Entre las certezas heredadas y las nuevas exigencias de la razón, Benito Jerónimo Feijoo emprendió una batalla intelectual que transformó la cultura española del siglo XVIII. Al escribir en castellano y cuestionar supersticiones arraigadas, convirtió el conocimiento en una herramienta de utilidad pública. ¿Podía la razón desafiar siglos de autoridad sin enfrentarse a la fe? ¿Hasta dónde podía llegar la emancipación intelectual en una sociedad todavía dominada por la tradición?


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“Harásme también cargo, por qué, habiendo de tocar muchas cosas facultativas, escribo en el idioma Castellano. Bastaríame por respuesta el decir, que para escribir en el idioma nativo no se ha menester más razón, que no tener alguna para hacer lo contrario. No niego que hay verdades, que deben ocultarse al Vulgo, cuya flaqueza más peligra tal vez en la noticia que en la ignorancia; pero ésas ni en Latín deben salir al público, pues harto Vulgo hay entre los que entienden este idioma, y fácilmente pasan de éstos a los que no saben más que el castellano. 
       
Tan lejos voy de comunicar especies perniciosas al público, que mi designio en esta Obra es desengañarle de muchas, que por estar admitidas como verdaderas, le son perjudiciales; y no sería razón, cuando puede ser universal el provecho, que no alcanzase a todos el desengaño”

Feijoo, Benito Jerónimo, Teatro crítico universal

La democratización del saber y la epistemología del desengaño en la Ilustración española


El nacimiento de Benito Jerónimo Feijoo en 1676 marca una profunda transformación epistemológica en la península ibérica. Su obra magna, el Teatro crítico universal, redefine la función social del intelecto. Al optar por el castellano, Feijoo realiza un acto político de divulgación científica siglo XVIII. Esta decisión lo sitúa en el epicentro de la Ilustración española, desafiando monopolios escolásticos y proponiendo una reforma intelectual basada en la utilidad pública y la erradicación de supersticiones populares y arraigadas.

La tesis central sostiene que la elección vernácula de Feijoo constituye el fundamento de una epistemología del desengaño orientada a la emancipación cognitiva del vulgo. Lejos de ser un mero traductor de ideas extranjeras, el autor problematiza el acceso al conocimiento, entendiendo que la barrera idiomática perpetuaba la ignorancia. El latín actuaba como mecanismo de exclusión. Escribir en castellano es el primer paso para consolidar una esfera pública donde el pensamiento crítico español opere como herramienta de progreso.

El debate historiográfico sobre la Ilustración española ha oscilado entre quienes la consideran un fenómeno tardío y quienes resaltan su originalidad. Richard Herr argumentó que el pensamiento crítico español carecía de impacto social. Sin embargo, historiadores como Jesús Astigarraga demuestran que la obra de Feijoo generó una reforma intelectual española masiva. Su empirismo no fue una copia servil, sino una adaptación contextualizada que penetró en diversos estratos sociales, modificando hábitos mentales y creando un mercado editorial moderno.

Para analizar este fenómeno, se emplea un marco teórico que integra la sociología del conocimiento con la historia conceptual. La noción de esfera pública, adaptada al contexto peninsular, permite comprender cómo los textos de Feijoo funcionaron como espacios de sociabilidad letrada. No era un ágora secular, sino una Ilustración católica donde la ortodoxia doctrinal coexistía con la heterodoxia metodológica. El desengañar al vulgo implicaba trascender la crítica de errores para instaurar un régimen de verdad basado en la observación empírica.

La España del siglo XVIII atravesaba una crisis de modernización tras la Guerra de Sucesión. Las instituciones académicas, ancladas en el aristotelismo, resultaban insuficientes para un Estado centralizado. La historia de las ideas en España revela que el empirismo feijoniano no atacaba los dogmas de fe, sino las falsedades naturales que afectaban la salud pública. Su crítica a la astrología y las supersticiones rurales respondía a una necesidad biopolítica de mejorar la productividad y el bienestar de los vasallos mediante la razón y la observación empírica.

El concepto de vulgo en la obra feijoniana trasciende la condición de iletrado. Feijoo lo identifica como una disposición mental acrítica, presente incluso en quienes dominan el latín o poseen títulos. Esta problematización desvincula la ignorancia de la clase social y la asocia a la falta de método. Al afirmar que hay vulgo entre los que entienden latín, el autor desmantela la autoridad epistémica de la escolástica. El saber no reside en la repetición de auctoritates, sino en la capacidad de someter la realidad a un escrutinio empírico y riguroso.

La defensa del castellano como vehículo de la ciencia constituye una ruptura con el humanismo tradicional, que reservaba las lenguas clásicas para el saber serio. Feijoo comprende que la divulgación científica siglo XVIII requiere una lengua viva, capaz de expresar matices de la naturaleza sin la rigidez escolástica. Esta opción lingüística tiene implicaciones políticas: al escribir para el público general, el autor legitima a los legos como receptores válidos del conocimiento. El castellano se convierte en el idioma de la utilidad pública y el progreso.

El empirismo crítico de Feijoo implica una actitud de sospecha sistemática frente a la tradición. En su Teatro crítico universal, los ensayos sobre medicina y fenómenos naturales actúan como laboratorios textuales donde se desmontan prejuicios. Esta metodología anticipa la Enciclopedia francesa, aunque con un matiz distintivo: Feijoo no busca reemplazar la religión con la razón, sino purificar la fe de la superstición. La crítica a los milagros apócrifos demuestra que su desengaño tenía un límite teológico, pero una amplitud metodológica sin precedentes.

La recepción de los textos feijonianos transformó los hábitos de lectura en la España borbónica. Al publicar discursos breves y temáticamente diversos, facilitó el consumo intelectual de un público burgués y aristocrático sin formación universitaria. Este formato de ensayo divulgativo permitió que el pensamiento crítico español penetrara en tertulias, salones y bibliotecas privadas. La censura inquisitorial, aunque vigilante, encontró difícil prohibir una obra que introducía el método experimental y la duda metódica bajo la apariencia de un pasatiempo.

La epistemología del desengaño propuesta por Feijoo exige una redefinición de la verdad. Ya no es la correspondencia con textos sagrados o filósofos antiguos, sino la adecuación a la realidad observable. Este giro en la teoría del conocimiento peninsular tiene consecuencias éticas: el ignorante no es solo quien carece de datos, sino un agente que perjudica a la sociedad. Por ello, el deber del intelectual es desengañar al vulgo, asumiendo una responsabilidad cívica. El conocimiento se orienta hacia el bienestar material y la mejora de las condiciones de vida.

No obstante, la reforma intelectual española liderada por Feijoo presenta límites estructurales. Su empirismo carece de un sistema filosófico unificado, limitándose a la crítica destructiva de errores sin construir una metafísica alternativa. Además, su respeto a la Inquisición le impide aplicar el método crítico a la historia sagrada o a la estructura política del Estado. Esta ambivalencia refleja la naturaleza híbrida de la Ilustración española, atrapada entre el deseo de modernización económica y científica, y la necesidad de preservar la hegemonía confesional.

En conclusión, la obra de Benito Jerónimo Feijoo representa un punto de inflexión en la historia de las ideas en España. Su decisión de escribir en castellano no fue una concesión retórica, sino la materialización de un programa epistemológico y político destinado a la emancipación cognitiva. Al desengañar al vulgo, Feijoo sentó las bases de una esfera pública peninsular donde el debate racional y la observación empírica comenzaron a disputar el espacio a la autoridad dogmática. Su legado configuró una tradición de pensamiento crítico español que demostró que la modernización era viable desde la ortodoxia.

Desde una perspectiva interpretativa propia, la vigencia de Feijoo radica en su comprensión de que la verdad no es un estado, sino un proceso de constante depuración. Su epistemología del desengaño prefigura la falibilidad moderna, anticipando que el error es un producto estructural de la mala comunicación del saber. Al democratizar el idioma, alteró la arquitectura del poder intelectual, demostrando que la verdadera autoridad no emana del linaje o la tonsura, sino de la transparencia metodológica y la utilidad social del conocimiento.

En última instancia, el Teatro crítico universal no fue solo un compendio de curiosidades, sino el manifiesto fundacional de una nueva sensibilidad epistémica en la península. Feijoo entendió que la divulgación científica siglo XVIII era el antídoto contra el estancamiento económico y cultural. Su obra recuerda que la modernización de un país no depende de la importación de instituciones extranjeras, sino de la capacidad de sus intelectuales para traducir el saber complejo a un lenguaje accesible, fomentando una ciudadanía crítica capaz de discernir entre la superstición y el progreso.


Referencias

Astigarraga, J. (2003). Los orígenes de la economía política en España. Universidad del País Vasco.

Doménech, J. M. (1985). El pensamiento económico español (1500-1850). Crítica.

Herr, R. (1973). España y la revolución del siglo XVIII. Aguilar.

Pérez Ramos, P. (2011). Feijoo y la ciencia experimental. Universidad de Oviedo.

Sampedro, V. (1993). Historia de la filosofía española. Alianza Editorial.


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