Entre las tumbas del Neolítico del Levante existe una que parece desafiar nuestras ideas sobre la relación entre humanos y animales. En Motza, cerca de Jerusalén, arqueólogos encontraron restos de dos personas asociados deliberadamente con huesos de al menos dos zorros. ¿Fue aquello un ritual funerario con un significado simbólico? ¿O estamos ante una relación mucho más compleja entre humanos, animales y paisaje?
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📷 Imagen generada por Dola Al para El Candelabro. © DR
Colas de animismo: un enterramiento conjunto de humanos y zorros en el Motza del Neolítico Precerámico B
El yacimiento y el problema de partida
Motza se sitúa en las colinas de Judea, al oeste de Jerusalén, y es uno de los mayores yacimientos del Levante meridional, con unas cuarenta hectáreas de extensión. Su arquitectura, sus suelos de yeso, su industria lítica rica en puntas de flecha y la abundancia de sepulturas y restos animales lo convierten en un punto de referencia para estudiar la transición de la caza y la recolección a la agricultura. Entre sus enterramientos hay uno que reúne restos humanos y de zorro en una misma fosa, y que fue publicado en la revista Antiquity en 2019 con el título Tails of animism. (Reshef et al., 2019)
Este ensayo sostiene una tesis precisa. Los datos documentan una asociación intencionada entre personas y partes de zorro dentro de una misma tumba, pero la lectura animista propuesta por los autores es una hipótesis de alto nivel conceptual. Separar ambos planos es la condición para evaluar el caso con rigor. La pregunta que plantea el artículo, qué revela una sola tumba sobre las relaciones entre humanos y pequeños carnívoros durante los milenios VIII y VII a. C., exige precisamente esa distinción.
Contexto comparado y marco teórico
El artículo sitúa el hallazgo en un panorama comparado escaso. Menciona el yacimiento preagrícola de Uyun al-Hammam, en Jordania, donde un esqueleto de zorro parcialmente articulado apareció en una tumba humana. También recuerda el caso de Shillourokambos, en Chipre, donde un gato articulado acompañaba a un enterramiento del siglo VII a. C. aproximadamente, y Kfar HaHoresh, donde se documentaron cráneos humanos junto a numerosas mandíbulas de zorro. (Reshef et al., 2019; Maher et al., 2011)
Lo que une estos ejemplos es la presencia de carnívoros pequeños en contextos funerarios. El marco teórico que emplean los autores descansa en tres conceptos: la neolitización entendida como proceso gradual, la noción de ecología antropogénica y la idea de animismo. Este último se apoya en la definición de la antropología relacional, que describe el animismo como una forma de tratar a las entidades no humanas como sujetos con personalidad. Según los autores, la incorporación simbólica de elementos del mundo animal en rituales es típica de religiones animistas más que de religiones teístas. (Bird-David, 1999; Rappaport, 1979)
Qué se encontró: la estructura funeraria
La tumba se localizó en el área B del yacimiento, junto a un muro y restos de un suelo de yeso, lo que sugiere un contexto doméstico y no un cementerio apartado. El enterramiento más antiguo de la fosa corresponde a un niño, que parece haber sido perturbado por una doble inhumación de un adulto varón de más de sesenta años y un adolescente de sexo no determinado. cambridge
El adulto fue depositado en estado desarticulado, dentro de un contenedor rectangular que no se conservó. Los investigadores consideran posible una reinhumación, es decir, un traslado de restos a una nueva disposición en el mismo momento en que se enterró al adolescente. Este fue colocado encima del adulto, sobre el costado derecho y en posición flexionada. La distinción entre lo observado, como el orden de deposición, las posiciones y la desarticulación, y lo inferido, como la reinhumación, es esencial para valorar el caso.
Otros objetos asociados incluyen cuentas, conchas, piedra tallada y una pulsera de piedra. La publicación no los describe con detalle, de modo que no es posible atribuirles un significado concreto. Además, los informes preliminares del yacimiento mencionan más de doscientos enterramientos, en su mayoría individuales y con algunos colectivos. La tumba no es, por tanto, un caso aislado, sino excepcional por su composición.
Los restos de zorro: número, disposición y estado
Los restos de zorro suman 43 especímenes identificados que corresponden a un mínimo de dos individuos. Los autores sostienen que su asociación con la doble inhumación es clara y que se distingue de los fragmentos de caprinos que aparecen sin estructura en el relleno de la fosa. Esta separación entre restos depositados de forma organizada y restos dispersos es uno de los argumentos empíricos centrales del trabajo. cambridge
La distribución es el aspecto más llamativo. Una mandíbula izquierda de zorro reposaba sobre el cráneo del adolescente. Dos fémures derechos y dos mandíbulas derechas se situaban sobre el antebrazo derecho del mismo individuo. En el contenedor del adulto, bajo el fémur derecho, había falanges, metápodos y un astrágalo derecho completamente articulado. Además se documentaron un húmero y un radio de zorro. Los autores atribuyen parte de la dispersión a procesos tafonómicos y a la compactación del sedimento, y reconocen que la disposición original no se conoce con certeza.
La introducción del artículo describe los huesos como descuartizados, salvo un pie hallado en conexión anatómica. El término es descriptivo. La publicación no demuestra por sí sola las intenciones de quienes depositaron los restos. Lo que sí se documenta es la presencia de piezas de zorro en posiciones concretas dentro de la tumba.
Cronología: lo que puede afirmarse
El artículo sitúa la tumba en el tramo final del Neolítico Precerámico B y ubica el yacimiento entre 7600 y 6000 a. C. aproximadamente. Sin embargo, en la versión consultada no aparecen fechas radiocarbónicas propias del enterramiento ni códigos de laboratorio asociados a él. El intervalo citado debe entenderse, por tanto, como la cronología general del yacimiento y no como una datación directa de la sepultura. Esta precisión importa porque la pregunta de investigación se formula en términos de los milenios VIII y VII a. C.
Conviene además no confundir esta fase con horizontes más antiguos del mismo sitio. Un estudio de datación de 2005 sobre depósitos del PPNB temprano de Motza agrupó fechas entre 10 600 y 10 100 cal BP, consistentes con las de otros yacimientos del PPNB temprano. Atribuir esas cronologías a la tumba sería un error metodológico. (Yizhaq et al., 2005) arizona
Qué hace excepcional el caso
La rareza del enterramiento radica en la combinación de sus rasgos más que en uno solo. Los autores señalan que los enterramientos con pequeños carnívoros, excluidos los perros domésticos, son conocidos en muy pocos sitios. El caso de Motza reúne dos individuos humanos de edades distintas, restos de dos zorros representados por numerosos elementos, una colocación diferenciada de piezas en cada individuo y una posible reinhumación. Ninguno de estos rasgos es único, pero su conjunto sí lo es.
Esa excepcionalidad, sin embargo, no equivale a un significado unívoco. El número de individuos, la presencia de piezas anatómicas concretas y la proximidad a un muro y a un suelo de yeso pueden responder a varios usos sociales. El texto no permite elegir entre ellos con certeza, y esa indeterminación es precisamente lo que hace que el caso sea un objeto de debate y no una prueba cerrada.
Interpretaciones propuestas: entre la evidencia y la hipótesis
Los autores proponen que la neolitización implicó relaciones más estrechas entre humanos y pequeños carnívoros, expresadas en la práctica ritual. Su argumento parte de un proceso ecológico bien establecido: la vida sedentaria generó residuos y ecologías antropogénicas que atrajeron a animales como los zorros, y de ahí surgió una relación comensal. Sobre esa base sostienen que la presencia de zorros en tumbas refleja una visibilidad ecológica creciente y una simbolización de los cambios en las comunidades animales cercanas. La propuesta es coherente, pero se apoya en una cadena de inferencias que va del registro ecológico a la representación simbólica.
El término central del título, animismo, es el que más requiere cautela. El resumen habla de visiones del mundo animistas que posiblemente continuaron, una formulación condicional que no equivale a demostrar la existencia de creencias concretas sobre los zorros. Tampoco hay en la publicación evidencia de culto, de una divinidad asociada a estos animales ni de veneración de los zorros como tales. Afirmar que los habitantes de Motza adoraban a los zorros excedería por completo los datos. cambridge
Debate conceptual: símbolo o ecología
El núcleo historiográfico del caso es la tensión entre explicaciones simbólicas y explicaciones ecológicas o prácticas de la presencia animal en contextos funerarios. El artículo adopta una posición mixta: reconoce el papel ecológico de los zorros como comensales y, a la vez, sostiene que su inclusión en tumbas responde a una lógica simbólica. Para esta segunda lectura, la figura de la antropología relacional ofrece un vocabulario útil, aunque plantea un riesgo: trasladar categorías de sociedades etnográficas recientes a un registro arqueológico de hace casi nueve mil años.
La alternativa más sobria es que la presencia de zorro sea el resultado de procesos de deposición y relleno, o de una práctica más difusa que no requiere un significado ritual explícito. La propia publicación reconoce que la disposición original puede haberse alterado. Esa posibilidad no invalida la hipótesis de los autores, pero obliga a presentarla como una de varias lecturas plausibles.
Conclusión: síntesis crítica y aporte interpretativo
El caso de Motza es auténtico y está documentado con un rigor que lo hace singular. Su valor reside en la combinación de una tumba de dos individuos humanos, una asociación controlada con restos de dos zorros y un contexto doméstico, dentro de un yacimiento de primer orden para entender la neolitización. Los datos materiales son sólidos en lo esencial: el número de restos, su separación respecto al relleno y su disposición en puntos concretos de la tumba.
Lo que resulta más discutible es el salto desde esos datos hacia la idea de animismo. Propongo distinguir tres planos analíticos: el material, que incluye quién fue enterrado, dónde y cómo se dispusieron los restos; el cronológico, que permanece pendiente de dataciones directas del enterramiento; y el interpretativo, que abarca los significados sociales y religiosos. Mantener separados estos planos permite reconocer la fuerza del hallazgo sin atribuirle una creencia que no puede demostrarse.
Como aporte propio, sugiero que futuros estudios comparen sistemáticamente la colocación de restos de zorro en otras tumbas del Levante, con criterios tafonómicos explícitos, y que incorporen fechas radiocarbónicas específicas para la sepultura. Solo así podría evaluarse si la asociación entre humanos y zorros fue una práctica recurrente o un episodio singular. Hasta entonces, la lectura más defendible es la de una relación ritual deliberada, aún abierta en cuanto a su naturaleza exacta.
Referencias
Bird-David, N. (1999). ‘Animism’ revisited: Personhood, environment, and relational epistemology. Current Anthropology, 40(S1), S67–S91.
Maher, L. A., Stock, J. T., Finney, S., Heywood, J. J., Miracle, P. T., y Banning, E. B. (2011). A unique human-fox burial from a pre-Natufian cemetery in the Levant (Jordan). PLoS ONE, 6(1), e15815.
Rappaport, R. A. (1979). Ecology, meaning, and religion. North Atlantic Books.
Reshef, H., Anton, M., Bocquentin, F., Vardi, J., Khalaily, H., Davis, L., Bar-Oz, G., y Marom, N. (2019). Tails of animism: A joint burial of humans and foxes in Pre-Pottery Neolithic Motza, Israel. Antiquity, 93(371), e28.
Yizhaq, M., Mintz, G., Cohen, I., Khalaily, H., Weiner, S., y Boaretto, E. (2005). Quality controlled radiocarbon dating of bones and charcoal from the early Pre-Pottery Neolithic B (PPNB) of Motza (Israel). Radiocarbon, 47(2), 193–206.
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