Entre la costumbre y la razón se abre uno de los grandes debates de la filosofía moderna: ¿es la causalidad una expectativa que nace de la experiencia, como sostuvo David Hume, o una relación de dependencia que la mente puede comprender racionalmente? Mary Shepherd desafió la explicación humeana y defendió una concepción más profunda del vínculo entre causa y efecto. ¿Puede la experiencia explicar por sí sola la necesidad causal? ¿Qué aporta Shepherd a este problema?
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Mary Shepherd frente a Hume: la causalidad más allá de la costumbre
David Hume dedicó a la causalidad algunas de las páginas más influyentes de la filosofía moderna. En el Tratado de la naturaleza humana y en la Investigación sobre el entendimiento humano, sostuvo que la experiencia nunca nos muestra un vínculo necesario entre una causa y su efecto. Lo que observamos es una sucesión constante de acontecimientos semejantes, y de esa repetición nace en la mente el hábito de esperar que un suceso siga a otro. La idea de necesidad, concluyó, no reside en los objetos sino en la costumbre del espíritu que los contempla (Hume, 1739–1740/2000; Hume, 1748/1999).
El argumento descansa sobre la distinción entre impresiones e ideas. Según Hume, toda idea deriva de una impresión previa, y al examinar dos objetos que se suceden no encontramos ninguna impresión de la necesidad que los une. De ahí su conclusión: la necesidad es una proyección de la mente, no una propiedad de la naturaleza (Hume, 1739–1740/2000). Esta tesis tuvo consecuencias considerables. Si la conexión causal procede del hábito, la inferencia inductiva sobre el futuro carece de justificación racional y el conocimiento de lo que vendrá queda reducido a expectativa psicológica.
Para muchos lectores del siglo XVIII, la conclusión resultaba inquietante, y no faltaron intentos de preservar la solidez de la ciencia y de la metafísica. Thomas Reid recurrió al principio del sentido común y buscó mostrar que las creencias básicas no necesitan ser derivadas de impresiones para ser legítimas (Reid, 1785). Immanuel Kant, por su parte, afirmó que el problema humeano le había despertado de su sueño dogmático y propuso que la causalidad es una categoría del entendimiento que organiza la experiencia, no un dato que se extraiga de ella (Kant, 1781/1998). Dentro de este debate, la objeción de Mary Shepherd ocupa un lugar menos conocido, aunque no por ello menos preciso.
Shepherd (1751–1826) publicó en 1824 el Essay upon the Relation of Cause and Effect, cuyo título anuncia con claridad su propósito: controvertir la doctrina de Hume sobre esa relación (Shepherd, 1824). Su obra se inscribe en la discusión británica de la época, pero se distingue por un argumento que atiende a la naturaleza de la existencia más que a la psicología de la asociación de ideas. Esa diferencia de enfoque es la clave para comprender su crítica.
El punto de partida de Shepherd es que la repetición de sucesos, por numerosa que sea, sólo produce expectativa y no una idea nueva. Observar que B sigue siempre a A no nos entrega, según su razonamiento, la idea de que A dependa de B en el modo de producirlo. Lo que Hume describe como costumbre presupone ya una comprensión de lo que significa que algo sea efecto de otra cosa. La experiencia puede enseñarnos qué sucede después de qué, pero no puede enseñarnos el carácter de dependencia que la noción de causa implica.
De este señalamiento se sigue la tesis central de Shepherd: la relación causal se funda en la dependencia de la existencia de un ser respecto de otro que le da origen. Lo que comienza a existir no se explica por sí mismo y requiere algo distinto de sí que lo produzca. En la lectura más extendida de su obra, esta dependencia no se deduce de la observación, sino que la mente la aprehende al reflexionar sobre lo que significa existir. La causalidad aparece así como un contenido de la razón y no como un producto de la costumbre.
Para Shepherd, la fórmula según la cual todo lo que comienza a existir tiene una causa no es una generalización empírica que pueda ser desmentida por algún caso anómalo, sino un principio con necesidad propia. Por eso su objeción no se limita a señalar que la costumbre resulta insuficiente. Sostiene que la pregunta humeana presupone ya una idea de necesidad que la experiencia no puede suministrar. Cuando Hume afirma que la necesidad está en la mente, la respuesta de Shepherd es que la mente sólo puede atribuir a los objetos aquello que obtiene de su propia capacidad de comprensión.
La crítica de Shepherd tiene también efectos sobre el problema de la inducción. Si la conexión entre causa y efecto es comprendida por la razón y no inferida de casos pasados, la objeción humeana a la justificación del razonamiento sobre el futuro pierde parte de su fuerza, al menos en la formulación que Hume le dio. El argumento no elimina toda dificultad, pero desplaza el origen del vínculo desde el hábito psicológico hacia un terreno que la filosofía de la época podía tratar con sus propios instrumentos.
No obstante, la posición de Shepherd enfrenta objeciones serias. La más evidente es que apelar a una aprehensión inmediata de la dependencia corre el riesgo de convertir la causalidad en una intuición difícil de contrastar. Además, aun concediendo que todo efecto tiene una causa, queda abierta la cuestión de por qué un fenómeno particular se relaciona con otro determinado, y en ese punto la experiencia parece indispensable. Hume podría responder que la razón sólo garantiza la existencia de causas, mas no la identidad concreta de cada conexión, y que esa identidad solo puede establecerse mediante observación repetida.
La recepción de Shepherd también plantea una pregunta sobre la historia de la filosofía. Su nombre aparece con poca frecuencia en los relatos canónicos del empirismo y del idealismo, y su obra fue escasamente leída en su tiempo. Parte de esa omisión puede explicarse por las condiciones en que una mujer publicaba filosofía en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX, pero también por la tendencia a recordar el debate sobre la causalidad como un diálogo casi exclusivo entre Hume y sus grandes adversarios. Rescatar su voz corrige esa simplificación.
Releer hoy a Shepherd es un ejercicio que muestra cómo el debate sobre la causalidad no se agotó con Hume ni con Kant. Sus argumentos anticipan preguntas que siguen vigentes en las discusiones sobre las leyes de la naturaleza: si la necesidad causal es una propiedad de los sucesos o una proyección de nuestro modo de conocerlos. Su crítica invita a reconsiderar si la regularidad observable agota el contenido de la relación causal, o si queda un componente de dependencia que la experiencia, por sí sola, no puede capturar.
Referencias
Hume, D. (2000). A treatise of human nature (D. F. Norton y M. J. Norton, Eds.). Oxford University Press. (Obra original publicada en 1739–1740)
Hume, D. (1999). An enquiry concerning human understanding (T. L. Beauchamp, Ed.). Oxford University Press. (Obra original publicada en 1748)
Kant, I. (1998). Critique of pure reason (P. Guyer y A. W. Wood, Trads. y Eds.). Cambridge University Press. (Obra original publicada en 1781)
Reid, T. (1785). Essays on the intellectual powers of man. John Bell.
Shepherd, M. (1824). Essay upon the relation of cause and effect, controverting the doctrine of Mr. Hume concerning that relation. Londres.
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