Entre el árabe de la sociedad andalusí, el hebreo de la tradición judía y las variedades romances que sobrevivieron y después se transformaron, Valencia fue escenario de un complejo contacto lingüístico entre los siglos XI y XIII. Pero aquellas lenguas no ocupaban el mismo lugar ni tenían el mismo prestigio. ¿Cómo se relacionaban realmente sus hablantes? ¿Qué cambió con la conquista de 1238?
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Tres lenguas en una misma ciudad: estratificación, contacto y desigualdad en la Valencia medieval (siglos XI-XIII)
Existe una tentación persistente en la historiografía y en la memoria cultural de la península ibérica: narrar el pasado como una sucesión de bloques monolíticos que se sustituyen unos a otros. Cristianos frente a musulmanes, latín frente a árabe, Reconquista frente a Al-Ándalus. Valencia, sin embargo, obliga a una mirada distinta. Entre el esplendor tardío de la Madīna Balansiya y las primeras décadas posteriores a la conquista de 1238, la ciudad y su territorio funcionaron como un espacio de contacto lingüístico intenso, desigual y cambiante, en el que el árabe andalusí, el hebreo y diversas variedades romances coexistieron no como un ideal de armonía, sino como instrumentos de poder, de supervivencia económica, de transmisión de saberes y de diferenciación social.
La pregunta que orienta este ensayo no es si Valencia fue un paraíso de tolerancia —concepto anacrónico y engañoso—, sino cómo y por qué tres tradiciones lingüísticas pudieron superponerse en un mismo tejido urbano y rural, qué jerarquías las ordenaban, qué funciones cumplían y cómo esa pluralidad se transformó, sin desaparecer de golpe, tras la incorporación del territorio a la Corona de Aragón. El fenómeno interesa precisamente porque es frágil, incompleto y controvertido: las fuentes son desiguales, la terminología moderna induce a error y las interpretaciones han oscilado entre la idealización y la negación.
El marco histórico: de la taifa a la frontera en movimiento
A comienzos del siglo XI, tras la desintegración del califato de Córdoba, Valencia se constituyó como taifa. La ciudad controlaba una de las huertas más productivas del Mediterráneo occidental, articulada por un sofisticado sistema de riego de herencia andalusí. La economía se basaba en la agricultura intensiva (cereales, frutales, hortalizas, y más tarde el auge de productos como la seda y el azúcar en determinadas zonas), en el comercio marítimo y en la articulación de un hinterland que enlazaba el interior peninsular con las rutas del Magreb y del Mediterráneo central.
Políticamente, el periodo es de inestabilidad: taifas, intervención almorávide, resistencia local, dominio almohade y, finalmente, la presión creciente de los reinos cristianos del norte. Socialmente, la población era mayoritariamente musulmana, con minorías cristianas (mozárabes) y judías. La estructura no era homogénea: existían élites urbanas letradas, comunidades rurales organizadas en alquerías, grupos de artesanos y mercaderes, y una diferenciación clara entre quienes dominaban la lengua y la cultura escritas de prestigio y quienes se movían en registros orales o mixtos.
En este escenario, la lengua no era un simple vehículo neutro. Era un marcador de estatus, de acceso a la administración, a la ciencia, al derecho y al mercado.
Las lenguas en presencia: precisión terminológica y límites de la evidencia
El árabe andalusí como lengua dominante
El árabe, en su variedad andalusí, constituía la lengua de la alta cultura, de la administración, de la jurisprudencia islámica, de la poesía y de gran parte del saber técnico (agricultura, irrigación, medicina, astronomía). No se trata de un árabe “orientalizante” en sentido estricto —etiqueta que resulta imprecisa y poco útil sin un análisis dialectológico detallado—, sino de la modalidad del árabe que se había desarrollado en Al-Ándalus, con sus rasgos propios, su léxico enriquecido por préstamos y su uso tanto en registros cultos como en la comunicación cotidiana de amplias capas de la población musulmana.
La documentación, la epigrafía y los tratados técnicos muestran su centralidad. Incluso después de 1238, el árabe siguió siendo indispensable para gestionar a la población mudéjar y para conservar el conocimiento práctico de la huerta.
Las variedades romances: el problema del nombre
Hablar de “valenciano” para los siglos XI-XIII constituye un anacronismo problemático. El valenciano, como variedad del catalán que se consolida y se documenta con fuerza tras la conquista y la repoblación, no puede proyectarse sin matices sobre la etapa andalusí. Lo que existía era, en el mejor de los casos, un conjunto de variedades romances habladas por comunidades cristianas (mozárabes) y, posiblemente, por otros grupos en situaciones de contacto, junto con un sustrato románico detectable en el árabe andalusí (toponimia, léxico agrícola, nombres de instituciones).
La evidencia escrita de este romance es escasa y fragmentaria. No cabe afirmar de manera contundente que “comenzaba a codificarse en los ajami”. Los textos aljamiados (romance en caracteres árabes) son un fenómeno mejor documentado en otros espacios y periodos peninsulares, especialmente más tardíos. En el Sharq al-Andalus, la persistencia del romance se infiere sobre todo por indicios indirectos: la existencia de comunidades mozárabes, préstamos, toponimia y la posterior facilidad con la que las variedades romances de los conquistadores se implantaron sobre un territorio que no era lingüísticamente virgen. La cautela es aquí obligatoria: había oralidad romance residual y contacto, pero no una lengua romance estandarizada ni una literatura romance andalusí valenciana comparable a lo que se documenta después.
El hebreo y las prácticas lingüísticas judías
La comunidad judía de Valencia poseía una aljama de importancia. El hebreo funcionaba como lengua sagrada, litúrgica y de alta cultura intelectual (exégesis, filosofía, poesía, ciencia). Sin embargo, la lengua vernácula de muchos judíos peninsulares en este periodo era el árabe o, en determinados contextos, variedades romances. El hebreo no era necesariamente la lengua del mercado cotidiano, sino el vehículo de una identidad religiosa y de una tradición textual que permitía a las élites judías participar en redes de saber que atravesaban las fronteras confesionales.
Función social del multilingüismo: desigualdad, no idilio
La coexistencia de estas lenguas no derivaba de un proyecto cosmopolita. Respondía a necesidades prácticas y a una estratificación clara.
En el mercado y en las redes mercantiles del Mediterráneo, la capacidad de mediar entre códigos era un capital. Traductores, intermediarios, mercaderes y agentes que se movían entre el árabe y el romance (y, en el caso judío, con el hebreo como recurso culto adicional) ocupaban posiciones estratégicas. Valencia era un nodo comercial relevante en el Mediterráneo occidental —no “el” gran emporio en sentido exclusivo, sino un centro importante articulado con otros puertos y rutas—, y esa posición exigía competencias lingüísticas cruzadas.
En la administración y en la gestión de la tierra, el árabe era la lengua que permitía entender los derechos de agua, los repartos de cultivos y la organización de las alquerías. Tras la conquista, esta realidad se volvió aún más evidente: los nuevos señores cristianos necesitaban preservar el conocimiento técnico mudéjar.
La diglosia y el contacto eran, por tanto, funcionales y jerárquicos. Una lengua podía ser de prestigio en un ámbito y subordinada en otro. El multilingüismo real de la población común es difícil de cuantificar: es probable que muchas personas se manejaran en un código principal y poseyeran competencias pasivas o limitadas en otros, mientras que las élites y los intermediarios desarrollaban un plurilingüismo más activo.
La minoría judía y la transmisión de saberes: una red, no una “escuela”
Presentar a los judíos de Valencia como un “puente intelectual” genérico o hablar de una “Escuela de Traductores de Valencia” equivalente a la de Toledo introduce una imagen excesivamente institucionalizada y anacrónica. Toledo, con su mecenazgo y su concentración de traductores en el siglo XII, constituye un caso particular y mejor documentado. En Valencia, lo que puede sostenerse con mayor rigor es la existencia de redes de transmisión de saberes —medicina, astronomía, técnicas aplicadas— en las que participaban letrados musulmanes y judíos, insertos en un contexto mediterráneo más amplio de circulación de textos y de personas.
La élite judía, formada en el estudio de la tradición rabínica y a menudo familiarizada con el pensamiento árabe y grecorárabe, pudo actuar en determinados casos como mediadora cultural. Pero esta función no debe generalizarse ni idealizarse. Requiere, siempre que sea posible, el anclaje en personas, manuscritos y contextos concretos, y muchos de esos eslabones para el caso valenciano siguen siendo fragmentarios o se comprenden mejor dentro de las redes de la Corona de Aragón y de Al-Ándalus en sentido amplio. La cautela historiográfica aquí es una forma de rigor: la plausibilidad del papel mediador no autoriza a convertirlo en un esquema automático.
1238 y después: ruptura política, continuidad parcial y desplazamiento lingüístico
La conquista de Valencia por Jaime I en 1238 marca un cambio político decisivo. El Llibre del Repartiment y la documentación posterior revelan un proceso de colonización y de reordenación de la propiedad y del poblamiento. Llegaron repobladores principalmente de origen catalán y aragonés, cuya lengua (variedades del catalán que darán lugar al valenciano histórico) se convirtió en la de la nueva élite dirigente, de buena parte de la administración práctica y, progresivamente, de la documentación en romance.
Sin embargo, no hubo una “imposición” lineal y total del valenciano que borrara de inmediato las otras lenguas. El latín retenía el prestigio jurídico y eclesiástico. El árabe permaneció como lengua viva de las comunidades mudéjares, esenciales para el mantenimiento de la productividad agraria. Durante décadas, y en ciertos ámbitos durante más tiempo, fue necesario seguir utilizando el árabe para la gestión cotidiana y para la comunicación con la población sometida. El hebreo y las prácticas lingüísticas judías continuaron en el marco de la aljama, bajo un estatuto de protección y limitación propio de las minorías.
El proceso fue de desplazamiento sociolingüístico y de reordenación jerárquica: la lengua de los conquistadores y de los nuevos poderes urbanos y señoriales ocupó el centro, mientras el árabe quedaba progresivamente confinado a espacios rurales, domésticos y comunitarios mudéjares, hasta las conversiones forzadas y expulsiones de épocas posteriores. El romance de los repobladores no cayó sobre un vacío: se implantó sobre un territorio con sustrato andalusí y con restos de contacto románico previo, lo que explica, entre otras cosas, la intensa presencia de arabismos en el léxico agrícola, de regadío y toponímico del valenciano.
Controversias historiográficas: de la “convivencia” a las zonas de contacto
La interpretación de esta pluralidad ha sido objeto de debate. La idea de una “convivencia” armoniosa, popularizada en ciertas lecturas del siglo XX, ha sido criticada por su idealización y por proyectar valores modernos sobre sociedades medievales profundamente jerárquicas y confesionales. En el otro extremo, visiones que reducen el periodo a un pure conflicto permanente tienden a borrar los espacios de interacción real —económica, técnica, lingüística— que las fuentes documentan.
Autores como Robert I. Burns han insistido en la supervivencia de estructuras y poblaciones musulmanas bajo el nuevo dominio y en la complejidad de la sociedad colonial valenciana del siglo XIII. Thomas F. Glick ha subrayado los procesos de transferencia tecnológica y cultural. Pierre Guichard ha analizado las estructuras sociales andalusíes y su diferencia respecto de los modelos feudales septentrionales. Josep Torró ha estudiado con detalle el nacimiento de la colonia cristiana y los mecanismos de dominación. En el terreno lingüístico, los trabajos sobre el árabe andalusí y el sustrato romance (con Federico Corriente como referencia ineludible) obligan a una prudencia extrema a la hora de reconstruir el mapa oral de la época.
El consenso actual más sólido no describe una igualdad de lenguas ni una tolerancia moderna, sino un sistema de contacto asimétrico, de diglosia y de negociación pragmática, que se transforma con la conquista sin extinguirse de manera inmediata. La Valencia de las tres lenguas es, en este sentido, un caso de pluralidad desigual y cambiante.
Legado y límites de la interpretación
¿Qué permanece de aquel ecosistema? No una “identidad valenciana moderna” derivada de forma directa y esencialista de la pluralidad medieval —afirmación teleológica que excede lo que las fuentes permiten—, sino un conjunto de estratos históricos: un léxico profundamente marcado por el contacto con el árabe, una organización del territorio y del riego que conserva la impronta andalusí, una memoria documentada de minorías y de mediaciones, y un recordatorio de que las lenguas en el Mediterráneo medieval rara vez existieron como compartimentos estancos.
La relevancia contemporánea del tema reside en su capacidad para cuestionar relatos simplificadores. Estudiar la Valencia de los siglos XI-XIII a través de sus lenguas obliga a pensar en términos de jerarquía, de función social, de evidencia incompleta y de transformación gradual. Muestra que el contacto cultural puede ser intenso y productivo sin ser igualitario, y que la conquista política no borra de un plumazo las realidades demográficas y técnicas sobre las que se asienta.
La ciudad que hablaba árabe, hebreo y romance no fue un milagro de entendimiento universal. Fue un espacio histórico concreto, tensado por el poder y la necesidad, en el que la pluralidad lingüística sirvió a la vez para gobernar, para comerciar, para rezar, para transmitir saberes y para marcar fronteras entre comunidades. Comprenderla en su complejidad —sin romanticismo y sin negación— sigue siendo una de las mejores maneras de acercarse a la densidad real de la Edad Media mediterránea.
Bibliografía seleccionada
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Garcia-Oliver, Ferran. La vall de les sis mesquites: El feudalisme als alcusses de la Safor. Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2003 (y trabajos afines sobre mudéjares y sociedad rural).
Glick, Thomas F. Islamic and Christian Spain in the Early Middle Ages. Princeton: Princeton University Press, 1979 (2ª ed. revisada, 2005).
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Hinojosa Montalvo, José. Los judíos en el Reino de Valencia: Fondos de archivo. Alicante / Valencia: trabajos diversos sobre la aljama valenciana y su documentación.
Sanchis Guarner, Manuel. La llengua dels valencians. Valencia: 3i4 (ediciones varias; utilizar con cautela crítica y contrastar con estudios lingüísticos posteriores).
Torró, Josep. El naixement d’una colònia: Dominació i construcció d’una societat feudal a la València medieval (segles XIII-XVI). Valencia: Publicacions de la Universitat de València / Universitat Autònoma de Barcelona, 2006 (y ediciones previas).
Torró, Josep. Estudios sobre el Llibre del Repartiment y la colonización del territorio valenciano.
Viguera Molins, María Jesús (coord.). Trabajos colectivos sobre taifas y el Sharq al-Andalus en volúmenes de Historia de España y actas de congresos especializados.
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