
Las palabras no podían detener el fallecimiento, pero sí podían organizar aquello que venía después.
Podían decir quién había muerto, dónde debía reposar, quién heredaría sus bienes, quién rezaría por su alma y cómo debía ser recordado.
En ese sentido, la lengua funeraria fue una de las formas mediante las cuales la sociedad valenciana medieval convirtió la muerte en una realidad socialmente inteligible.
No eliminó el miedo ni resolvió el misterio de la desaparición.
Pero permitió nombrarlos.
Y, al nombrarlos, hizo posible integrarlos en el derecho, en la religión, en la familia, en la economía y en la memoria colectiva.
La muerte, finalmente, no podía ser vencida por las palabras.
Pero sí podía ser nombrada, ritualizada y recordada.
Bibliografía
- Almenar Fernández, L. (2017). Los inventarios post mortem de la Valencia medieval. Una primera aproximación. Universitat Complutense de Madrid.
- Ariès, Philippe (1983). El hombre ante la muerte. Taurus.
- Le Goff, Jacques (1981). El nacimiento del Purgatorio. Taurus.
- Pons Alós, Vicent (1987). Testamentos valencianos en los siglos XIII-XVI: testamentos, familia y mentalidades en Valencia a finales de la Edad Media. Tesis doctoral, Universitat de València.
- Pons Alós, Vicent (1994-1995). “Documento y sociedad: el testamento en la Valencia medieval”. Estudis Castellonencs, 6, pp. 1101-1118.
- Pons Alós, Vicent (2022). Los notarios y su documentación. Diplomática notarial valenciana. Universitat de València.
- Vovelle, Michel (1983). La mort et l’Occident de 1300 à nos jours. Gallimard.
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