Entre las voces olvidadas de la Ilustración británica, Catharine Trotter Cockburn defendió una idea decisiva: la moral puede fundamentarse en la razón y en nuestra naturaleza sociable. Frente a quienes reducían la obligación a un sentimiento o a un mandato divino, buscó explicar por qué existen deberes racionales hacia los demás. ¿Puede la razón descubrir principios morales universales? ¿Por qué nuestra naturaleza social nos obliga a actuar justamente?


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Catharine Trotter Cockburn y el fundamento racional y social de la moral


Una mujer en la polémica de los filósofos

Hacia 1702, en Inglaterra, un libro de filosofía moral se discutía en los círculos de Oxford y Cambridge con la misma intensidad que una comedia de moda en Londres. Su autora, una joven que hasta entonces era conocida sobre todo como dramaturga, respondía con serenidad a un crítico anónimo de John Locke. Durante más de un siglo, la historia de la filosofía apenas la mencionó. Hoy se la estudia como una de las pensadoras morales más originales de la Ilustración británica temprana.

El problema que plantea su obra es doble. Por una parte, quiere saber si la razón humana puede descubrir por sí misma las reglas de la conducta justa. Por otra, quiere explicar por qué esas reglas no son solo un asunto de cálculo individual, sino una exigencia de la vida en común. En su pensamiento, la moral no nace del aislamiento del sujeto ni de un mandato arbitrario, sino de una naturaleza humana que es a la vez racional y sociable.


Contexto: Locke, Clarke y la disputa sobre la moral


Para entender a Cockburn hay que situarla en la gran discusión que atravesó Inglaterra tras la publicación del Ensayo sobre el entendimiento humano de Locke (1689). Locke había afirmado que las ideas morales pueden conocerse con una certeza comparable a la de las matemáticas, pero no había explicado con suficiente claridad cómo se forman esas ideas a partir de la experiencia. Esa laguna abrió el flanco a sus críticos.

Entre 1697 y 1699 apareció una serie de tres panfletos anónimos, Remarks upon an Essay concerning Humane Understanding. Su autoría fue atribuida posteriormente a Thomas Burnet, aunque la identificación ha sido discutida por los especialistas. Según el autor de los Remarks, el empirismo lockeano dejaba la moral en la incertidumbre, junto con las ideas de Dios y de la inmortalidad del alma. Frente a esa crítica, el remarker proponía una forma de sentido moral: la conciencia sería una facultad capaz de percibir empíricamente el valor moral de los actos.

Cockburn respondió en 1702 con The Defence of Mr. Locke’s Essay of Human Understanding. Su tesis central era que el propio Locke ofrecía los recursos necesarios para fundamentar la moral, siempre que se tomara en serio su concepto de reflexión, es decir, la mirada que la mente dirige sobre sus propias operaciones. Lo que en Locke aparecía como un recurso secundario, en Cockburn se convertía en la clave de la conocimiento moral.

Su defensa tuvo una recepción notable. Según la tradición biográfica, Locke quedó tan impresionado por la claridad del texto que, al conocer la identidad de su autora, le envió una carta de agradecimiento y algunos libros. El dato procede de relatos posteriores y debe tomarse con cautela, pero su persistencia dice mucho del aprecio que la obra despertó entre sus contemporáneos.


Orígenes y formación


Catharine Trotter nació en Londres, probablemente el 16 de agosto de 1679, según la fecha que propuso Thomas Birch, su biógrafo y editor póstumo. Era hija del capitán David Trotter, comandante de la Royal Navy, y de Sarah Ballenden. Tras la muerte de su padre en 1683, la familia recibió una pensión real apenas suficiente para subsistir. Sobre sus primeros veinte años se sabe muy poco, y buena parte de lo que se repite procede de la tradición posterior.

Hacia 1701 comenzó a publicar obras de teatro. Sus tragedias fueron bien recibidas en la escena londinense, y en ellas se percibe ya una atención a las pasiones, a las decisiones morales de los personajes y a la fuerza de la voluntad. Esa afición dramática no es un dato anecdótico: explica el interés de Cockburn por la acción humana y por las consecuencias de los actos, temas que dominarían luego su filosofía.

Entre 1701 y 1703 la familia se trasladó a Salisbury, donde Catharine entró en contacto con Elizabeth Burnet, esposa del obispo Gilbert Burnet. Fue en ese entorno donde se dedicó con intensidad al estudio de Locke. Conviene señalar que su formación no fue la de una filósofa académica: aprendió por lectura, por conversación y por el debate epistolar, en un tiempo en que las mujeres tenían vedado el acceso a la universidad.


La defensa de Locke y su primer problema filosófico


La Defensa de 1702 tiene un interés que va más allá de la mera réplica. Cockburn acepta el principio empirista de que no tenemos ideas que no procedan de la sensación o de la reflexión. Pero sostiene que, a partir de la reflexión sobre nuestra propia naturaleza, la mente puede alcanzar nociones morales ciertas. La moral, para ella, no es un conjunto de preceptos transmitidos por la tradición, sino una estructura que la razón puede descubrir en la relación entre nuestra constitución y el orden divino.

En este punto aparece una tensión que acompañará toda su obra. Si la moral se apoya en la naturaleza humana, ¿qué papel corresponde a la voluntad de Dios? Cockburn responde que el mandato divino y la razón humana no son instancias opuestas: Dios ha creado a los hombres dotados de razón, y por eso sus mandatos son conformes a lo que la razón reconoce como bueno. Esta posición, que más tarde se formularía en términos de la «fitness» o adecuación de las relaciones, la aleja del voluntarismo que Burnet le atribuía a Locke.

La Defensa también aborda la conciencia. Cockburn la concibe como una facultad que produce afección moral, un sentimiento natural que acompaña al conocimiento de la ley, pero no lo sustituye. La conciencia no es, por tanto, una fuente inmediata de verdad moral, como pretendía el remarker, sino un complemento afectivo de un conocimiento racional previo. Esta distinción entre conocer la ley y sentir su obligación es una de las aportaciones más sutiles de su pensamiento.


Clarke, la adecuación de las relaciones y el giro hacia la sociabilidad


Con el paso de los años, Cockburn se acercó a Samuel Clarke, cuya teoría de las relaciones morales ofrecía un marco más explícitamente racionalista. Clarke sostenía que existen relaciones necesarias entre los seres, y que la acción moral consiste en ajustarse a esas relaciones, de modo que su verdad es comparable a la de las proposiciones matemáticas. Cockburn asumió buena parte de este planteamiento, aunque lo combinó con la reflexión lockeana y con elementos de la tradición platónica de Cambridge.

Su originalidad consiste en añadir a la razón un principio de sociabilidad. Según su análisis, el ser humano está naturalmente inclinado a vivir en sociedad, y de esa inclinación se deriva una obligación moral: contribuir al bien y a la conservación de la comunidad. La razón no basta, pues, para conocer la ley moral; también es necesario reconocer que el hombre existe en relación con otros y que su bienestar depende de esas relaciones. En este sentido, la moral de Cockburn no es individualista, aunque tampoco es colectivista en sentido moderno: el fundamento sigue siendo la naturaleza racional de cada persona, que se realiza en el trato con los demás.

Esta combinación de razón y sociabilidad permite entender la peculiaridad de su posición dentro de las corrientes del siglo XVIII. La historiografía suele dividir la teoría moral de la época entre el racionalismo (Clarke, Wollaston), el sentido moral (Hutcheson, Shaftesbury) y el voluntarismo (Hobbes, Pufendorf). Cockburn no encaja del todo en ninguno de estos bloques. Su posición se ha descrito como una mezcla de racionalismo moral, teoría de la adecuación y teoría del sentido moral, aunque ella misma se distanció de Hutcheson, a quien consideraba inclinado a fundar la moral exclusivamente en el sentido moral.


Las obras de madurez


En 1707 Cockburn publicó un texto de carácter religioso y polémico que, según algunos estudiosos, anticipa ya su orientación posterior hacia una religión fundada en la razón y en la sociabilidad. Ese tema reaparece en sus escritos teológicos, donde defiende una concepción universal y poco dogmática del cristianismo: las verdades esenciales serían accesibles a cualquier persona que use bien su razón.

El matrimonio con el clérigo Patrick Cockburn, según la mayoría de las fuentes en 1708, cambió de forma notable su vida. Tuvieron tres hijas (Mary, Catherine y Grissel) y un hijo (John). Durante años Cockburn se dedicó casi por completo a la familia y dejó en segundo plano la filosofía. Sin embargo, la vida familiar no la apartó del todo de la escritura: sostuvo correspondencia con varios interlocutores, entre ellos Thomas Burnet de Kemnay, su hijo John, su sobrina Anne Arbuthnot, Thomas Sharp y Edmund Law, y en esas cartas desarrolló buena parte de sus ideas.

La etapa más intensa de su producción filosófica llegó tras el traslado del matrimonio a Longhorsley en 1737, último destino del ministerio de Patrick. Allí escribió sus obras morales de mayor madurez. En 1739 publicó Remarks upon some Writers in the Controversy concerning the Foundation of moral Duty and moral Obligation, donde discutía a los moralistas de su tiempo y precisaba su propia posición. Y en 1747 apareció su réplica a Thomas Rutherforth, Remarks upon the Principles and Reasonings of Dr. Rutherforth’s Essay on the Nature and Obligation of Virtue, una defensa de Clarke frente a las objeciones de un autor que sostenía una concepción más voluntarista de la obligación.

El texto contra Rutherforth merece atención especial porque muestra con claridad la argumentación de Cockburn. Rutherforth sostenía que la obligación moral depende de la voluntad de Dios, y que sin un legislador divino no hay verdadera obligación. Cockburn respondió que la obligación nace de la relación entre la naturaleza racional del hombre y el orden de las cosas, de modo que la razón puede reconocerla sin necesidad de una voluntad arbitraria. Dios no crea la verdad moral por decreto, sino que la ha inscrito en la naturaleza de los seres que ha creado.


Recepción, olvido y recuperación


La muerte de Cockburn en mayo de 1749 pasó casi inadvertida. Según la inscripción de su lápida en el cementerio de Longhorsley, falleció el 11 de mayo, en el año setenta de su edad, lo que confirma la fecha de nacimiento propuesta por Birch. Pocas semanas después murió también su marido, y el dato, repetido con frecuencia, subraya el carácter familiar de sus últimos meses.

Su obra póstuma apareció en 1751 gracias a Thomas Birch, que editó las Works of Mrs. Catharine Cockburn en dos volúmenes. Birch, que la conoció personalmente, escribió también una breve biografía que se convirtió en la fuente principal para las generaciones siguientes. Algunos de sus datos, como las anécdotas sobre Locke, han sido matizados por la investigación posterior, pero el mérito de la edición fue preservar un corpus que de otro modo se habría perdido.

Después de 1751, la reputación de Cockburn se apagó. Su nombre aparece en algunos repertorios biográficos y en menciones dispersas, pero no ocupó un lugar en la historia canónica de la filosofía moral. Hay varias razones para ello: el carácter polémico de sus escritos, la dependencia aparente de Locke y de Clarke, la forma no sistemática de su exposición y, sobre todo, el hecho de haber sido mujer en un campo que la tradición consideró masculino. El propio Birch, al presentar la obra, recurrió a la idea de que la autora había escrito con discreción, como si el contenido necesitara ser justificado por la reputación de quien lo sostenía.

El redescubrimiento moderno es reciente. En el siglo XX, los estudios sobre la filosofía británica del siglo XVIII comenzaron a prestar atención a los moralistas menores, y en las últimas décadas la historiografía feminista ha recuperado a las mujeres que escribieron filosofía en la Edad Moderna. Entre ellas, Cockburn ocupa un lugar destacado. Jacqueline Broad le dedicó un capítulo en Women Philosophers of the Seventeenth Century (2002), y su obra ha sido objeto de artículos y monografías que insisten en su originalidad. Emilio Maria De Tommaso, en un trabajo de 2017, la presenta como una representante de un racionalismo ético que no se limita a repetir a Locke ni a Clarke.


Interpretaciones historiográficas


Las lecturas de Cockburn divergen en varios puntos. La primera controversia concierne a la relación con Locke. Para algunos intérpretes, Cockburn es, sobre todo, una discípula fiel que amplía el principio de reflexión lockeano hasta convertirlo en fundamento de la moral. Para otros, su aportación consiste en haber superado a Locke, al introducir la idea de una naturaleza humana normativa que el empirismo, por sí solo, no podía justificar.

La segunda discusión se refiere a la conciencia. La Defensa la presenta como un sentimiento que acompaña al conocimiento de la ley, pero en obras posteriores Cockburn adopta la expresión «sentido moral» para describir la faculté afectiva de la conciencia. Algunos estudiosos ven en ello un acercamiento a Hutcheson; otros subrayan que Cockburn se distanció expresamente de él, porque consideraba que el sentido moral solo es un componente de la vida moral, y no su fundamento exclusivo.

Una tercera línea de interpretación atiende a la dimensión teológica. Cockburn fue una pensadora religiosa, y su racionalismo moral no puede separarse de su convicción de que Dios ha creado al hombre con razón y con sociabilidad. Hay quienes leen su obra como una forma de religión natural. Otros prefieren subrayar su carácter laico en el sentido de que la moral puede conocerse sin recurrir a la revelación, aunque la revelación la confirme.

Finalmente, existe una lectura que atiende a su posición como mujer. Cockburn era consciente de los prejuicios de su época y de la dificultad de que una obra filosófica fuera juzgada por su contenido y no por el sexo de quien la firmaba. Esa conciencia aparece en sus cartas y en algunas observaciones de sus escritos, y es un factor que los historiadores actuales consideran imprescindible para comprender su recepción.


Una mirada crítica


Conviene no idealizar a Cockburn. Su dependencia de Locke y de Clarke es real, y no pocas de sus ideas son variaciones sobre temas que otros habían formulado antes. Su estilo es, en ocasiones, prolijo, y sus argumentos polémicos a menudo se extienden más de lo necesario. Su teoría de la conciencia, en particular, ha sido criticada por su ambigüedad: el paso de la conciencia como facultad de conocimiento a la conciencia como afección no siempre está bien justificado.

Tampoco resulta fácil medir la originalidad de su aportación. La idea de que el hombre es un ser sociable y que la moral debe contribuir al bien común aparece en muchos autores de su época, desde Cumberland hasta los moralistas escoceses. Lo distintivo de Cockburn es haber vinculado esa sociabilidad con una concepción racionalista de la obligación, sin reducirla a un sentimiento ni a un mandato. Esa síntesis es valiosa, pero debe presentarse como una contribución dentro de un debate colectivo, no como una revelación aislada.

Por último, la recuperación de Cockburn corre el riesgo de convertirla en símbolo más que en pensadora. Su importancia histórica no depende de su condición de mujer, sino de la calidad de su razonamiento. Reconocer el papel que le negó la historia es necesario, pero la mejor forma de hacerle justicia es leer sus textos con el mismo rigor que se aplica a cualquier otro filósofo de su tiempo.


Conclusión


La obra de Catharine Trotter Cockburn muestra que la filosofía moral del siglo XVIII no fue un territorio exclusivamente masculino ni un simple eco de los grandes sistemas. En sus textos, la razón no es una facultad solitaria que descubre leyes abstractas, sino el rasgo que hace del hombre un ser capaz de reconocer su lugar en un orden que incluye a los demás. La moral, para ella, nace de esa doble condición: somos racionales y somos sociables, y la obligación consiste en reconocer ambas cosas en nuestros actos.

Esa tesis tiene una actualidad notable. En un tiempo en que la moral suele presentarse como una cuestión de preferencias individuales o de mandatos externos, Cockburn recuerda que la razón puede descubrir exigencias que vinculan a las personas entre sí. No se trata de una utopía ingenua: su pensamiento reconoce las tensiones entre la conciencia y el orden social, y no oculta las dificultades de fundamentar la obligación. Pero insiste en que el conocimiento moral es posible y que su fuente está en la naturaleza humana misma.

Recuperar a Cockburn es, en última instancia, recuperar una forma de pensar en la que la razón y la vida en común no se oponen. Su mayor lección quizá sea esta: que la filosofía moral no es solo un ejercicio de lógica, sino también un modo de reconocer a los otros como parte de nosotros mismos.


Bibliografía

Fuentes primarias

  • Cockburn, Catharine Trotter. The Defence of Mr. Locke’s Essay of Human Understanding. Londres, 1702.
  • Cockburn, Catharine Trotter. Remarks upon some Writers in the Controversy concerning the Foundation of moral Duty and moral Obligation. 1739.
  • Cockburn, Catharine Trotter. Remarks upon the Principles and Reasonings of Dr. Rutherforth’s Essay on the Nature and Obligation of Virtue. 1747.
  • Cockburn, Catharine. The Works of Mrs. Catharine Cockburn. Ed. Thomas Birch. 2 vols. Londres, 1751.
  • Locke, John. An Essay Concerning Human Understanding. 1689.
  • Clarke, Samuel. A Discourse concerning the Being and Attributes of God. 1705.
  • Remarks upon an Essay concerning Humane Understanding (tres panfletos anónimos, 1697–1699). Atribución a Thomas Burnet discutida.

Fuentes secundarias

  • Broad, Jacqueline. «Catharine Trotter Cockburn». En Women Philosophers of the Seventeenth Century. Cambridge: Cambridge University Press, 2002.
  • De Tommaso, Emilio Maria. «Il razionalismo etico di Catharine Trotter Cockburn». 2017. Repositorio de la Universidad de Calabria (iris.unical.it).
  • Entrada «Catharine Trotter Cockburn (1679?–1749)». Internet Encyclopedia of Philosophy. iep.utm.edu.
  • Entrada «Catharine Trotter Cockburn». Stanford Encyclopedia of Philosophy. plato.stanford.edu.

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