Entre la lógica clásica y el lenguaje cotidiano se abre una pregunta que desafía nuestra intuición más elemental: ¿es una cosa siempre idéntica a sí misma, sin importar cómo la describamos? Peter Geach cuestionó esa certeza y propuso que la identidad depende del criterio con el que distinguimos personas, animales y objetos. Su tesis sacudió los fundamentos de la metafísica analítica y sigue generando controversia. ¿Existe una identidad absoluta? ¿O ser el mismo exige precisar en qué sentido?


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Lo mismo, pero ¿mismo en qué? La identidad relativa de Peter Geach


Introducción

Pocas afirmaciones parecen tan evidentes como que una cosa es idéntica a sí misma y a ninguna otra. Desde la lógica elemental hasta la metafísica, la identidad se ha tratado como una relación absoluta, sin dependencia de los términos que la expresan. Peter Thomas Geach (1916–2013) sostuvo, en cambio, que esa evidencia descansa sobre un malentendido. Según él, el lenguaje ordinario nunca dice simplemente que a es idéntico a b. Dice que a es el mismo perro, el mismo hombre o la misma cosa que b, y en cada caso la relación puede cambiar. Si Geach tiene razón, cabe preguntarse si la identidad puede depender de aquello que comparamos.

El problema no es menor. Si la identidad fuera relativa, buena parte de la lógica de Frege y de la semántica de Quine tendría que replantearse, así como la manera en que la filosofía analítica habla de objetos, persistencia y cambio. El debate que Geach abrió en los años sesenta sigue activo, y su tesis todavía divide a los especialistas.


Contexto: la identidad absoluta y sus defensores


La idea de identidad absoluta tiene una genealogía sólida. Leibniz formuló el principio de los indiscernibles y, en la forma que la lógica moderna recogió, la llamada ley de Leibniz: si a es idéntico a b, todo lo que es verdadero de a lo es también de b. Frege, en Grundlagen der Arithmetik (1884) y en «Über Sinn und Bedeutung» (1892), trató la identidad como una relación entre objetos que sirve de base a la aritmética y a la teoría de la referencia. Los lógicos del siglo XX heredaron ese supuesto. W. V. O. Quine, en su artículo «Identity, Ostension, and Hypostasis» (1950), defendió que la identidad es una relación lógica sin ambigüedad, y que cualquier intento de relativizarla confunde la identidad con criterios de individuación.

Ese consenso no era arbitrario. Las teorías de la referencia, la cuantificación y la extensionalidad necesitaban una identidad estable para que los términos singulares pudieran funcionar como nombres de objetos determinados. La propuesta de Geach atacaba precisamente esa estabilidad, y por eso su trabajo provocó tanta resistencia.


Formación y entorno intelectual


Geach se formó en Oxford y su pensamiento se nutrió de varias fuentes. Del Oxford de posguerra recibió la atención al lenguaje ordinario, aunque nunca fue un filósofo del lenguaje ordinario en sentido estricto. Su formación lógica se enriqueció con la lectura de la tradición escolástica medieval, en particular de la teoría de la suposición, que estudió para reconstruir la semántica de los términos generales. Esa elección es importante: mientras buena parte de la lógica del siglo XX seguía a Frege y a Russell, Geach recuperaba una tradición en la que los términos generales no eran meros predicados sino portadores de criterios de referencia dependientes del contexto.

Su relación personal e intelectual con Elizabeth Anscombe fue decisiva. Se casaron en 1941, y ambos se convirtieron al catolicismo, lo que marcó buena parte de sus intereses. Juntos tradujeron los escritos filosóficos de Descartes (1954) y, con Max Black, las traducciones de textos de Frege (1952). Ese trabajo de traducción no fue neutro: obligó a Geach a examinar de cerca la distinción entre sentido y referencia y las dificultades que plantea el lenguaje natural, algo que nutrió después su crítica a la identidad absoluta.


La tesis de la identidad relativa


La tesis aparece de forma programática en Reference and Generality (1962), donde Geach defiende que muchos términos generales tienen una función de referencia distinta de la que supone la lógica estándar, y se expone con mayor claridad en «Identity» (Review of Metaphysics, 1967). Su formulación central puede resumirse así: no existe la relación simple «a es idéntico a b». Existe la relación «a es el mismo F que b», donde F es un término general, un sustantivo común que proporciona el criterio de identidad.

La consecuencia es que una misma pareja de términos singulares puede estar en una relación de identidad respecto a un criterio y no respecto a otro. Geach dice que a puede ser el mismo hombre que b sin ser la misma persona que b, o el mismo pedazo de materia sin ser la misma estatua. La identidad no se predica de los objetos en sí, sino de los objetos bajo una descripción sortal.

Conviene distinguir dos niveles en esta tesis. En el primero, Geach sostiene que la expresión «es idéntico a» es incompleta: necesita un término general que indique el criterio. En el segundo, sostiene que la aparente identidad absoluta es, en realidad, una identidad relativa disfrazada, o un caso especial en el que el término general es tan amplio que parece no especificarse, como «es algo». Esta distinción es importante porque permite a Geach conservar algo de la lógica clásica sin aceptar su generalización.


Los argumentos de Geach y la ley de Leibniz


La tesis choca de frente con la ley de Leibniz. Si a es idéntico a b, ¿cómo puede a ser el mismo F que b y no el mismo G que b? Geach responde que la ley de Leibniz, tal como se formula en lógica, solo funciona cuando la identidad es absoluta; para la identidad relativa hay que reformularla. Si a es el mismo F que b, entonces lo que es verdadero de a en tanto que F es verdadero de b en tanto que F, pero no necesariamente en otros aspectos.

Este punto es delicado y ha sido objeto de malentendidos. Geach no niega que los objetos sean reidentificables, ni que la identidad numérica tenga sentido en contextos determinados. Lo que niega es que la identidad numérica sea la única forma correcta de expresar lo que el lenguaje ordinario llama identidad. Su argumento se apoya en ejemplos cotidianos: decimos «es el mismo perro» cuando reconocemos un animal después de años, pero no decimos «es el mismo animal» si hay dudas sobre si se trata de un mismo organismo tras una operación o una transformación. El lenguaje ordinario parece sensible a criterios que la lógica estándar pasa por alto.

Un ejemplo ilustrativo, de los que han circulado en la discusión posterior, es el de un pedazo de arcilla que forma una estatua. La arcilla y la estatua comparten material y localización, pero no son la misma cosa en todos los sentidos: la estatua puede deformarse sin que la arcilla lo haga, o al revés. Para Geach, decir que son «la misma cosa» es ambiguo: son el mismo pedazo de materia y no la misma estatua. Un defensor de la identidad absoluta responderá que son dos objetos distintos que coinciden en el espacio y el tiempo. La disputa tiene consecuencias directas para la metafísica de la persistencia.


Críticas y respuestas


La principal objeción vino de los defensores de la identidad absoluta, con Quine como figura central. Quine argumentó que la identidad no puede relativizarse sin perder su carácter de relación lógica fundamental. Si «es el mismo F que» fuera una relación distinta de la identidad, la lógica tendría que tratarla como primitiva y se complicaría de forma innecesaria. Además, Quine sospechaba de la idea de que los criterios de individuación pudieran sustituir a la propia identidad. Su respuesta, en el fondo, es que la relativización confunde la identidad con las condiciones que usamos para verificarla.

David Lewis, en su trabajo sobre supervivencia e identidad personal (1976), no aceptó la identidad relativa y propuso una salida distinta: la teoría de las contrapartes, en la que la identidad numérica se mantiene absoluta y el problema se traslada a la relación de correspondencia entre objetos en mundos o tiempos diferentes. La crítica de Lewis es significativa porque, aun rechazando la tesis de Geach, reconoce la fuerza del problema que Geach plantea: el lenguaje ordinario parece exigir criterios de persistencia que la identidad absoluta no proporciona.

Desde un frente más cercano, David Wiggins, en Sameness and Substance (1980) y su revisión de 2001, defendió una posición intermedia. Wiggins aceptó que la identidad es absoluta, pero sostuvo que los criterios de identidad son sortales y dependen del tipo de objeto en cuestión. Esa posición recoge parte de la intuición de Geach sin aceptar la relativización. Wiggins prefiere hablar de criterios de identidad para un sortal que de identidad relativa, y con ello evita el problema lógico de la ley de Leibniz.

Michael Perry, en «The Same F» (Philosophical Review, 1970), abordó el mismo fenómeno desde una perspectiva más centrada en el lenguaje, y su trabajo ayudó a delimitar el significado de expresiones como «el mismo F». Perry, como Geach, se interesó por la forma en que el lenguaje ordinario marca la identidad, pero sin llegar a conclusiones tan radicales.

E. J. Lowe, en Kinds of Being (1989), intentó una síntesis en la que los sortales determinan criterios de individuación, pero la identidad sigue siendo una relación absoluta. La posición de Lowe ha sido influyente y muestra que el debate no se resolvió con un vencedor claro, sino con la reformulación del problema.


Recepción y legado


La recepción de la identidad relativa fue, en un primer momento, minoritaria. Muchos filósofos la consideraron un error lógico o una confusión entre identidad y predicación, y la tesis quedó en parte marginada. Sin embargo, la discusión sobre sortales, criterios de identidad y persistencia se convirtió en uno de los temas centrales de la metafísica analítica de finales del siglo XX. Muchos de los problemas que Geach planteó reaparecen en la discusión sobre la constitución, la persistencia de los objetos y la identidad personal.

Su legado es, en buena medida, indirecto. Geach no construyó una escuela, pero obligó a los filósofos a justificar la identidad absoluta y a explicar cómo el lenguaje ordinario se relaciona con ella. Esa exigencia ha tenido efectos en la semántica de los términos generales, en la teoría de los sortales y en la filosofía de la mente, donde la identidad personal y su relación con el cuerpo siguen siendo cuestiones abiertas.


Interpretaciones historiográficas


La historiografía sobre Geach presenta al menos tres lecturas. La primera lo sitúa como un crítico de la lógica fregeana que recupera la tradición medieval para mostrar que el lenguaje natural funciona con criterios que la lógica de primer orden no captura. En esta lectura, la identidad relativa es una consecuencia de una concepción más amplia del significado.

La segunda lectura subraya su contribución a la metafísica de los sortales. Aquí Geach aparece como precursor de Wiggins y Lowe, y la identidad relativa se entiende como un paso hacia la idea de que los criterios de identidad dependen del tipo de objeto. Esta interpretación tiene el mérito de conectar a Geach con debates posteriores, aunque corre el riesgo de atenuar la radicalidad de su tesis.

La tercera lectura, más crítica, sostiene que la identidad relativa es en gran medida una confusión entre identidad y predicación, y que los ejemplos de Geach se explican mejor como casos de ambigüedad en los términos generales. Según esta visión, lo que Geach describe como identidad relativa es la forma en que el lenguaje ordinario selecciona aspectos de un objeto, no una relación distinta de la identidad.

No existe consenso definitivo entre estas lecturas, y conviene tratarlas como interpretaciones en disputa más que como posiciones cerradas.


Perspectiva crítica


Hay al menos tres problemas que la tesis de Geach debe enfrentar. El primero es lógico: si la identidad es relativa, ¿cómo se formaliza la inferencia que va de «a es el mismo F que b» a «a es el mismo G que b»? Geach ofreció reglas para estos casos, pero muchos lógicos consideran que el sistema resultante es más complejo y menos elegante que la lógica estándar.

El segundo problema es de semántica: la relativización depende de que los términos generales funcionen como criterios de identidad. Si esa suposición es débil, la tesis pierde gran parte de su fuerza. Geach suponía que el lenguaje natural revela de manera directa estos criterios, pero esa suposición ha sido cuestionada por quienes ven en el lenguaje ordinario más flexibilidad y menos precisión de la que Geach le atribuía.

El tercero es metafísico: la identidad relativa parece renunciar a la idea de que los objetos tienen una identidad propia, independiente de cómo los describimos. Muchos filósofos encuentran esa consecuencia inaceptable, y la respuesta de Geach, según la cual la identidad absoluta es un artefacto de la lógica, no siempre convence.

Sería injusto, sin embargo, reducir a Geach a un error. Su insistencia en que la identidad se da siempre en relación con un criterio anticipa problemas que la metafísica posterior ha tenido que afrontar, y su atención a los ejemplos del lenguaje ordinario obliga a la teoría a justificar sus abstracciones. Lo que queda por discutir es si esa exigencia lleva a abandonar la identidad absoluta o a reformularla de manera más refinada.


Conclusión


La pregunta con que empezamos, si la identidad puede depender de lo que comparamos, no tiene una respuesta simple, pero Geach la planteó con una claridad que obliga a repensar la relación entre lógica y lenguaje. Su tesis de la identidad relativa sostiene que decir que algo es idéntico a algo exige un criterio, un término general que indique en qué aspecto se compara. Esa idea choca con la identidad absoluta de la lógica clásica, pero también revela algo sobre el modo en que hablamos de objetos, cambio y persistencia.

Que su propuesta haya sido ampliamente rechazada en su forma original no significa que haya sido inútil. Ha obligado a la filosofía a explicar cómo los criterios de identidad se relacionan con la identidad misma, y ha dejado una herencia en la discusión sobre sortales y persistencia que todavía se estudia. La identidad, en este sentido, sigue siendo un lugar donde la lógica y el lenguaje se encuentran, y donde la tesis de Geach sigue haciendo preguntas incómodas.


Bibliografía

Obras de Peter Geach

Geach, P. T. (1956). «Good and Evil». Analysis, 17(2), 33–42.

Geach, P. T. (1957). Mental Acts: Their Content and Their Objects. Routledge & Kegan Paul.

Geach, P. T. (1962). Reference and Generality: An Examination of Some Medieval and Modern Theories. Cornell University Press. (3.ª ed., 1980.)

Geach, P. T. (1967). «Identity». Review of Metaphysics, 21(1), 3–12.

Geach, P. T. (1969). God and the Soul. Routledge & Kegan Paul.

Geach, P. T. (1972). Logic Matters. Blackwell.

Geach, P. T. (1977). Providence and Evil. Cambridge University Press.

Anscombe, G. E. M. y Geach, P. T. (eds. y trads.) (1954). Descartes: Philosophical Writings. Nelson.

Geach, P. T. y Black, M. (eds. y trads.) (1952). Translations from the Philosophical Writings of Gottlob Frege. Blackwell.

Fuentes clásicas y de referencia

Frege, G. (1884). Die Grundlagen der Arithmetik. Koebner.

Frege, G. (1892). «Über Sinn und Bedeutung». Zeitschrift für Philosophie und philosophische Kritik, 100, 25–50.

Kripke, S. (1980). Naming and Necessity. Harvard University Press.

Quine, W. V. O. (1950). «Identity, Ostension, and Hypostasis». Journal of Philosophy, 47(22), 621–633.

Quine, W. V. O. (1960). Word and Object. MIT Press.

Literatura secundaria

Lewis, D. (1976). «Survival and Identity». En A. O. Rorty (ed.), The Identities of Persons. University of California Press.

Lowe, E. J. (1989). Kinds of Being: A Study of Individuation, Identity and the Logic of Sortal Terms. Blackwell.

Perry, M. (1970). «The Same F». Philosophical Review, 79(2), 181–200.

Wiggins, D. (1980). Sameness and Substance. Blackwell.

Wiggins, D. (2001). Sameness and Substance Renewed. Cambridge University Press.


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